Grecia y la revolución pendiente

El desafío fundamental para Alexis Tsipras y su formación de izquierda Syriza en los próximos 32 meses pasa por reconquistar la alicaída confianza popular. Pero enfrente tiene el mismo escenario europeo adverso y los mismos organismos (y países) que se lanzaron bestialmente y sin contemplaciones sobre el endeudamiento de Grecia.

Alexix Tsipras / Foto: Louisa Gouliamak

En la pequeña plaza Kumunduru, a menos de 20 minutos andando de la simbólica plaza Sintagma, de Atenas, está la sede central de la coalición de izquierdas Syriza. En este edificio de seis plantas, un retrato del Che Guevara preside aún el despacho del primer ministro Alexis Tsipras, el joven líder que consiguió en apenas seis años llevar a la confluencia de 13 grupos políticos distintos –trotskistas, maoístas, leninistas, euroescépticos, socialdemócratas, ecologistas…– al gobierno de la nación. Fue en este mismo lugar donde se organizaron muchas de las manifestaciones y huelgas que sacudieron a Grecia durante cinco años de políticas de recortes y austeridad; ahora recoge menos actividad y de vez en cuando aparecen pintadas en la fachada que critican el gobierno del actual primer ministro. La carrera política de este ingeniero civil ha sido meteórica. Representante de estudiantes durante la década del 90, dirigente del partido de izquierdas Synaspismós –“Coalición”– a principios de siglo, líder de la oposición en 2009 y, finalmente, primer ministro en 2015, con 41 años.

Sin embargo, con la misma rapidez que alcanzó una notable popularidad tanto en su país como en el resto de Europa, en apenas un año de gobierno han ido aumentando las críticas en su contra y el malestar de gran parte de la ciudadanía.

En el albor de la profunda crisis económica, social y política que azotó a Grecia desde 2011 y que sacudió los mismísimos pilares del euro emergió una figura carismática entre las filas de un tercer partido que amenazaba el bipartidismo en el que se había movido el país heleno desde el final de la dictadura militar. Tsipras y Syriza supieron concentrar en sus discursos y propuestas políticas el descontento de la mayoría de la población contra la austeridad impuesta desde Bruselas y Berlín, que había ahondado aun más la precaria situación de muchos ciudadanos griegos. Representaron, en fin, la esperanza ante una sociedad cansada, indignada y decepcionada. Pero no sólo eso. El binomio del emergente partido de izquierdas y el cautivador líder se convirtió en poco tiempo en un nuevo referente para los movimientos de izquierdas en la Unión Europea gracias a unos planteamientos que contradecían directamente los postulados neoliberales que dominaban en las capitales europeas. Ante unos gobiernos europeos en manos de la derecha y los liberales, y una socialdemocracia en clara decadencia y frustrada por el fracaso de la “tercera vía”, Syriza y su joven líder suponían un atisbo de luz para todos aquellos intelectuales y ciudadanos de a pie que ansiaban una Europa bien distinta.

DE REVOLUCIONARIO A PRESIDENTE. El 26 de enero de 2015 Alexis Tsipras juraba su cargo en una ceremonia donde por primera vez los símbolos religiosos estaban ausentes. Abandonaba su humilde piso ateniense para ocupar como primer ministro el palacio Maximou, a pocos metros del palacio presidencial y del Jardín Nacional, en una de las zonas más lujosas de la capital. Debido a las obligaciones del gobierno, su estilo de vida se vio alterado profundamente. Sustituyó sus habituales charlas en la universidad, reuniones con asociaciones vecinales y los tranquilos paseos por las calles de su antiguo barrio por tediosas sesiones del parlamento, reuniones de gobierno, visitas oficiales a otros países y duras negociaciones con mandatarios extranjeros y organismos internacionales. El revolucionario pronto tuvo que ponerse el traje de hombre de Estado, gesto que para muchos de sus partidarios –ahora críticos– conllevó la renuncia y traición a ciertos valores e ideales. El camino de cambio y luchas políticas planteado desde la bancada de la oposición y en las calles fue desapareciendo entre los discursos que intentaban justificar que el margen de maniobra era realmente exiguo. En unos pocos meses, sobre todo tras el referéndum, el dirigente heleno fue cambiando la dialéctica que apelaba a la construcción de una alternativa casi utópica por un programa mucho más pragmático, basado en lo realmente posible. Años atrás, él mismo había estado encabezando manifestaciones y huelgas contra la política de recortes y austeridad emprendida por los conservadores de Nueva Democracia. Uno de los máximos temores de un dirigente de izquierdas es que algún día se le pueda acusar de haber traicionado a la clase trabajadora y a los más desfavorecidos. Tsipras juró su cargo bajo el compromiso de no volver a fallar a los que más habían sufrido durante la crisis. Empero, a los pocos meses, tras sus concesiones a la “troika”, tuvo que ver cómo las calles de Atenas volvían a llenarse de gente que esta vez se manifestaba en su contra, y en los oídos del primer ministro resonaban los gritos de “traidor” de aquellos que le habían aupado al gobierno. Tras el referéndum sobre la aceptación o no de un nuevo paquete de rescate, el dirigente griego había alcanzado su máximo nivel de popularidad. La mayoría de la población tenía confianza en que Tsipras verdaderamente podría ofrecerles esa salida distinta y mejor que los dos partidos clásicos le habían negado. Pero la gestión del gobierno le está pasando una enorme factura y todos los sondeos, tanto de medios críticos como afines, señalan la pérdida constante de apoyo popular, lo que afecta seriamente sus posibilidades de lograr un segundo mandato si hubiera nuevas elecciones.

