El feminismo, el capitalismo y la astucia de la historia

El feminismo de la segunda ola.

Me gustaría echar un vistazo general a la segunda ola feminista […] como un fenómeno social que ha marcado una época. Volviendo a contemplar casi cuarenta años de activismo feminista, quiero plantear una evaluación general de la trayectoria y la importancia histórica del movimiento. […]

[…] el feminismo de la segunda ola expandió el número de ejes que podían albergar injusticias. Rechazando la primacía de la clase, las feministas socialistas, las feministas negras y las feministas anti imperialistas se oponían también a los esfuerzos de las feministas radicales para situar el sexo en esa misma posición de categoría privilegiada. Al centrarse no sólo en el género, sino también en la clase, la raza, la sexualidad y la nacionalidad, forjaron una alternativa “interseccionista” que hoy en día es muy aceptada. […]

[…] la mayoría de las feministas de la segunda ola –con la notable excepción de las liberales– coincidían en que para superar la subordinación de las mujeres hacía falta transformar radicalmente las estructuras profundas de la totalidad social. Este empeño común en la transformación sistémica denotaba que el movimiento tenía sus orígenes en el fermento emancipador más general de la época.

[…] permítaseme explicar mi insatisfacción con la que quizá sea la percepción más generalizada sobre la segunda ola del feminismo. A menudo se dice que la capacidad relativa del movimiento para transformar la cultura contrasta de manera aguda con su incapacidad relativa para transformar las instituciones. Esta evaluación tiene doble filo: por una parte, los ideales feministas de igualdad entre los sexos, tan polémicos en décadas anteriores, se sitúan ahora directamente en la corriente social mayoritaria; por otra parte, todavía no se han realizado en la práctica. […]

Plantear que las instituciones van por detrás de la cultura, como si ésta pudiera cambiar sin cambiar las primeras, sugiere que sólo necesitamos hacer que las primeras se pongan a la altura de la segunda para hacer realidad las esperanzas feministas. El efecto es el de oscurecer una posibilidad más compleja e inquietante: que la difusión de las actitudes culturales nacidas de la segunda ola del feminismo ha formado parte de otra transformación social, involuntaria e imprevista para las activistas feministas: una transformación en la organización social del capitalismo de posguerra. […]

¿Fue mera coincidencia que la segunda ola feminista y el neoliberalismo prosperasen unidos? ¿O había una perversa y soterrada afinidad voluntaria entre ellos? Esta segunda posibilidad es herética, por supuesto, pero es peligroso no investigarla. Desde luego, el ascenso del neoliberalismo transformó drásticamente el terreno en el que operaba el feminismo de la segunda ola. La consecuencia, argumentaré aquí, fue la de resignificar los ideales feministas. Aspiraciones que tenían un claro impulso emancipador en el contexto del capitalismo organizado de Estado asumían un significado mucho más ambiguo en la época neoliberal. Situados los estados sociales y desarrollistas bajo el ataque de los partidarios del libre mercado, las críticas feministas al economicismo, el androcentrismo, el estatismo y el westfalianismo asumieron una nueva valencia. […]

El antieconomicismo feminista resignificado. El ascenso del neoliberalismo coincidió con una gran alteración en la cultura política de las sociedades capitalistas. En este período, las exigencias de justicia se expresaron cada vez más como reivindicaciones para que se reconociesen la identidad y la diferencia. Este cambio “de la redistribución al reconocimiento” fue acompañado por fuertes presiones para transformar el feminismo de la segunda ola en una variante de las políticas de identidad. Una variante progresista, sin duda, pero que tendía no obstante a ampliar en exceso la crítica de la cultura, al tiempo que restaba importancia a la crítica de la economía política. En la práctica, se tendió a subordinar las luchas socioeconómicas a las luchas por el reconocimiento, mientras que en los sectores académicos, la teoría cultural feminista empezó a eclipsar a la teoría social feminista. Lo que había empezado como un correctivo necesario al economicismo evolucionó con el tiempo a un culturalismo igualmente tendencioso. […]

El momento, además, no podía ser peor. El cambio al reconocimiento encajaba muy claramente con un neoliberalismo ascendente, que no quería más que reprimir cualquier recuerdo del igualitarismo social. Así, las feministas absolutizaron la crítica a la cultura precisamente en el momento en que las circunstancias exigían redoblar la atención a la crítica de la economía política. A medida que la crítica se dividía, además, la corriente cultural no sólo se desgajó de la corriente económica, sino también de la crítica al capitalismo que previamente las había integrado. Desligadas de la crítica al capitalismo y dispuestas para articulaciones alternativas, estas corrientes podían ser atraídas hacia lo que Hester Eisenstein ha denominado “un vínculo peligroso” con el neoliberalismo.

El antiandrocentrismo feminista resignificado. Sólo era cuestión de tiempo, por lo tanto, que el neoliberalismo resignificase la crítica feminista al androcentrismo. Para explicar cómo, propongo adaptar un argumento presentado por Luc Boltanski y Ève Chiapello. En su importante libro titulado Le nouvel esprit du capitalisme, estos autores sostienen que el capitalismo se rehace periódicamente a sí mismo en momentos de ruptura histórica, en parte recuperando corrientes de crítica dirigidas contra él. En dichos momentos, elementos de la crítica anticapitalista se resignifican para legitimar una forma nueva y emergente del capitalismo, que por lo tanto se ve dotado con un mayor significado moral necesario para motivar a las nuevas generaciones a respaldar el trabajo inherentemente absurdo de la acumulación indefinida. Para Boltans­ki y Chiapello, el nuevo “espíritu” que ha servido para legitimar el flexible capitalismo neoliberal de nuestro tiempo surgió de la crítica “artista” de la nueva izquierda al capitalismo organizado de Estado, que denunciaba el gris conformismo de la cultura corporativa. Fue en los acentos de mayo del 68, afirman, donde los teóricos de la gestión neoliberales propusieron un nuevo capitalismo “conexionista”, de “proyecto”, en el que las rígidas jerarquías organizativas dieran paso a equipos horizontales y redes flexibles, y liberasen así la creatividad individual. El resultado fue una nueva narrativa del capitalismo con consecuencias en el mundo real; una narrativa que envolvió a las nuevas empresas tecnológicas de Silicon Valley […].

