¿Hacia una depresión global?

La pandemia de covid 19 y su impacto en la economía mundial.

Empleados organizando carritos para equipaje en un aeropuertocerrado, Líbano / Foto: Xinhua, Bilal Jawich

La necesidad de frenar los contagios está provocando la caída de la producción, la circulación y la demanda en una rápida espiral descendente que desnuda, una vez más, la centralidad del trabajo humano. Nadie sabe a ciencia cierta cuánto se podrá extender el virus y hasta qué punto irá afectando a la producción, pero sí sabemos que esta crisis llegó en un momento de fragilidad a nivel mundial, con alto endeudamiento, debilidad de la inversión y crecientes desequilibrios. Se avecinan tiempos muy difíciles para los trabajadores y la población en general.

Los mercados accionarios experimentan su peor caída desde 2008. A comienzos de mes, el precio del petróleo cayó en Estados Unidos y Europa un 25 por ciento, y en Asia, un 30 por ciento. Las cotizaciones de las empresas petroleras tuvieron pérdidas de dos dígitos. Los países latinoamericanos vieron devaluadas sus monedas. Más grave aún, las cuarentenas masivas, como las de Italia (60 millones de personas) y China (100 millones), constituyen escenarios nuevos y de curso impredecible. A eso se agrega la guerra de precios entre Rusia y Arabia Saudita. Como reconoció un ejecutivo del fondo de inversión Black Rock en una entrevista para The New York Times (9‑III‑20), hoy la incertidumbre es mayor que en el pico de la crisis financiera de 2008. Naturalmente, los inversores buscan refugio en títulos gubernamentales. Los primeros días de marzo llevaron el rendimiento de diez años de los bonos del Tesoro a un récord mínimo, 0,4949 por ciento (cuando suben los precios de los títulos, por el aumento de la demanda, baja su rendimiento).

Domina la incertidumbre en el sentido en que la definía Keynes: no hay elementos para poder siquiera calcular las probabilidades de cursos futuros. Nadie sabe, por ejemplo, cuánto podrá extenderse el virus –¿se debilita con la llegada del calor?– ni cómo afectará la producción global en la medida en que siga extendiéndose. Sin embargo, sí se puede afirmar que se están dando las condiciones para una depresión global. Esencialmente porque la actual crisis se desarrolla sobre economías que nadan en un mar de deudas, la debilidad de la inversión y crecientes desequilibrios.

Antes de entrar en esta cuestión, permítaseme una reflexión más general, referida a la vigencia del enfoque materialista. La aparición del coronavirus nos ha recordado, dramáticamente, que somos seres constituidos sobre una base biológica. Recordemos que el punto de partida del análisis marxista no son individuos que optimizan el consumo de bienes dados, como acostumbra decir el relato neoclásico, sino individuos que trabajan asociados, gastando su fuerza humana de trabajo en generar los bienes que les permitan reproducir la fuerza de trabajo. Este es el contenido último de la noción de “trabajo abstracto”: el gasto humano de energía, nervios y músculos. Es un condicionamiento físico y fisiológico, ya que una sociedad de productores no puede consumir más energía para trabajar que la que utiliza para la reposición de su fuerza de trabajo total, permitida por el consumo de los bienes que produce. Naturalmente, las formas en las que los seres humanos igualan sus gastos de energía y comparan los tiempos de producción cambian históricamente, según se modifican las relaciones sociales de producción. Sin embargo, esas formas no hacen desaparecer el hecho de que el gasto humano de energía constituye la sustancia de todo trabajo.

Este enfoque materialista parece ineludible en el análisis de la crisis en desarrollo. La expansión del virus está afectando, de forma directa, la fuerza de trabajo, la fuerza productiva imprescindible –al menos, dado el grado actual de desarrollo tecnológico– para poner en movimiento las fuerzas productivas de conjunto. Esto es, no hay posibilidad alguna, por ahora, de que se pueda prescindir del trabajo humano. Si la fuerza laboral está obligada a quedarse en casa por cuarentena o enfermedad, no hay posibilidad de poner en movimiento las fuerzas productivas de conjunto. Ni de hacer circular el producto social.

