Haciendo escuela

Este año, por primera vez, el desfile de escuelas de samba transitó por la principal avenida de la capital. Las escuelas de samba pululan por todo el país, atestiguan los investigadores. Desde el norte se plantean los riesgos de la “cariocalización”. Imperadores, la escuela del Marconi, puede haberle encontrado un remedio.

Chico Walter tiene tercero de escuela. Vivió en la calle, comió de la basura. A los 9 años dormía en una caja de cartón al lado del cementerio de La Teja. Ahora tiene 52 y su sólida estampa actual se corresponde mejor con la del obrero metalúrgico que fue durante décadas.

El lunes de noche estaba lindo para conversar en el patio que también sirve de garaje. A espaldas de Chico había estacionada una camioneta blanca. Más allá un portón de reja y después una calle de la que costaba despegar un recuerdo del invierno pasado.

Una crónica de los últimos días de mayo decía que por ahí había tomado la Baggio negra en la que venían los adolescentes que, después de escabullirse entre las callecitas del Marconi, terminarían cayendo –uno muerto y otro casi– bajo fuego policial, episodio seguido por una especie de “revuelta” de la que se habló bastante.

Pero en la noche del lunes estaba todo en paz y Chico hablaba de que la vida le había puesto delante una proporción elevadísima de gente buena. Era niño todavía cuando entró de peón en una fábrica y ahí tuvo la suerte de encontrar quien le propusiera aprender a soldar. “Le puse todo mi cariño”, recordó.

Seguía en el metal cuando llegó el primer hijo. “Había pasado tan mal en mi vida que tenía una psicosis: le dije a mi mujer que no quería que laburara, que quería que me cuidara a los gurises”, explicó. Sostener esa vida significaba trabajar más. “Igual me iba a vender bagayo a la feria los fines de semana”; y respondió “yo estoy” cuando avisaron que la orquesta de Julio Frade necesitaba un utilero. “A mí me gustaba como cantaban los muchachos”, reconoció.

ANEL DE BAMBA. Uno de los cantantes principales del conjunto era Juan Ángel Sánchez. Le dijo que le iba a enseñar a cantar. “No me olvido más”, contó. “Yo no tenía para pagarle. Trabajaba mucho pero todo iba a la familia. Recién me habían regalado un traje, y le dije a Juan: ‘Con lo único que te puedo pagar es con un traje’. ‘Dejate de joder –me dijo–. No te voy a cobrar.’ Y yo le respondí: ‘Aceptameló, por favor; si no, no voy a aprender con amor’.” En el año 2000 le llegó su hora. La orquesta no paraba. Un sábado fue necesario otro cantante y Chico no olvida a quienes “tuvieron la enorme delicadeza de decir: ‘Cantá’”. “Debuté en el Kibón, imaginate.”

En 2002 ya estaba separado de la madre de sus hijos. El dinero no alcanzaba y decidió probar en Porto Alegre. “Pensaba trabajar cantando boleros y temas de Maná, pero llegué con 300 dólares así que empecé con un medio tanque en la rodoviaria, vendiendo espetinhos.

Conoció la cuadra de la histórica Tribo Carnavalesca os Comanches, conoció la cuadra de Bambas y asegura haber escuchado “samba puro” en el morro Da Conceição. Dijo que al final se quedó “na beira do rio”, cerca del estadio del Inter, en la cuadra de Imperadores do Samba. “La vida me llevó a tener una pareja que era la reina de la batería”, confesó.

El viaje no paró ahí, pero la cosa es que volvió. Trajo ideas de negocios que terminaron en la camioneta blanca con la que distribuye galletas malteadas, y sobre todo el sueño de armar una escuela de samba.

Siempre hay una mujer en las historias de Chico. Los padres de la que llama “la flaca” eran “referentes del samba en Uruguay”. Cuando falleció Luján, su suegro, la viuda sentenció: “Chico, esos instrumentos que dejó Luján te los voy a regalar’. Ese fue el clic”, aseguró.

“Arranqué con 15 amigos. Así nació Imperadores. Ensayando en la placita de Río Guayas. Los pibes se arrimaban solos, gurises de la calle, rebeldes. El pibe que se siente bien, después, en su barrio, le comenta a los amigos: ‘Ahí donde voy me están enseñando a tocar, me están enseñando a cantar’. Empezamos con chiquilines del cante de Sixtina”, historió Chico.

