He visto a las mejores mentes de mi generación - Semanario Brecha
Adiós al Tüssi Dematteis

He visto a las mejores mentes de mi generación

Ha muerto Gonzalo Curbelo, más conocido como el Tusi, músico, escritor, periodista cultural. Fue cantante y compositor de las bandas Guerrilla Urbana y La Hermana Menor, y periodista de Posdata y La Diaria, que en los últimos años despuntó su insaciable, a menudo polémica y siempre brillante grafomanía en las redes sociales. Había nacido en 1969.

Difusión

No sé si está bien decir desde dónde se habla, si por hoy se suspende el decálogo de buenas prácticas periodísticas que nos legó Homero Alsina, si respetar a los lectores será en este caso eludir la primera persona y los recuerdos o tratar de contarles quién era el Tusi para mí y, quizás, para varias generaciones de lectores y melómanos rioplatenses. No sé si todavía es aceptable el corte generacional, tan cuestionado, e invocar la de la posdictadura que tuvo que pelear, por derecha, con los orcos que siguieron impávidos manejando el aparato represivo y, por izquierda, con el re-establishment cultural que le devolvió el trono a la del 60, como si en medio no hubiera pasado nada.


No sé si vale decir «conocí al Tusi en la Facultad de Humanidades hace 34 años», cuando todavía quedaba en la calle Tristán Narvaja, cuando Jorge Medina Vidal nos hablaba del «divino Esteban»1 e impunemente nos mandaba a tomar una grapa a la esquina y a comprarle cigarrillos Galaxy en el descanso, y nos rifábamos el parcial de Latín para ir a ver a Los Ramones al Palacio Peñarol bajo la mirada comprensiva de Pablo Schwartz.

Lo cierto es que no debería estar escribiendo el obituario del Tusi, no yo, no todavía. Justo el de él, que era uno de los mejores escritores de obituarios de la historia. Leyéndolos te reías, te enojabas e, invariablemente, te daban unas ganas frenéticas de ir a leer o escuchar las obras completas del muerto, pero nunca te entristecías. Y es que, para él, que se fue tan temprano, la muerte podía ser una lástima por la pérdida, pero nunca era injusta.

Si miro a mi alrededor, creo que hay pocos escritores que hayan sido tan admirados e imitados como el Tusi. Me refiero a la intensidad de la admiración, no a la cantidad de personas, porque lo que hacía, lo que pensaba y escribía no era masivo ni generaba consensos. Lo admiraban por sí y también a pesar de sí. Se rendían ante sus escritos por cómo escribía, por la información que manejaba, por la originalidad de sus juicios (que El tren de la noche era tan bueno que no nos dejaba odiar a Martin Amis en paz), por su sentido del humor (ocurrírsele titular el obituario de William Burroughs «La muerte de yerba mala»), por su inventiva desaforada (no hay nadie que haya dominado como él el arte del insulto), por la inteligencia de sus argumentos, muchas veces, incluso, estando en contra de ellos. Cuando hablaba, tenía un gesto característico, que era adelantar el mentón, como si hubiera sido atacado por un repentino prognatismo. No puedo decir cuántas veces he visto ese mismo gesto en periodistas y músicos, y siempre me sonrío al detectar a un converso.

Había aparecido en la escena musical uruguaya en 1986, cuando su banda Guerrilla Urbana ganó el premio revelación en el primer Montevideo Rock. Más tarde formaría La Hermana Menor, con la que publicaría cuatro discos, y al momento de su muerte estaba a punto de lanzar su primer disco solista. Como escritor y periodista, comenzó publicando una columna en el fanzine GAS Subterráneo, luego se sumó al equipo de Espectáculos de la revista Posdata y, más tarde, junto con Gabriel Lagos, fueron los primeros editores de Cultura de La Diaria, donde se origina la columna «Prontuario de comediantes» –un repaso de los cultores del stand-up mucho antes de que se pusiera de moda en esta parte del mundo–, que editó luego en libro. En 1992 había ganado un premio de poesía en un concurso municipal con su libro Animales atropellados, que nunca publicó. Sin embargo, ese mismo cuidado poético reaparecerá en las letras de sus canciones, que se inscriben en una tradición que era la nuestra: la de aquella generación a la que se le juntaron, de un plumazo, el retorno de Viglietti y Los Olimareños con el descubrimiento de la Velvet Underground, los Pixies y Sonic Youth: «De pronto ella menciona a tu primo Antonio/ y cierra bien su camisa ocultando el soutién/ es fácil imaginarlo irradiando justicia/ como esa fotografía tan linda del Che».2

El Tusi era en extremo generoso con sus conocimientos, ya fuera sobre oscuras bandas de death metal escandinavas, cine de terror asiático, los haikus de Kerouac o lo que fuera. De eso ha quedado muestra en sus blogs Fuck You Tiger y Dragon Lieder, así como en sus numerosos posteos en las redes, que muchos –entre ellos, la escritora Mariana Enríquez– esperan que no desaparezcan.3
Es inevitable en este momento de tristeza ponerse a leer allí los posteos que él, que se consideraba un «ateo de las casualidades», estuvo haciendo en los últimos meses. El que rescata los avisos fúnebres que se publicaron cuando murió su padre, en 1971, todavía más joven que él. El que recuerda los seis años de gracia que le dio la vida gracias a que su perro Santino –muerto en julio de 2023– lo despertó cuando comenzaba a tener un infarto. El que dice que, a pesar de tanta muerte que lo ha rodeado en 2023, no ha sido un mal año y que termina con este poema: «Nunca te lo dije/ pero somos inmortales/ ¿Por qué te fuiste antes de que te lo enseñara?/ ¿Lo sabías ya?/ ¿Habías adivinado?/ Que los dioses se escondían debajo de rostros borrachos/ Mortales, mortales, somos inmortales/ Yo nunca te lo dije, pero somos inmortales».4

  1. Stéphane Mallarmé.
  2. Fragmento de «Antonio ’92», del disco Ex (2003).
  3. Enríquez escribió en Instagram: «Anoche murió uno de los mejores: lo que voy a extrañar hablar con
    @tussi_dematteis_club. Ojalá se queden ahí
    sus posts: ese tipo de inteligencia y amabilidad
    no sobra».
  4. Je ne t’ai jamais dit/ Mais nous sommes immortels/ Pourquoi es-tu parti avant que je te l’apprenne?/ Le savais-tu déjà?/ Avais-tu deviné?/ Que des dieux se cachaient sous des faces avinées/ Mortels, mortels, nous sommes immortels/ Je ne t’ai jamais dit mais nous sommes immortels («Immortels», compuesta por Dominique A., incluida en un disco póstumo de Alain Bashung).

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