“Hemos perdido una oportunidad histórica” – Brecha digital

“Hemos perdido una oportunidad histórica”

Analista de los movimientos sociales surgidos a comienzos del milenio en América Latina contra el extractivismo, la socióloga y escritora Maristella Svampa dijo a Brecha que la izquierda latinoamericana tuvo una oportunidad única de construir un proyecto distinto, y la desperdició.

¿Qué panorama podemos esperar para la región con los gobiernos de centroizquierda en retirada o golpeados?

—Estamos en una situación de inflexión histórica que combina el agotamiento del progresismo con el fin de ciclo, de cara a la conversión de gobiernos de centroizquierda en populismos de alta intensidad. En Argentina, el nuevo gobierno de Mauricio Macri presenta rupturas pero también continuidades respecto del gobierno saliente. En términos de rupturas, hay que señalar sobre todo las de tipo ideológico: a partir del 10 de diciembre Argentina dejó de ser gobernada por un régimen identificado con un populismo de alta intensidad, asentado en la concentración del poder, en una aceitada comunidad de negocios, en la intolerancia a las disidencias y el hiperliderazgo de Cristina Fernández, para pasar a ser gobernada por una derecha aperturista, de tipo empresarial, una nueva comunidad de negocios que no desprecia el trabajo territorial, pero entiende la política como gestión y como marketing. No creo, sin embargo, que esta ruptura ideológica signifique una vuelta al neoliberalismo de los noventa. Es cierto que es de temer un escenario aun más desigualador en lo social, pero dependerá también de los límites que coloque la sociedad argentina al nuevo gobierno. No por casualidad, Macri parece estar buscando plantarse en un espacio de geometría variable, entre un neodesarrollismo a la Frondizi (presidente argentino entre 1958 y 1962), con menos Estado, pero con obras públicas y un reconocimiento de la importancia de lo social, y un neoliberalismo de tipo aperturista, al estilo del chileno Sebastián Piñera. Cómo se dará ese equilibrio tensional entre uno y otro; cuál de las dos tendencias prevalecerá, todavía no lo sabemos, pero la composición del gabinete económico muestra la presencia de ambas.

¿Qué puede pasar con los cientos de focos de conflicto en todo el país, con las asambleas que resisten la megaminería, los criollos que pelean por sus tierras y contra Monsanto y los agroquímicos?

—Habrá continuidad respecto del extractivismo, la megaminería, el fracking, el acaparamiento de tierras y el agronegocio. Es cierto que la elección de dirigentes de empresas alertó a las poblaciones afectadas, pero esto no significa que coman vidrio respecto del pasado reciente. Después de todo, Miguel Galuccio, el Ceo de la petrolera Ypf, viene de una multinacional casi más importante que la Shell, y el secretario de Minería del kirchnerismo, Jorge Mayoral, tiene empresas proveedoras de la Barrick Gold. El kirchnerismo supo consolidar una poderosa comunidad de negocios, aunque articulara el lenguaje de las mediaciones políticas o contara con el silencio cómplice de sus intelectuales progresistas. Asimismo, hay que recordar que Daniel Scioli fue el primer candidato presidencial en ir a abrazar al gobernador de San Juan luego del derrame de solución cianurada de la Barrick Gold, en setiembre. No creo que en esta arena Macri invente nada que ya no haya hecho el kirchnerismo. Es probable que durante los primeros meses escuche las voces bajas de esas poblaciones. Eso sucede con los pueblos originarios, que en pos de un prometido reconocimiento de sus demandas levantaron un acampe que llevaba casi nueve meses en la avenida 9 de Julio.

¿Hay alguna alternativa política viable, fuerte, frente a lo que suele llamarse saqueo de los recursos naturales?

