Forjador de unidades – Brecha digital

Forjador de unidades

Trabajador del comercio, dirigente de Fueci, joven socialista, alguna vez afirmó que su conciencia social despuntó el día que vio a su padre –un coronel colorado y riverista– abatido por la muerte de Batlle y Ordóñez. Presidente de la Cnt y del Pit-Cnt hasta 1993, la figura de José D’Elía atraviesa una buena porción de la historia política y sindical uruguaya.

D’Elía por Ombú.

“¡Un libro sobre mí! No, muchachos, se los agradezco”, replicaba una y otra vez José D’Elía, que estaba por cumplir 80 años, cada vez que Jorge Chagas y Gustavo Tullen insistían con que querían escribir su biografía. Chagas, trabajador bancario, había comenzado a hacer periodismo en “Aquí” a principios de los ochenta, tenía publicados sus primeros trabajos sobre historia sindical, había convencido a la dirección de Aebu de que apoyara financieramente la edición del libro y hasta se había conseguido un cómplice para la faena; pero nada lograba mover a D’Elía de su negativa: “Yo no soy tan importante. Digan solamente que siempre fui feliz, que tengo una familia maravillosa y que no estoy arrepentido de nada”, disuadía.

Entonces inventaron una estratagema. El libro sería una entrevista ficticia. Ellos asumirían la responsabilidad por hasta la última coma, y D’Elía no se podría oponer. Por cierto que no querían que aquello fuese leído como ficción, cosa que los condujo a elaborar un cuidado aparato crítico en el que constan las fuentes documentales de sus afirmaciones, precisan qué pasajes constituyen recreaciones libres de hechos que no están completamente documentados y cuáles son realmente ficticios, que son más bien pocos. Pero también era necesario urdir una explicación convincente sobre el modo en que habían vencido la renuencia del protagonista, actitud que no podían dejar de mencionar pues hablaba de una convicción fundamental del biografiado: “No hay historias personales sino historias de pueblos”, escribiría el propio D’Elía en el acápite del libro.1

La concesión de la entrevista –fabularon finalmente Chagas y Trullen– había sucedido por la mediación de ciertos fantasmas que perturbaron el sueño del biografiado hasta que finalmente entendió que la lucha de la clase trabajadora no se agotaba en sus reivindicaciones inmediatas, ni siquiera en su programa finalista, y comprendía también “una batalla más sutil, (de) todos los días del año, para no perder su identidad”. “Por eso los recuerdos guardados en mi memoria no me pertenecen en exclusividad”, admitía al cabo el D’Elía ficticio que Chagas y Trullen entrevistaban.

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El origen de la trayectoria de los dirigentes emergidos de la clase trabajadora suele situarse en un conflicto laboral. La primera intervención pública de la futura legisladora comunista Julia Arévalo ocurrió en setiembre de 1915 en un acto organizado por la comisión de huelga de las obreras cigarreras de la fábrica La Giribaldina, donde Julia trabajaba.2 Treinta años después, Luis Batlle descubrió la descomunal capacidad oratoria de Zelmar Michelini cuando, siendo éste representante sindical de los trabajadores del Banco Hipotecario, solicitó explicar ante los micrófonos de la radio Ariel, que pertenecía a “Luisito”, la posición de los bancarios en conflicto con su directorio.3

En cambio, José D’Elía situaba el nacimiento de su conciencia social en un hecho político, precisamente en una tarde de octubre de 1929 en que su padre, el coronel German D’Elía, llegó a su casa apesadumbrado, se desplomó en un sillón y ante el silencio inquisidor de su esposa y su poblada prole (eran diez los hijos), soltó:

—Ha muerto Batlle.

Para entonces los D’Elía tal vez llevaran dos años de vivir en la capital. Tenían varios pagos recorridos siguiendo los destinos del coronel. José había nacido en Treinta y Tres el 21 de junio de 1916, pero a los meses ya estaba en Rocha, la tierra que dio el acento a sus palabras y donde transcurrió lo que llamó “la etapa más feliz de mi vida”.

