Excesiva y fatal – Brecha digital

Excesiva y fatal

Diego Fischer enfrenta el enigma de Carlota Ferreira, la mujer del cuadro, la robusta dama vestida de vaporosa ropa color marfil que con su mirada altanera parece desafiar a todo visitante del Museo Nacional de Artes Visuales.

Prolífico explorador de personajes y hechos puntuales de la historia uruguaya que alimentaron no pocos mitos –Juana de Ibarbourou, Delmira Agustini, China Zorrilla, Páez Vilaró, los que coincidieron en el momento del hundimiento del Graf Spee, entre otros–, no es raro que Diego Fischer haya enfrentado el enigma de Carlota Ferreira, la robusta dama vestida de vaporosa ropa color marfil que con su mirada altanera parece desafiar al visitante del Museo Nacional de Artes Visuales, y de la que hasta el menos entendido en artes plásticas uruguayas sabe que tuvo un amorío con el autor del retrato. Que para colmo es el “pintor de la patria”, Juan Manuel Blanes, genial ilustrador de batallas, escenas camperas y tipos nativos, al punto que se le considera el creador de una iconografía nacional que hasta alcanzó a darle un rostro a Artigas. Esa combinación de solemnidad patriótica y sospechado erotismo, más esa imagen que no coincide con la idea de belleza de innumerables generaciones, es lo que construyó el enigma, aderezado por el dato de que la modelo del cuadro no sólo sedujo al padre sino que también se casó con el hijo. Un melodrama surcado de incredulidad que con su libro Diego Fischer procura disipar.

Encara entonces la historia de Carlota y la de Blanes; dos vidas separadas destinadas a encontrarse para una breve relación, un trauma duradero –el nacido del enfrentamiento entre padre e hijo– y, al fin, dos cuadros cuya vida viene superando largamente a los tres.

Carlota, informa Fischer, nació como Petrona Ferreyro, hija de Mercedes Ferreyro y padre desconocido. Mercedes era reputada meretriz de la zona de El Cardal, donde al igual que sus hermanas ejerció la prostitución bajo el mandato de su padre, un gallego emprendedor y de pocos escrúpulos. Allí hubo un fugaz encuentro entre el aún no famoso Blanes y la aún adolescente Petrona, en el que no sucedió nada. Lo que dispararía el cambio y el ascenso de Petrona fue la pasión que, cuando tenía 17 años, despertó en Emeterio Regunaga, hombre 15 años mayor que ella, de buena posición económica, que había peleado en el bando de la Defensa –lo que le valió perder una pierna– y tenía un auspicioso futuro político. Regunaga la sacó del quilombo, le cambió Petrona por Carlota y Ferreyro por Ferreira, la cubrió de joyas y ropas caras y la convirtió –o intentó convertirla– en una dama al casarse con ella. Tuvieron dos hijos y una hija, se mudaron varias veces, en sintonía con los continuos cambios políticos, y más temprano que tarde Carlota empezó a engañar al enceguecido marido con hombres más jóvenes. Fischer la pinta vanidosa, egoísta, atenta siempre a sus propios placeres, y también resentida y rencorosa hacia una sociedad que la despreció siempre. Al enterarse de los cuernos que todos en la villa conocían menos él, Regunaga se suicidó. Lea el interesado lo que sigue. Pero, qué buen material para tango, cuando el tango no había aún nacido.

Blanes, por su parte, es seguido en sus periplos por Montevideo, Entre Ríos, Buenos Aires, Chile, Florencia, Roma. No está puesto el acento, más que someramente, en lo que significó cada uno de estos pasos. Como suele hacer en la historia-ficción que Fischer construye en cada libro, vuelve sencillo mediante breves pinceladas lo que para el protagonista en cuestión debió significar hondas y complejas transformaciones. No se trata, al fin, de un estudio sobre Blanes sino de una biografía acotada –y novelada– del mismo.

Como también aparecen, con menos espacio, otras vidas que confluyeron alrededor de una y de otro, desde la familia de Viana –uno de cuyos vástagos fue el segundo, y también infortunado, marido de Carlota– hasta el poderoso Urquiza, el libro se constituye en un minifriso del siglo XIX en un país que, como la mujer del cuadro, se estaba construyendo.

No es para nada desdeñable el esfuerzo de investigación de Diego Fischer para descubrir huellas del pasado y cruzar los datos en aras de aislar un fragmento de ese pasado y ofrecerlo a los lectores, con una tesis subyacente sobre las causas de determinados hechos, en este caso, la falta de escrúpulos y la sabiduría amatoria de Carlota. Estas dos condiciones combinadas explicarían su trayectoria de mujer fatal tanto como la génesis del segundo cuadro que Blanes le dedicara –“Mundo, demonio y carne”–. El lenguaje usado por el autor es voluntariamente sencillo y directo, propio de una obra de divulgación para un público muy amplio. Lo que chirria en la construcción del relato es, en muchos tramos, la libre ficcionalización de situaciones que el autor adereza a su antojo, como las escenas sexuales que demostrarían la sapiencia erótica de Carlota, y sobre todo las que incluyen a Blanes. Después de todo, imaginarse al solemne pintor, ya viejo, desnudo y acezante entregado a una dominante tragahombres da un poco de vergüenza ajena. No hacía falta ese picante barato para redondear la historia de la señora maciza que arrebató tantas alcobas. Y queda la tentación de especular que una escritura feminista y desprejuiciada apreciaría probablemente a Carlota de otra manera.

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