Hay un reino bajo el agua – Semanario Brecha
Expedición Uruguay Sub-200

Hay un reino bajo el agua

Captura de video Uruguay SUB200

En las últimas semanas la opinión pública argentina y, por inercia, la uruguaya se vieron sacudidas por un hecho bastante distinto a las noticias que se viralizan habitualmente: un buque oceanográfico llamado Falkor (Too), del Schmidt Ocean Institute (una institución privada que se dedica a investigar los océanos en colaboración con científicos locales de todo el mundo), andaba por estos pagos.

Si bien el barco y su predecesor –que se llamaba igual, pero sin el too («también»)– han recorrido, desde 2012, un equivalente a tres vueltas al mundo trabajando con instituciones de 19 países, era la primera vez que estaban tan cerca. Pero lo que llamó más la atención fue la transmisión en directo y, por tanto, sin edición previa, de lo que un robot submarino no tripulado llamado ROV SuBastian iba filmando, midiendo y recolectando, con explicaciones primarias por parte de miembros del equipo científico a bordo del barco.

Pronto nos enteramos de que la siguiente travesía sería en aguas uruguayas, más concretamente en los cañones (especie de valles sumergidos) del borde de nuestra plataforma, esto es, tanto donde empiezan, a unos cientos de metros de profundidad, como donde terminan, ya hacia los 4 mil metros. Todo es una zona de pendientes suaves, a pesar de que, en los esquemas que habitualmente se difunden, el talud (el borde de la plataforma continental) tiene aspecto de una bajada abrupta, casi vertical.

La campaña en Uruguay es dirigida por la Universidad de la República, y participan científicos de 19 instituciones de seis países. Hubo un momento de susto cuando ciertos desperfectos obligaron a traer el barco a puerto, pero de forma increíblemente rápida fue reparado y ya está nuevamente recorriendo la zona en etapas llamadas estaciones.

¿Qué es lo nuevo y lo importante de todo esto? Bueno, la investigación oceanográfica en Uruguay siempre se vio muy limitada por la escasez de recursos, y es un sueño contar, aunque sea temporalmente, con un buque especialmente equipado (hay ocho laboratorios en el propio barco, además del mencionado submarino) para ponerse al día. A modo de ilustración: antes aparecían «bichos raros» en las redes de arrastre de los barcos pesqueros, que con suerte eran enviados a los científicos que los estudiaban y clasificaban y, eventualmente, describían como especies nuevas. Ahora van a ir a buscarlos de una forma sistemática y abarcativa, y sabrán en cada caso con qué otros organismos conviven, en qué tipo de sustrato, a qué profundidad, temperatura y salinidad, y hasta qué estaban haciendo en el momento de ser capturados o, simplemente, registrados por las cámaras.

La parte que se llama trabajo de campo dura aproximadamente un mes, pero las investigaciones que se harán sobre los datos y materiales recolectados se extenderán por años y darán lugar a tesis y publicaciones científicas de muy variada temática: desde estudios meramente descriptivos (tomar nota de lo que hay) hasta genéticos y ecológicos; se podrán estudiar los movimientos de las aguas profundas, los desplazamientos de los nutrientes, los elementos contaminantes, en fin, la lista puede ser muy larga. Y, sobre todo, permitirán al país –en un momento en que se anunció reabrir la carrera de Oceanografía que existió décadas atrás– dar un salto cuantitativo y cualitativo en cuanto al conocimiento de lo que ocurre en nuestras aguas territoriales, que son casi un Uruguay entero bajo el agua.

La repercusión, como dije antes, es una de las características más salientes de este tipo de proyectos. Durante la campaña en aguas argentinas las redes se llenaron de comentarios que iban desde auténticas inquietudes científicas («no sabía que hubiera corales por aquí»), estéticas («qué preciosura de animalito») y políticas («acá trabajan nuestras instituciones públicas, orgullo del país»). También –cuándo no– se dieron bardeadas patrioteras, más propias de hinchadas de fútbol, en la que la rivalidad entre los habitantes de ambas márgenes del Plata puso su cuota de pintoresquismo y en más de una ocasión mostró que, intelectualmente, no estamos tan lejos de los especímenes que aparecían en pantalla.

El humor fue algo omnipresente. Apenas empezada la incursión en nuestro país, aparecieron comentarios acerca de que los bichos de acá eran más tristes y descoloridos; memes en que aparecían cangrejos tomando mate y estrellas de mar claramente aburridas; en fin, asociaciones entre esa fauna de este nuevo «Uruguay profundo» con las supuestas características, denostadas y simultáneamente blandidas como banderas, de la uruguayez. Esto se vio incentivado por el hecho de que uno de los primeros ejemplares filmados fue una bolsa de plástico, encontrada a cientos de metros de profundidad.

Hay mucha tela para cortar alrededor de este tema. El propio interés despertado por una temática aparentemente tan específica demuestra que la basura televisiva es consumida porque es lo que hay, no porque «la gente la pide», como se argumenta habitualmente. Sí, es verdad que hay mucho de novelería y que es probable que si esto durara todo el año el interés decayera, pero no es la primera vez que temáticas oceánicas (y científicas en general) atraen multitudes. Pasemos por alto las proezas surfísticas de nuestro anterior presidente y recordemos los capítulos maravillosos de Jacques Cousteau y su barco, el Calypso. O la serie Cosmos, de Carl Sagan. O la cantidad de videos, desde caseros hasta profesionales, que pululan en YouTube mostrando las intimidades de animales salvajes de lo más variopintos.

Todo (los chistes, los orgullos patrióticos, la curiosidad auténtica, la admiración informada y el liso y llano éxtasis ante la maravilla de la diversidad de la vida) es, a su vez, material de estudio para cientistas sociales, periodistas y afines.

¿No es increíble todo lo que puede caber en un barco?

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