Política sería también, cuatro años después de la muerte de Batlle y Ordóñez, la primera acción pública de D’Elía, también en octubre, ante otra muerte, la de Julio César Grauert. El líder de la izquierda batllista había sido baleado por la Policía volviendo de un acto de oposición a la dictadura instalada el 31 de marzo. Mal atendido de sus heridas desde un comienzo, la agonía de Grauert se prolongó durante dos días. Su entierro fue multitudinario y, como recordaba Alba Roballo, la oradora fúnebre, “una batalla campal”.

Rodney Arismendi, que entonces tenía 20 años, recordaría haberse encontrado “frente a frente” con Roballo, que tendría 23 (25 dicen las malas lenguas), cada uno a un lado del féretro de Grauert cuando cargó la Republicana. En la multitud venía José D’Elía, de 17, y ahí y en ese momento encontró a uno de sus hermanos mayores, Germán, sosteniendo una de las asas del ferétro. “Hubo disparos (un piquete policial hizo fuego desde el Palacio Santos) y gases”, aseguraba Roballo.4 La carga derribó a los dos D’Elía y los dos se levantaron después de que la caballada pasó. Volvieron por el cajón (“el olor a muerte nos envolvía” pero “no tenía ninguna importancia”, recordaba José) y continuaron junto a aquella multitud hasta cumplir la ceremonia que los reunía.

“Parecíamos serenos penitentes en una procesión religiosa. (…) Podría decirles que ese fue mi bautismo de fuego. Pero eso sería pedantería necia y vacía. Lo único cierto es que ya no estaba tan confundido como cuando tres años atrás retornaba a casa luego de que Uruguay se había coronado campeón del mundo”, explicó José D’Elía para el libro de Chagas y Trullen.

Al coronel D’Elía, sin embargo, no le hacía ninguna gracia la senda por la que se estaban metiendo sus hijos. El coronel no era un hombre de ideas avanzadas. Votaba al riverismo, la agrupación colorada creada por Pedro Manini Ríos para enfrentar el avance de don Pepe. Después de la muerte de su esposa, ocurrida en 1935, las discusiones políticas entre el coronel y sus hijos llegaron tan lejos que Germán (h) y José decidieron abandonar el hogar paterno.

Germán ya se había incorporado al Partido Socialista (PS), y José no tardó en hacerlo. Le correspondió el carné número 1 de una Juventud Socialista que hubo que crear para contener a la muchachada que se arrimaba deslumbrada por el ejemplo de Frugoni, el decano de la Facultad de Derecho que había ocupado el local junto a los estudiantes para resistir el golpe. El PS no era un partido demasiado viejo, pero aquella hornada estaba decida a rejuvenecerlo. Para escándalo de los viejos militantes, hicieron sonar el dos por cuatro, y bailaron sus lúbricas figuras, en la mismísima Casa del Pueblo.

Claro que la independencia, aquella pieza del Barrio Sur que compartía con Germán, requería de sustento material, así que la contrapartida de las noches militantes eran los días de asalariado. José trabajó de cobrador, primero del Centro de Estudiantes de Derecho y después de la sastrería Rim (donde tuvo de compañero a Juan Soler, el futuro propietario de las tiendas). En 1938 agregó otra afiliación. Ingresó a la Federación Uruguaya de Empleados del Comercio y la Industria (Fueci), presidida por Benito Rovira, cuyo cerno lo conformaban los empleados de las grandes tiendas (London-Paris, Introzzi, La Madrileña, Aliverti) del Montevideo de entonces.

Mucho tiempo después de todo esto, cuando la última dictadura retrocedía y el movimiento sindical se reorganizaba, Héctor Rodríguez publicó una columna en el semanario Convicción en la que explicaba por qué ambos fenómenos eran (o debían ser) esencialmente lo mismo. “Democracia” ya no era mala palabra, pero todavía se metía en líos el que pronunciase “huelga”. Lo que los sindicatos intentaban, argumentaba el viejo dirigente textil, era que la democracia no detuviese su imperio delante de los portones de la fábrica.