Para él la cosa es así: los adultos tienen que trabajar y los adolescentes quedan solos. “Ahí aparece el culo roto que se cree Pablo Escobar y les mete el peso, aparece el que les dice: ‘Conseguime un faso, conseguime una piedrita, vos que sabés dónde’. Está el otro de: ‘Vo, vamo a robar una bicicleta’; el que dice: ‘Dejate de joder, no laburés, conseguite una mina y mandala a laburar’. El chiquilín está frágil y es un peligro. Pero puede haber un buen amigo. O puede haber un Chico Walter.”

Sin embargo, según aseguró, a la hora del ensayo él es “el sorete de los soretes”. “No les dejo pasar una. Son gurises rebeldes. Te pulsean. Están viviendo la etapa del ‘yo soy, yo soy, yo soy’, hasta que viene uno y, tácate, quedate quieto.” Pero entiende que la autoridad debe tener fundamento y someterse a evaluación: “Tengo 30 años dentro de este campo. Tengo una experiencia y la comparto, no soy egoísta. Cuando digo ‘hacé esto’, hacelo. Si lo hiciste y te fue mal, vení y reclamame, pero dame mi potestad de director, porque a vos te gusta la escuela nuestra y a mí me gusta mil veces más porque soy el director, y no te voy a mandar a hacer algo que pueda perjudicar a la escuela. Me puedo equivocar, pero dame la potestad como director de equivocarme. Yo también sigo aprendiendo. Alguno ha llegado a salir a actuar enojado conmigo. Yo los miro. Después, cuando llegan los aplausos, se les dibuja una sonrisa de oreja a oreja. ‘Vieron’, les digo. Pero después si nos va mal, también me los tengo que bancar y no digo nada”.

Una escuela supone un mínimo de 99 sambistas. Para el desfile de 18 de Julio Imperadores sacó 140. Un traje de portabandera puede costar entre 30 mil y 40 mil pesos. Algunos de los instrumentos que usa la batería de la escuela salen 5 mil o 6 mil pesos. Hay que pagar el audio. Imperadores, que es de las escuelas chicas, pagó 10 mil pesos por hora. Se necesita un camión para los instrumentos, ómnibus para la gente, lugares donde cambiarse. Para una escuela de dimensiones modestas llegar a 18 de Julio supone un mínimo de 150 mil pesos, calculó Chico. El premio más grande que se puede obtener es de 100 mil.

“¿Cómo la estamos manejando nosotros? Hicimos un par de fiestas en el año en las que anduvimos en un promedio de 40 mil, 45 mil pesos de ganancia. Tenemos un esponsor, que es el helado Furor. Mandamos a hacer unas camisetas de la escuela a las que les ganamos 30 pesos. Y la vamos llevando así”, explicó el director de Imperadores.

Además, agregó, “a nosotros nos cuesta más porque está el que viene y dice: ‘Quiero ese traje’, y aporta, de repente, 500 pesos para tener ese traje. Pero está la gurisa que te dice: ‘Cómo me gustaría ser pasista y ponerme esas plumas’, y no tiene con qué. Cada plumita de esas sale 200 pesos. Una pasista lleva como 10 mil pesos arriba del cuerpo. ¿Y cómo hacés para decirle que no? De alguna manera, entre todos, le prestamos para eso.”

—Y por qué tienen que hacer eso. Esa chiquilina podría ser parte de la batería, o del ala de bahianas…

—¿Por qué? Porque yo no me olvido de lo que pasé. Porque el día que yo quise aprender un oficio me arrimé a un negro y le dije: ‘Me gusta lo que vos hacés’. Y él me respondió: ‘¿Te gusta? Vení que te voy a enseñar’. Porque cuando era utilero y quería ser cantante me dijeron: ‘Vení, que yo te enseño’. Porque así es la vida. Y ahí se dispara lo demás. Porque si nosotros conseguimos el traje vos nos tenés que ayudar en esto y aquello.