—Hay organizaciones sociales muy celosas de su autonomía, algo que muchas veces conspira contra la posibilidad de pensar una alternativa política amplia, más allá de los apoyos parciales de ciertos dirigentes de izquierda y centroizquierda. Supongo que se abrirá un espacio más favorable para las izquierdas independientes, que venían muy golpeadas en los últimos tiempos. Es importante que vuelvan a la escena política, por su vínculo con diferentes movimientos sociales. Lo que hay que construir en Argentina, como en otros países de la región, es una izquierda plural, democrática, que tome activamente la crítica al extractivismo y desarrolle lenguajes-puente con las organizaciones sindicales, enclavadas en las grandes urbes. La nueva izquierda es un proyecto a construir, que no sólo exige pensar más allá de los hiperliderazgos y acompañar el necesario reempoderamiento de los movimientos sociales, sino también un profundo cambio cultural acerca de los patrones de producción y de consumo.

En el resto de América Latina, ¿los movimientos sociales ganan fuerza o están perdiendo la batalla? ¿Cuál es el mapa?

—En otros países el escenario de agotamiento y de giro político a la derecha presenta perfiles dramáticos, como en Venezuela y Brasil. Sin embargo, creo que el giro a la derecha es anterior, preanunciado por escenarios nacionales caracterizados por procesos de ajuste económico, por la represión de las disidencias, por la profundización de la corrupción; por la disparatada nube de privilegios en la cual se instalaron estos gobiernos, confundiendo lo público y lo privado y naturalizando su relación con el poder… El ciclo se cierra con un sabor amargo, frente a alternancias necesarias, pero poco deseables, de cara a los gobiernos que vienen. Fueron numerosos los movimientos sociales que se adaptaron a los liderazgos populistas, plebiscitándolos, promoviendo el cierre hegemonista, considerando que la potencia, y por ende la posibilidad de cambio social, no estaba en la capacidad disruptiva de las luchas sino en las decisiones de los líderes. Eso me parece muy grave, y más allá de las diferencias nacionales.

Siento que los latinoamericanos hemos perdido una gran oportunidad de cambio, que se abrió en el año 2000 y tuvo como punto máximo de inflexión el No al Alca, en 2005, hace diez años exactamente, en Mar del Plata, en aquel estadio histórico que reunió movimientos sociales críticos y afines de toda la región, junto con presidentes que en ese momento sostenían un latinoamericanismo consecuente, como Chávez, Lula e incluso Néstor Kirchner. Visto a la distancia, el No al Alca, que tendría que haber sido el punto de partida de construcción de un nuevo regionalismo desafiante, terminó por ser el punto máximo del mismo.

En la región hay una puja entre Estados Unidos y China por los recursos. ¿Cuál sería una política de Estado realista para enfrentar la situación en provecho de América Latina?

—Los cambios geopolíticos de la última década marcan el declive de la primacía hegemónica de Estados Unidos y el ascenso de China como gran potencia global. Luego de 15 años de progresismo, ambas potencias están bien plantadas en América Latina, por la vía de convenios y tratados unilaterales, que profundizan el extractivismo y la reprimarización de las economías. Estados Unidos firmó tratados de libre comercio de forma bilateral con varios países latinoamericanos, y en 2011 se creó un nuevo bloque regional, la Alianza del Pacífico, con la participación de países como Chile, Colombia, Perú y México. El caso de China es aun más paradójico, porque la consolidación de las relaciones asimétricas ha venido de la mano de un discurso que habla de la cooperación Sur-Sur. Y los diferentes países han venido firmando con el gigante asiático de modo unilateral convenios que en muchos casos los comprometen por décadas y que en lugar de afianzar la integración latinoamericana no hacen más que potenciar la competencia entre países exportadores de commmodities. Así, por esas vueltas de la historia, la consolidación de relaciones asimétricas con China se ha tornado evidente al cumplirse los diez años de aquel enterramiento del Alca, que todavía resuena tanto en el imaginario antimperialista latinoamericano. En este marco, habría que darle un verdadero contenido al “regionalismo latinoamericano desafiante” desde los movimientos sociales, pues no creo que esto se busque hacer desde los gobiernos emergentes y sus políticas públicas.

 

 

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