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Cuando José D’Elía se afilió a Fueci el país atravesaba una coyuntura en cierta medida comparable. Terra cedía su lugar a Baldomir, que parecía dispuesto a poner fin a la dictadura, y la organización sindical avanzaba a un ritmo vertiginoso. Pero una de las diferencias fundamentales entre los dos períodos era que, mientras a principios de los ochenta la economía uruguaya estaba sumida en una profunda crisis, a fines de la década del 30 el crecimiento comenzó a acelerarse y pronto alcanzaría un ritmo que no volvería a verse hasta este siglo.

Los 90 mil obreros existentes en 1936 pasaron a ser más de 200 mil en 1952, es decir que de ser la décima parte de la población activa habían pasado a ser la quinta. Además se concentraban en el oeste y el norte de la ciudad, marcando la tónica de la sociabilidad de esos barrios. Más de la mitad de los sindicatos existentes a fines del siglo pasado nacieron precisamente entre 1936 y 1950. Si en torno al centenario había 10 mil trabajadores sindicalizados, al final de los cuarenta ya eran 100 mil. Eran, como ha definido el historiador Rodolfo Porrini, una “nueva clase trabajadora”.5

De 1936 databa también la primera convocatoria a la formación de una central sindical única que acabaría plasmándose en la Unión General de Trabajadores (Ugt) de 1942. José D’Elía sería prosecretario de esta central y Enrique Rodríguez su secretario general, pero aquella unidad resultó frágil. En enero de 1943 los obreros de la carne irán a la huelga contra la voluntad de la mayoría de la Ugt, que siguiendo el enfoque del Partido Comunista, interpretó el conflicto como un boicot dirigido contra los ejércitos aliados, a quienes estaría destinada la carne que la huelga impedía cargar.

Al igual que Juan Acuña, que representaba a los trabajadores de los frigoríficos, discrepante con la posición mayoritaria, José D’Elía (y con él la Fueci) se desafilió de la Ugt. “Hoy creo que fue un error habernos apartado de la Ugt; debimos haber luchado adentro”, valoró D’Elía en 1994, entrevistado para Brecha por Roger Rodríguez.6

No sería la única ruptura. Dentro del Partido Socialista D’Elía era de los llamados “sindicaleros”. Como éstos, José creía que a su partido le faltaba insertarse de una manera más activa en el movimiento obrero. “Una de las tareas que realicé en su momento fue manejar los ficheros de los afiliados, y me enteré de que todos los universitarios de este país habían pasado, alguna vez, por el partido”, recordó en el mismo diálogo. Las discusiones llegaron lejos. “No nos fuimos, nos fueron”, aseguró el periodista Ruben Castillo, que pertenecía a la misma barra.

Pero así como al retirarse de la Ugt D’Elía conformó un Comité de Relaciones Sindicales intentando generar un nivel de coordinación por encima de las contiendas ideológicas, su retiro del PS no significó el abandono de la militancia política. Junto a Ruben Castillo, al metalúrgico de raíces anarquistas Gerardo Cuesta y a los futuros intelectuales Julio Rodríguez, Roque Faraone y Milton Schinca, entre otros, fundó el 18 de agosto de 1948 la Agrupación Socialista Obrera. Una experiencia original, difícilmente encuadrable (Gerardo Leibner la califica como “marxista-leninista, antitrotskista y antiestalinista”), que a diferencia de las centrales existentes (la Ugt, pero también la Csu, de la que participaban los socialistas) se plegó sin vacilar a las luchas de los “gremios solidarios” de los años 51 y 52 (cuando los huelguistas fueron casi tantos como los votantes de los partidos marxistas, que no los acompañaban) y sacó de ellas las lecciones de unidad y autonomía que se instalaron en D’Elía como una obsesión.

El resto de su andadura es más conocido. Se confunde con el camino que desembocó en la unidad sindical, la resistencia al autoritarismo y a la dictadura, con la reorganización sindical desde 1980 en adelante y el laborioso zurcido entre los dirigentes que venían del exilio o la cárcel y los jóvenes que, en ausencia de aquéllos, habían dado nueva vida al movimiento sindical e hicieron que, desde entonces, “el compañero José D’Elía” pasase a ser, sencillamente, el “Pepe”.

Sin embargo, al pasar la última página del libro de Chagas y Trullen, subsistía para este lector una duda: ¿el argumento de que D’Elía debía hacer públicos sus recuerdos como una contribución a esa “sutil” batalla de la clase trabajadora por defender su identidad era ficticio o real? “No, no, eso fue cierto”, respondió Chagas.