CARIOCALIZACIÓN O RECREACIÓN. El desfile en Montevideo, cumplido el 21 de enero, reunió más de un millar de sambistas y, según El País, contó con 20 mil espectadores. “Es una explosión impresionante. No es sólo en Montevideo, es en todo el país”, aseguró Marita Fornaro, musicóloga y antropóloga, docente e investigadora de la Escuela Universitaria de Música de la Udelar. “Lo estamos estudiando desde Musicología en un proyecto financiado por la Comisión Sectorial de Investigación Científica. Lo de Artigas era clásico, pero yo quedé impresionada por la entidad de las escuelas de samba en Salto. Para el Carnaval de Castillos llegan escolas de Brasil”, graficó,

¿Pero qué expresa esto? Tal vez, antes que nada, saudade. “Es la dispersión de formas de la cultura de la frontera en un país tan pequeño que de la frontera pueden llegar a la capital.” ¿Tiene que ver entonces con las migraciones internas de la población fronteriza? “Todavía no está investigado”, advirtió Fornaro.

La investigadora observó que las escuelas de samba proponen un Carnaval con énfasis en lo plástico, lo visual. “Hay que atender la importancia que tiene el vestuario. Es como una escenografía autoportante que los carros también componen.” Barrán, recordó Fornaro, había subrayado el peso de lo plástico en el Carnaval “civilizado”, y recuerda las imponentes estructuras que los vecindarios montevideanos solían construir para la ocasión, sobre todo en la primera mitad del siglo XX.

“Lo otro es el cuerpo”, subrayó Fornaro. En la escuela de samba no se da el tratamiento grotesco en que tanto insisten otras expresiones carnavalescas. Al contrario, hay una estilización del cuerpo. “Es el manejo del cuerpo como una herramienta artística. Sin embargo, en Salto, por ejemplo, no he visto esas exigencias de perfección de los cuerpos tan relevantes en otros carnavales”, añadió la investigadora.

Gonzalo, que está en segundo de liceo e integra la batería de Imperadores, explicó a Brecha que el samba lo atrajo por el perfume de una cultura diferente. Matías, que pasa los 20, es ya de los que canta y tiene clarísimo que lo que lo mueve es llegar a ocupar el lugar del puxador, voz y alma del equipo. Chico dice que los gurises vienen porque necesitan “atención y respeto”, y agrega que, a diferencia de otras agrupaciones, en una escuela caben familias enteras.

Y cuando se le pregunta por qué le gusta el samba sólo puede responder cuánto le gusta: “Me gusta como a nadie; el sábado me fui a cantar con una escuela de Las Piedras; el domingo tocó Florida. Hay gente que dice: ‘Chico, un cantante con tu trayectoria, cómo te vas a rebajar’… Pero es lo que me gusta, la calle. Si voy a una escuela grande, está lleno de consagrados. Si voy a una escuela humilde recibo cariño, amistad, algún asado, y cuando bajan a la avenida a trabajar, se matan. Y esto es un gusto, una experiencia personal. Con esto no ganás plata. ¿Sabés qué es lo mejor? Cuando ya terminaste y volvés todo sudado y la gente que se cruza contigo te dice: ‘Cómo te gusta esto, Chico’. Porque no es lo mismo fingir un orgasmo que echarse el polvo aquel. Y eso la gente te lo respeta”.

Cargoseando por la naturaleza foránea de tan encendida pasión, Chico contratacó con argumentos antropológicos: “Los parodistas son franceses. ¿Las murgas? ¡Españolas! Lo más autóctono –para mí– son las comparsas”, reflexionó. “Y el propio candombe es un sincretismo de cosas africanas”, agregaría Fornaro.

“La identidad es dinámica. A mí me tocó dirigir el Centro de Cultura Popular, una transformación de la Escuela Nacional de Danzas Folclóricas donde se hacían danzas tradicionales, como el pericón y la chamarrita. Me tocó introducir el candombe y tuve una resistencia enorme. Ahora parece muy raro, pero eso ocurrió en los noventa”, recordó la investigadora.

Ahora, según Fornaro, con el movimiento de escuelas de samba “pasa una cosa similar a la que pasó en una época con los cultos afrobrasileños. Ciertos lugares se sienten como La Meca. Acá hay un modelo fuerte y está en Rio. Ana Lecueder, una estudiante avanzada que investiga una escuela del barrio Rampla, de Artigas, constató que su diseñador está en Rio de Janeiro. Ese gasto enorme lo está sustentando gente que no es de estratos precisamente pudientes. La lógica de aquella canción de Chico Buarque: ‘To me guardando pra cuando o Carnaval chegar’. Es una inversión bien carnavalesca. Guardo todo el año pero no para atesorar sino para gastarlo en un día”.

