Hallar un lugar en el mundo – Brecha digital

Hallar un lugar en el mundo

El sufrimiento nace no sólo de la incomprensión que el personaje titular (Cate Blanchett) y su joven amiga fotógrafa (Rooney Mara) encuentran en quienes les rodean, sino también en sus propias mentes, nada ajenas a una sociedad en la cual la homosexualidad resulta una rareza condenable y, en la mayor parte de los casos, merecedora de tratamientos psiquiátricos.

Si aún hoy, en pleno siglo XXI, a quienes mantienen relaciones de pareja con alguien de su mismo sexo les toca enfrentar la repentina incomprensión de ciertos allegados, cabe reflexionar sobre lo que podía suceder, por ejemplo, en plena década del 50, así fuese en la mismísima Nueva York. A revelar ese tipo de dificultades se dedica el realizador Todd Haynes, a partir de una novela de la muy sagaz Patricia Highsmith, cuyo espíritu el guionista Phyllis Nagy consigue captar con la agudeza del caso. Haynes, por su parte, acierta de principio a fin al proponer una narración veladamente melodramática que crece a partir de los climas melancólicos, y por momentos, enfáticos, que caracterizaban al cine del maestro Douglas Sirk (Lo que el cielo nos da, Palabras al viento) para el sello Universal. Ambientes estilizados, gente elegante, cuidados primeros planos y expresiva banda sonora se integran en consecuencia con precisión a un asunto a lo largo del cual las protagonistas sufren en silencio la mayor parte del tiempo.

El tal sufrimiento nace –y para el punto vale destacar la amplitud de Haynes y sus colaboradores– no sólo de la incomprensión que el personaje titular (Cate Blanchett) y su joven amiga fotógrafa (Rooney Mara) encuentran en quienes les rodean, sino también en sus propias mentes, nada ajenas a una sociedad en la cual la homosexualidad resulta una rareza condenable, criticable y, en la mayor parte de los casos, merecedora de tratamientos psiquiátricos. Una pintura de ambientes, en definitiva asfixiantes, que la cosmopolita ciudad parece negar y que las mencionadas amigas –en ciernes o no– enfrentan, a extremos tales que pueden llegar a abarcar tanto las dificultades laborales para la más joven como las trabas familiares –legales y hasta médicas– que el casi ex marido (Kyle Chandler) de Carol puede llegar a plantear para que a ésta no se le permita ver a la pequeña hija de ambos. Mérito de Haynes resulta entonces hacer creíble lo que le sucede a los personajes, una credibilidad que consigue trasmitir a la platea con el debido tono de que aquello que sucedía no tantos años atrás en lugares, al parecer, tan civilizados, ya no ocurre, si bien el germen de la intolerancia y las actitudes discriminatorias forman aún parte de los aspectos más censurables de la especie humana. De esa manera, una virtud adicional de la película viene por el lado de que, si se la estudia en profundidad, se trata de una historia sin villanos, como corresponde al caso de la visión aguda de un universo asediado por carencias de comprensión que hacen de las suyas en cualquier terreno. Al espectador le corresponde descubrir en cuáles.

A los nombres de Haynes, Highsmith y Nagy se agregan al unísono los de Blanchett y Mara, estupendas las dos en sus contenidas caracterizaciones, el de Chandler en el ¿comprensible? papel de marido, y Sarah Paulson como la vieja amiga de la primera. Los primores de la fotografía de Ed Lachman consiguen asimismo agregarse a la lista de responsables de los logros finales de un asunto concebido tomando como punto de partida los elementos visuales que la cámara recoge con los debidos cumplidos a un mundo de apariencias engañosas que la platea se encargará de analizar.

https://youtu.be/_iRekse_LE8

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