El problema fundamental para la reputación de Tsipras y la imagen de Syriza es que sus medidas al final están siendo percibidas como poco distintas a las que podría haber desarrollado el conservador Antonis Samaras o el dirigente del Pasok Evángelos Venizelos. Muchos griegos que confiaron en la alternativa que les presentó la coalición de izquierdas en 2015 se sienten engañados, decepcionados y de-sesperanzados al comprobar que aparentemente no existen posibilidades de hacer otra política. Este mismo sentimiento recorre los corazones de muchos ciudadanos europeos que habían simpatizando con la irrupción de Syriza y veían en la llegada al poder de Tsipras una oportunidad única para abrir una brecha en la correlación de fuerzas establecida dentro de la Unión Europea. Este mismo temor al desengaño y la desconfianza sobre la posibilidad real de otra forma de hacer política han azotado las estrategias de partidos como Podemos, Bloque de Izquierda, Movimiento Cinco Estrellas y Die Linke, que tomaron el cambio político griego como un ejemplo y ahora reniegan de las comparaciones.

LA RENDICIÓN DE ATENAS. En la época de Filipo II y Alejandro Magno el reino de Macedonia consiguió dominar prácticamente a todos sus vecinos griegos, a los que sometía a la inquebrantable autoridad de sus monarcas. Al mismo tiempo, en los círculos políticos atenienses fueron muchos los intelectuales, oradores y políticos que se opusieron a la imposición de los monarcas del norte. Entre ellos destacó la figura de Demóstenes, un político de origen humilde que dedicó prácticamente toda su vida a defender la independencia de Atenas frente a la expansión de Macedonia. Durante un buen tiempo contó con el respaldo y respeto de sus conciudadanos, pero sus tentativas de crear un frente común contra los macedonios y las continuas revueltas que promovió terminaron fracasando. De hecho, acabó exiliado y nunca volvió a ver una Atenas libre. Cuando Tsipras constituyó su primer gobierno, algunas quejas empezaron a surgir de los sectores más progresistas debido a la nula presencia de mujeres en el Ejecutivo, o su pacto con el partido de derechas Anel. No obstante, el primer ministro griego, junto a su entonces ministro de Finanzas, Yanis Varoufakis, protagonizaron unos intensos primeros meses de legislatura marcados nítidamente por su lucha política contra las medidas impuestas por la denostada troika. El momento culminante de la iniciativa rupturista de Tsipras fue cuando convocó un referéndum en julio del 2015 sobre si se debían aceptar las condiciones de rescate propuestas por el eurogrupo, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Central Europeo.

En el plebiscito ganó rotundamente el No: suponía el espaldarazo definitivo a la revolución dentro de la UE que proponía el gobierno griego. Pero, tan sólo unos días después, en un Consejo Europeo que duró un día entero y en el que estuvo a punto de producirse el temido “Grexit”, el líder heleno terminó claudicando y aceptando un nuevo rescate, aunque esta vez con unas exigencias aparentemente más favorables. Lo que hablaron durante horas en una sala aparte Tsipras, la alemana Angela Merkel y el francés François Hollande tal vez la opinión pública nunca lo llegue a saber. Tras ese momento, toda la autoridad moral que había adquirido el primer ministro griego entre sus ciudadanos y entre las fuerzas de izquierda europeas se desvaneció. Fue un duro golpe que volvía a poner en relieve lo complicado que resulta emprender una revolución frente a unas fuerzas macedonias muy superiores. Demóstenes siempre esperó lograr una alianza de todas las ciudades-Estado griegas contra Macedonia, pero nunca consiguió el respaldo suficiente ni siquiera entre la propia población ateniense, y fracasó en sus intentos de crear un frente común.

Tsipras cometió el error estratégico de iniciar el enfrentamiento contra las grandes autoridades europeas antes de que existiera un contexto más favorable para sus intereses. Grecia, bajo el gobierno de Syriza, era un islote marginal frente al conservadurismo y el neoliberalismo que imperaban en Europa. Meses más tarde, desde el palacio Maximou se especulaba con que bajo el gobierno de izquierdas en Portugal, un Hollande en Francia mucho más comprensivo que Merkel, Mario Renzi en Italia y el posible ascenso de Podemos en España, habría una notable variación en la balanza de la UE. Pero, como le ocurriera a Demóstenes, la realidad ahogó duramente sus planes. En este primer año de gobierno, pese a su infructuoso enfrentamiento con los responsables europeos, ha intentado jugar dos bazas que le permitieran plantear una gestión gubernamental distinta a las pasadas. Por un lado, diversificar sus relaciones exteriores aproximándose a Rusia en cuestiones geoestratégicas y energéticas mientras atrae nuevas inversiones, principalmente de China e India. El propósito de estas acciones es básicamente ir menguando la dependencia comercial y política con respecto a sus socios comunitarios, para que en un futuro Grecia no quede tan sujeta a la voluntad de Bruselas y Berlín. Por otro lado, desde los primeros días de su gobierno, dentro de los escasos espacios de acción que le deja un presupuesto absolutamente tutelado y escaso en recursos, ha intentado aplicar una serie de medidas sociales centradas principalmente en los griegos que se encuentran en una situación extremadamente delicada, como parados, pensionistas o familias pobres.