—¿Y cuáles eran para el Pepe los rasgos fundamentales de esa identidad?

—Uno era un compromiso inquebrantable con los explotados. Él era un severísimo crítico del sistema capitalista, nunca dejó de serlo. Y lo otro, la ética. Los dirigentes obreros como portadores de una ética. Hay que pensar en los últimos años de su vida, viviendo con su hija Elisa, con una modesta jubilación… Creo que era eso.

  1. Jorge Chagas y Gustavo Trullen, Memorias de la esperanza. Trilce, Montevideo tomo I, 1996, y tomo II, 1998. La información consignada pertenece a esta obra salvo cuando se indica otra fuente.
  2. Graciela Sapriza, Memorias de rebeldía. Puntosur Editores, Montevideo, 1988, pág 113.
  3. Mauricio Rodríguez, Zelmar Michelini. La voz de todos. Fin de Siglo, Montevideo, 2016, pág 60.
  4. Guillermo Chifflet, Alba Roballo. Pregón por un tiempo nuevo. Tae, Montevideo, 1992, pág 79; y Rodney Arismendi, “75 años son muchos años”, en El Popular (8-IV-1988).
  5. Rodolfo Porrini, La nueva clase trabajadora uruguaya (1940-1950). Udelar, Montevideo, 2005, págs 179-181.
  6. Brecha, 21-I-1994.

 

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Un señor D’Elía

El coronel Néstor Bolentini fue, en setiembre de 1971, el primer juez de instrucción militar que procesó a civiles. En febrero del 73 Juan María Bordaberry lo hizo ministro del Interior, y como tal, el 27 de junio firmó con aquél y su ministro de Defensa el decreto de disolución de las cámaras con el que nació la dictadura. En 1974 lo sucedió en el cargo Hugo Linares Brum, y ocupó su tiempo en fracasar en el intento de crear un movimiento sindical anticomunista adicto al gobierno, y en dictar clases de historia nacional, de una de las cuales sale el fragmento que más abajo se transcribe.1 Es célebre ya el debate de 1980, sobre el proyecto de reforma constitucional de la dictadura, en que él y Viana Reyes resultaron vapuleados por Enrique Tarigo y Eduardo Pons Etcheverry. Todavía iba a ser ministro de Trabajo y candidato a presidente por el partido Unión Patriótica, pero la parca impidió el acto de justicia que hubiese sido verlo comprobar que su lema había obtenido tan sólo 302 votos.

“Cuando entré al gobierno de la República en marzo del 72, en una reunión del Consejo de Ministros se estaba tratando un tema laboral y se logra un consenso entre el señor presidente y los señores ministros y se toma una resolución, pero el ministro de Trabajo levanta su mano y dice: ‘Yo diría (…) que antes de tomar esta decisión me permitieran tener una conferencia con el señor D’Elía’. Yo, que estaba en la segunda fila como subsecretario, me quedé pensando con angustia por saber quién era el señor D’Elía, porque si el Poder Ejecutivo, con su máxima integración –porque no es normal que se integre con el Consejo de Ministros en pleno; el Poder Ejecutivo funciona normalmente con el presidente y un ministro–, si el presidente actuando con todos los ministros, además con todos los asesores de todos los ministros, supeditan su resolución a la opinión de un señor D’Elía, a mí se me ocurría que había algo que no funcionaba bien, pero como no sabía quién era el señor D’Elía, no intervine para nada, me callé; quedó en suspenso la resolución. Y cuando salió mi ministro le pregunté quién era ese señor que mandaba tanto, y me dice: ‘Es uno de los dirigentes de la Cnt’. Le digo: ‘Yo no entiendo nada en este país’ (…). ‘¿Cómo no entiende nada?’ (preguntó el ministro). ‘¡Y no entiendo nada, porque si el Consejo de Ministros tiene que hacer un cuarto intermedio para saber lo que piensa un señor de la Cnt, es que este gobierno no gobierna!’. Esa es mi conclusión.” 

  1. Extraído de Chagas y Trullen, obra citada, tomo II, páginas 164-165.

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