“No habrá dinero del municipio para el Carnaval”, anunció el Diário Gaúcho el 14 de enero pasado. La decisión del nuevo prefeito de Porto Alegre, Nelson Marchezan (del Psdb), parece estar promoviendo una revisión de las maneras en que esa ciudad estaba viviendo la fiesta, que se vinculan a lo que Fornaro señaló.

Para la historiadora Helena Cancela Cattani las escuelas portoalegrenses deben superar lo que llama “cariocalización”, un intento de seguir el modelo de Rio que estaría terminando con el público de las escuelas. “Antiguamente las fantasías eran confeccionadas por alguien de la comunidad o la propia escuela. Los talleres acababan reuniendo componentes de las alas y se transformaban en una especie de subsede de la escuela. Hoy las fantasías son hechas en talleres distantes que sólo los dirigentes de las escuelas conocen”, declaró Cancela al medio mencionado. Esa profesionalización había terminado “apartando al público de las cuadras”.

Una cuadra o un galpón es justamente lo que cree Chico que necesitan las escuelas montevideanas. La “casa” es central para la agrupación, a la que continuamente compara con una familia: allí la escuela puede armar su carro, tener el taller donde coser los vestidos y fabricar los instrumentos, un sitio concreto en el que los padres saben qué están haciendo sus hijos. La Intendencia aprobó un reglamento el 16 de enero que impone ciertas condiciones a las escuelas, y Chico cree que, si se pretende que las agrupaciones las puedan cumplir, el gobierno departamental también debe asumir compromisos con el samba.

“Esto te genera turismo, esto te está generando trabajo. Dame el monopolio de la publicidad estática en 18 el día del desfile. Si somos diez escuelas, repartimos lo que se gane entre 11. La parte 11 para que la Asociación de Escuelas tenga una oficina, una página web para que venga el periodista de Brecha y tenga de donde sacar el teléfono de la escuela que quiere entrevistar. Ese impulso después es una bola que arrastra todo. Pero acá se terminó el desfile en el que presentamos el mayor espectáculo de la ciudad de Montevideo y no teníamos ni un vaso de agua. Acá Abitab ganó más que todas las escuelas juntas. Ponelo, que lo dijo el Chico Walter”, se despachó.

Claro que Imperadores no importó su fantasía de Rio de Janeiro. Su tema de este año parecía inspirado por el padre Cacho: el reciclaje. El carro alegórico fue un dragón construido con botellas de plástico, la capa del mestre sala fue hecha pegando cientos de cucharitas de plástico; en las musculosas de las niñas del club de patinaje barrial, que se sumó a la escuela, no se bordaron lentejuelas sino tapitas.

La comisión de frente, vino de Trinidad. La integraron recicladoras de esa ciudad que desde hace años –con el apoyo del Mides, la Intendencia y El Abrojo– vienen trabajando en un proceso de regularización y cooperativización. Fernanda Beloqui, la técnica de El Abrojo que estaba con ellas cuando recibieron la invitación a participar del desfile, dice que no hubo reacciones de timidez, cree que fue un proceso que afianzó los vínculos entre las mujeres, a diferencia de otros desafíos comunes que habían generado más dificultades. Terminaron de trabajar a las tres de la tarde y el Mides les puso un micro. Desfilaron con los carros y la indumentaria que usan todos los días, aunque compuesta para la ocasión. Sí se asustaron un poquito cuando entraron a la avenida capitalina, pero las felicitaciones del público que recibían al pasar reforzaron su orgullo de trabajadoras, “fue como renovar el aire”, dijo Beloqui a Brecha.

Matías bromea con que, antes del próximo desfile, se va a hacer santiguar. Unos días antes del desfile se le “pinchó” el calefón. Unos días después se le quemó la heladera. Durante el desfile la camioneta de reparto de Chico, que traía la amplificación, se rompió. La hicieron cinchar por otro auto, que también terminó varado. Terminaron la marcha empujando la camioneta, pero entonces, justo al pasar por delante del jurado, la amplificación falló.

Imperadores salió última. Ganó Imperatriz, del Cerrito. Sus integrantes no están conformes. Matías y Gonzalo discuten si les hubiese correspondido un quinto o un sexto puesto.

Pero el 18 de febrero hay otra oportunidad: el desfile nacional, que será en Trinidad. Habrá 18 escuelas de todo el país. Se tienen fe.

 

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