¿Demasiado tarde para volver a cambiar? Alexis Tsipras tiene por delante tres años de legislatura aparentemente tranquilos, ya que cuenta con el respaldo inquebrantable de su partido –los díscolos ya abandonaron la formación–, pero las encuestas le empiezan a dibujar un panorama nada halagüeño. En tan sólo un año de gobierno Syriza ha descendido aceleradamente en intención de voto, lo que es aprovechado por Nueva Democracia para superarlo, a la vez que otros partidos de centroizquierda, como el histórico Pasok, los comunistas del Kkr y la Lae –escisión de la propia Syriza–, ascienden a su costa. El Ejecutivo liderado por Tsipras no está sabiendo cumplir con las altas expectativas generadas. Su única posibilidad para revertir la tendencia de las últimas encuestas pasa irremediablemente por tres elementos. Primero, al igual que le ocurriera a su antecesor en el cargo, Andonis Samaras, necesita que la economía griega vuelva a crecer sólidamente para poder ofrecer una justificación clara de las medidas emprendidas y las promesas incumplidas. Segundo, debe dejar de cometer los mismos errores en los que cayeron en su momento los gobiernos de Nueva Democracia y Pasok. La población griega sigue demostrando un alto grado de movilización y Tsipras debe hacer el esfuerzo de intentar dialogar con los agentes sociales y buscar salidas plausibles; no puede quedarse encerrado en las paredes del palacio Maximou y ver por televisión cómo se suceden semana tras semana las concentraciones en Sintagma. Tercero, Tsipras y su equipo deben mostrar una notable capacidad de liderazgo y negociar tanto con la Unión Europea como con los socios del gobierno y la oposición medidas viables, con los escasos recursos disponibles, para que verdaderamente mejoren las maltrechas vidas de los ciudadanos griegos. La pobreza y la desigualdad son problemas que están muy presentes en Grecia, y el actual gobierno por el momento sigue siendo tan incapaz de resolverlos como los anteriores. El desafío fundamental de Tsipras es demostrar que valió la pena confiar en él. Seguramente, gran parte de sus votantes no esperaban que fuera a cumplir sus propuestas más maximalistas, pero no creían que el joven dirigente fuera a cejar tan pronto en el empeño de construir una política distinta. Le quedan todavía 32 meses para escribir en las páginas de la historia helena el relato del revolucionario que fue capaz de hacer la mejor política posible frente a las más adversas circunstancias.

*    Analista geopolítico español. Doctorando en relaciones internacionales en la Universidad Complutense de Madrid y en economía internacional y Desarrollo. Tomado de Gracus.com. ar

Incluso para el FMI

Una deuda “insostenible”

Esta semana se reunió en Washington el Consejo de Administración del Fondo Monetario Internacional para examinar un nuevo informe anual sobre el endeudamiento griego. Entre los equipos técnicos del Fmi y los representantes europeos no hubo acuerdo. Los primeros, muy poco sospechosos de izquierdistas, consideraron que la UE debía aliviar una deuda que es “totalmente insostenible a largo plazo”. Sin medidas de ese tipo, el Fmi no podría participar en un nuevo programa de “ayuda” a Atenas por 86.000 millones de euros, porque sus estatutos le prohíben acordar préstamos a un país cuya deuda no sea “viable”. Pero los europeos –con Alemania a la cabeza– insisten en que Grecia tiene que “honrar sus deudas” y lograr un excedente primario de 3,5 por ciento del Pbi a partir de 2018 y en los diez años siguientes, una exigencia desorbitada, según los jerarcas del fondo. “Pocos países han conseguido mantener excedentes tan elevados durante largos periodos, y aun menos lo han conseguido con una tasa de desempleo de dos cifras”, como la que tiene hoy Grecia, señaló el Fmi en su informe. Bruselas y la organización multilateral coinciden de todas maneras en que el gobierno de Alexis Tsipras debe seguir “profundizando las reformas”, aun reconociendo que los griegos ya han pagado en su propia piel el costo de la crisis.

Según el portavoz del gobierno griego, Dimitris Tzanalopoulos, las discrepancias no se dan sólo entre el Fmi y la UE sino dentro del propio fondo.

Tras seis años de “rescates” financieros, Grecia tiene el mayor índice de desocupación de la zona euro (23 por ciento, la media regional es de 9), y su deuda representa el 177 por ciento del Pbi, unos 311.000 millones de euros.

Atenas debe reembolsar en julio casi 7.000 millones de euros a sus acreedores, pero no tiene plata para hacerlo.

 

Artículos relacionados