UNA ESPIRAL DESCENDENTE. Por otra parte, la necesidad de frenar los contagios empuja a la caída el consumo (turismo, servicios recreativos, restaurantes), lo que, a su vez, contrae más la producción. Esto es, la demanda cae porque caen los ingresos (salarios, rentas, ganancias del capital, etcétera) y porque varían, por razones “fisiológicas”, los hábitos de consumo. En consecuencia, caen al mismo tiempo producción, circulación y demanda, en un movimiento en espiral descendente. Por todos lados aumenta la capacidad ociosa –por ejemplo, aviones en tierra o semivacíos, restaurantes y shoppings–, lo que lleva a crecientes pérdidas y, en un plazo más largo, a la suspensión o el despido de trabajadores.

Paralelamente, empeora la situación fiscal: caen los ingresos tributarios y aumentan los gastos en salud pública. Eso ejerce más presión sobre los mercados financieros y potencia la crisis. Precisemos también que, en la medida en que se extienda el virus en países subdesarrollados, sus servicios sanitarios y sociales pueden verse sobrepasados, lo que agrava las penurias de los trabajadores y la población en general.

A su vez, la caída de la producción y la demanda en países centrales –China en primer lugar– afectan de lleno a los países exportadores de petróleo, alimentos y otros commodities. Esto agrava las dificultades en las cuentas externas, deprime más la demanda mundial y da lugar a una mayor desvalorización de los capitales. A este respecto, la situación actual es distinta a la de 2008. En 2008 se venía de un período de fuerte ascenso de los precios de las materias primas. Por consiguiente, muchos países exportadores de commodities tenían reservas que ayudaban a sostener la demanda mundial; además, habían reducido su nivel de endeudamiento. Pero, más importante aún, entre 2009 y 2012 China impulsó la demanda con ingentes inyecciones de gasto estatal. Nada de esto ocurre ahora: los precios de los commodities –y del petróleo en primer lugar– están en descenso, el nivel de endeudamiento de los países atrasados aumenta y China frenó la producción.

Pero, además, en la medida en que la producción se ha globalizado, la espiral descendente se hace global. Ningún país capitalista puede escapar de esta dinámica. Las cadenas internacionales de valor, en particular, hacen sentir los efectos negativos de la caída en cualquiera de sus eslabones, lo que afecta el resto de la cadena. Con el agravante de que esas repercusiones bajistas se intensificarán si recrudecen las medidas proteccionistas. Lo hemos visto en el Brexit y en las disputas entre Estados Unidos y China, entre otras cosas. Ahora pueden intensificarse, por ejemplo, mediante las devaluaciones competitivas o, peor aún, por políticas xenófobas y reaccionarias (el cierre de fronteras, el ataque a los inmigrantes).

UNA ECONOMÍA DÉBIL Y EN UN MAR DE DEUDAS. Desde el final de la crisis de 2008 la situación de la economía mundial no ha sido de depresión ni recesión, pero tampoco de fuerte crecimiento. Las economías de la zona del euro y Japón continuaban estancadas; el crecimiento era débil en Estados Unidos y Canadá, y relativamente importante en los países atrasados. Desde 2009 ha habido un prolongado período de crecimiento global débil, o semiestancamiento, y baja inversión.

De esta forma, se configuró un crecimiento anémico, sostenido en el aumento del crédito y un mar de deudas. En su informe de 2018 sobre comercio y desarrollo, la Unctad señalaba que a principios de 2018 el volumen de la deuda mundial había aumentado a cerca de 250 billones de dólares –el triple de los ingresos mundiales– en comparación con los 142 billones de dólares registrados hace un decenio. La estimación más reciente de la Unctad indica que la relación entre deuda mundial y Pbi es en la actualidad casi un tercio mayor que en 2008. A su vez, el Banco Mundial señalaba que en las economías “emergentes y en desarrollo” la deuda había aumentado del 15 por ciento del Pbi, en promedio, al 51 por ciento en 2018. La Ocde alertaba que la deuda privada crecía rápidamente en las economías más grandes: entre 2008 y 2018 el stock global de bonos corporativos no financieros se duplicó, en términos reales, y llegó a casi los 13 billones de dólares. En el mismo sentido, el Fmi anotaba que en Estados Unidos la deuda corporativa había pasado de 4,9 billones de dólares en 2007 a 9,1 billones a fines de 2018, un aumento del 86 por ciento. Y mucha de esa deuda se había destinado a la recompra de acciones y pagos de dividendos.