El argumento de Boltanski y Chiapello es original y profundo. Sin embargo, al no tener en cuenta el género, no capta todo el carácter del espíritu del capitalismo neoliberal. Ciertamente, ese espíritu incluye una narrativa masculinista del individuo libre, sin trabas, automodelado […]. Pero el capitalismo neoliberal se relaciona tanto con Walmart, las maquiladoras y el microcrédito como con Silicon Valley y Google. Y sus trabajadores indispensables son desproporcionadamente mujeres […]. Como tales, las mujeres han entrado en tromba en los mercados de trabajo de todo el mundo; la consecuencia ha sido la de menoscabar de una vez por todas el ideal de salario familiar que el capitalismo organizado de Estado propugnaba. En el “desorganizado” capitalismo neoliberal, ese ideal se ha sustituido por la norma de la familia con dos perceptores de salario. No importa que la realidad que subyace al nuevo ideal sean los niveles salariales deprimidos, la caída de la seguridad en el trabajo, el descenso del nivel de vida, un fuerte aumento del número de horas trabajadas […], la exacerbación del doble turno –ahora a menudo triple o cuádruple– […].

Por inquietante que pueda parecer, sugiero que el feminismo de la segunda ola ha aportado involuntariamente un ingrediente clave del nuevo espíritu del neoliberalismo. Nuestra crítica al salario familiar proporciona ahora buena parte de la narrativa que inviste al capitalismo flexible de un significado más elevado y de un argumento moral. Dotando a sus luchas diarias de un significado ético, la narrativa feminista atrae a las mujeres de ambos extremos del espectro social: en un extremo, los cuadros femeninos de las clases medias profesionales, decididas a romper el techo de cristal; en el otro, las temporeras, las trabajadoras a tiempo parcial, las empleadas de servicios con bajos salarios, las empleadas domésticas, las trabajadoras del sexo, las migrantes, las maquiladoras y las solicitantes de microcréditos […]. En ambos extremos, el sueño de la emancipación de las mujeres va atado al motor de la acumulación capitalista. Así, la crítica del feminismo de la segunda ola al salario familiar ha disfrutado de una perversa continuación. En otro tiempo pieza fundamental del análisis sobre el androcentrismo del capitalismo, sirve hoy para intensificar la valorización del trabajo asalariado del capitalismo.

El feminismo antiestatista resignificado. El neoliberalismo también ha resignificado el antiestatismo del período anterior, convirtiéndolo en una ayuda para los planes destinados a reducir la acción del Estado tout court. En el nuevo clima, parecía no haber más que un paso entre la crítica de la segunda ola feminista al paternalismo del Estado social y la crítica de Thatcher contra el Estado niñera. […] En las poscolonias, por su parte, la crítica al androcentrismo del Estado desarrollista se transformó en entusiasmo por las Ong, que emergieron por todas partes para cubrir el vacío dejado por los estados cada vez más reducidos. […]

En general, por lo tanto, el destino del feminismo en la era neoliberal presenta una paradoja. Por una parte, el movimiento contracultural relativamente pequeño del período anterior se ha ampliado exponencialmente, difundiendo con éxito sus ideas por todo el planeta. Por otra, las ideas feministas han experimentado un sutil cambio de valencia en el contexto alterado. Claramente emancipadoras en la época del capitalismo organizado de Estado, las críticas al economicismo, el androcentrismo, el estatismo y el westfalianismo parecen ahora plagadas de ambigüedad, susceptibles de cubrir las necesidades de legitimación de una nueva forma de capitalismo. […]

En este articulo he trazado la danza desconcertante de estos dos feminismos en el cambio del capitalismo organizado de Estado al neoliberalismo. ¿Qué debería concluirse de ese cambio? Ciertamente no que el feminismo de la segunda ola ha fracasado simpliciter, ni que sea culpable del triunfo del neoliberalismo. Desde luego, los ideales feministas no son inherentemente dudosos; y no están siempre destinados a ser resignificados con fines capitalistas. Concluyo, por el contrario, que aquellas de nosotras para quienes el feminismo es ante todo un movimiento a favor de la justicia de género necesitamos ampliar nuestra conciencia histórica porque operamos en un terreno poblado también por nuestro doble asombroso. […]

Sugiero, por lo tanto, que este es un momento en el que las feministas deberíamos pensar en grande. Habiendo observado cómo la avalancha neoliberal instrumentalizaba nuestras ideas, tenemos ahora un resquicio para reclamarlas. Aprovechando este momento, podríamos sencillamente dirigir el arco de la inminente transformación hacia la justicia, y no sólo con respecto al género.

*    Brecha publica fragmentos de este artículo, con la autorización de la edición en español de New Left Review [donde fue publicado en mayo-junio de 2009] y mediante una licencia de Creative Commons. La versión integral del artículo en español se puede leer aquí.

 

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