Pero la deuda corporativa no sólo había aumentado, sino que también se había modificado, para peor: aumentó la emisión de bonos con calificación Bbb,1 tanto en Europa como en Estados Unidos. Estos bonos son aptos para inversores institucionales, pero una caída de su calificación –por ejemplo, a causa del debilitamiento de la economía– puede desatar ventas forzadas de los fondos que tienen obligación de mantener sus colocaciones en grado de inversión. Por otra parte, si bien había bajado la emisión de bonos basura, se habían incrementado los créditos apalancados, un tipo de préstamo riesgoso para las empresas. En Estados Unidos su volumen se ha más que duplicado desde 2010. Y se usan cada vez más para fondear la toma de riesgos financieros a través de fusiones y adquisiciones, compras apalancadas, el pago de dividendos y la recompra de acciones. Préstamos que fueron potenciados por instrumentos financieros opacos, aptos para toda clase de maniobra especulativa.

LA CRISIS SE INSERTA EN UN ESCENARIO DE DEBILIDAD. La crisis desatada con la irrupción del coronavirus se inserta en esta situación financiera y de debilidad de la acumulación. Es esta combinación –interacción potenciada entre la esfera de la producción y la circulación, y la esfera de las finanzas y el crédito– lo que puede arrastrar la economía global a la depresión. Porque, así como la suba de los precios de los activos potencia el apalancamiento y este lleva a mayores subas, cuando viene la caída de los valores, el movimiento se da en reversa, hacia abajo y en espiral.

Esa posibilidad se deja ver en las cifras de las deudas. Según Bloomberg, hoy la deuda de las empresas estadounidenses supera la de los hogares por primera vez desde 1991. Las empresas de energía, en especial las que invirtieron en shale, están muy endeudadas; también las empresas de viajes, como American Airlines y Hertz. Siempre según Bloomberg, la deuda corporativa pasó de 10,7 billones de dólares en diciembre de 2008 a 16 billones en setiembre de 2019. El valor de los bonos de alto rendimiento (o sea, inversiones peligrosas) alcanza los 1,3 billones, contra 786 mil millones de dólares hace una década. Casi la mitad del mercado de bonos en grado de inversión está calificado como Bbb; a ellos se aplica la posibilidad de una caída de calificación, que obligaría a ventas masivas. A su vez, el mercado de préstamos apalancados alcanza los 1,15 billones de dólares.

Tengamos en cuenta que los mecanismos recesivos se entrelazan y potencian, con el potencial de arrastrar, uno tras otro, todos los sectores. En particular, estas dinámicas son inherentes al crédito, que actúa como elemento unificador. En palabras de Marx: “En un sistema en el que toda la conexión del sistema de reproducción se basa en el crédito, si el crédito cesa súbitamente y sólo vale ya el pago en efectivo, debe producirse evidentemente una crisis, una violenta corrida en procura de medios de pago. Por ello, a primera vista, toda la crisis sólo se presenta como una crisis de crédito y dinero. Y, de hecho, sólo se trata de la conversión de las letras en dinero. Pero estas letras representan, en su mayor parte, compras y ventas reales, cuya amplitud, que supera en mucho las necesidades sociales, concluye por constituir el fundamento de toda la crisis” (El capital, página 630, tomo 3). Por eso, cuando se desatan estas dinámicas, todos los activos están en un nivel de correlación cercano a uno; o sea, no hay manera de atenuar las desvalorizaciones masivas recurriendo a la diversificación de las inversiones.

En conclusión, se dan los elementos para que asistamos a una espiral fuertemente descendente de la economía de Estados Unidos y, posiblemente, de las europeas, que arrastraría a la economía global. La Reserva Federal ha inyectado dinero en el mercado, pero esto difícilmente revierta la caída de la producción y la demanda. Lo importante es tener presente la interacción entre la caída de la producción y la demanda, la agudización de las dificultades financieras, y la repercusión de estas de nuevo en la producción y la demanda, lo que agrava la crisis. Subrayo: es un escenario, por lo menos, posible, y la caída o desaceleración de la economía mundial ya es un hecho. Para los trabajadores se avecinan tiempos de aumento del desempleo, caída de los ingresos y empeoramiento de las condiciones de vida.

1.   Una parte de los mercados de crédito son los bonos de grado de inversión, emitidos por empresas de alta calificación. Estos bonos van desde la calificación Aaa, la mejor, a la Bbb (N del E).

*    Docente de Economía en la Universidad Nacional de Quilmes y la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires.

                (Brecha publica fragmentos de este artículo, con la autorización del autor y mediante una licencia de Creative Commons. La versión integral puede leerse en rolandoastarita.blog.)

Artículos relacionados

Las consecuencias de la estrategia sueca contra el coronavirus

El modelo que no fue

La oposición política a Bolsonaro frente a la catástrofe sanitaria.

En la ventana