Hilvanando el presente - Semanario Brecha

Hilvanando el presente

Diálogos entre el arte y la academia sobre las desapariciones y el duelo se suscitaron en el final del encuentro. En ese marco, dos artistas ilustraron las conexiones entre el pasado reciente uruguayo y el presente mexicano.

“De la generación de los que vinieron después”, la artista visual Tamara Cubas se presenta como “una de los tantos que arribando a la madurez nos empezamos a preguntar por nuestro pasado: soy de los que hicieron documentales, exposiciones, obras de teatro”, cuenta, en medio de una Sala Maggiolo habitada por antropólogos, arqueólogos y sociólogos que afinan sus oídos habituados a la jerga académica para comenzar a percibir desde el lenguaje del arte. “Con mi hermana empezamos a hacer preguntas sobre nuestro tío desaparecido. En un momento te decís: ‘Yo tengo 35 años y resulta que el que desapareció también tenía 35; si yo tuve toda una vida, él la debe haber tenido también’.”

Pero la generación de los que vinieron antes no lo trae al tío en sus conversaciones de la mesa de domingo, “y qué derecho tienen los que vienen después a desenterrar algunos temas”. Así que Tamara eligió otra forma de acercarse al pasado: desarrolló una serie de dispositivos para trabajar con su padre y sus tíos “y desentrañar qué es lo que se lleva el que desaparece. Son estrategias para trabajar en ese territorio sin ir a buscar los datos concretos, los complejos, porque en el caso de mi familia era una persona que tenía cierto grado de esquizofrenia, entonces todavía persiste en el imaginario que ‘capaz enloqueció, cruzó la frontera y está en no sé dónde’, y hay sensaciones de culpa porque era de los menos implicados, entonces aparece eso de que ‘me venían a buscar a mí pero se lo llevaron a él’. Lo que tratamos de hacer no fue un trabajo historicista sino en el presente sobre aquello que duele”.

Para uno de los ejercicios Tamara recopiló las cartas que los hermanos se enviaron durante la dictadura. Por el exilio, que también fracturó a la familia, el correo era abundante: se quedó entonces con la última carta que había escrito cada uno. “Los cité un día y les pedí que la transcribieran en un gran pizarrón, uno de esos donde se escribe con tiza. En ese ejercicio de volver a escribir hay una adaptación al espacio, hay un cambio de escala y hay que subirse a un banquito, hay que agacharse, hay una acción presente. Como ellos se encontraban solos con esa carta, de repente había cosas que no querían volver a escribir, entonces la editaron. Se relacionaron con ese pasado pero desde el hoy, porque la edición es un acto del presente.”

En otro ejercicio Tamara preguntó a cada hermano qué fue lo que su tío se llevó al desaparecer. El resultado fueron las ideas “¿dónde?”, “inocencia”, “hermano”, “alegría” y “desvelo”, palabras que sobrevivieron luego del trabajo de taller. “Ellos lo tenían que escribir en una pizarra pero además tenían que posar para la foto. Cuando se posa, también hay una acción de configurarse para ser visto.”

Así fue acumulando registros, todavía sin una idea de cómo plasmar ese trabajo. Cargaba con una carpeta con fotos caseras, pero “era imposible hacer una síntesis. Yo estaba trancada porque estaba buscando una lectura y no había narración posible”. Al explorar la carpeta, la curadora Verónica Cordeiro “me dijo: ‘Acá está la obra’. El tema era tan complejo, que lo único que se podía hacer era exponer”.

La muestra, llamada El día más hermoso, se bifurcó en otras.1 Y también, tal vez por la investigación para un documental que realizó su hermana, tal vez por los dispositivos que desarrolló Tamara, después de 35 años los Cubas realizaron por primera vez la denuncia de la desaparición de su hermano.

La obra viajó a México, con el acompañamiento curatorial de Ileana Diéguez, y fue rearmada bajo nuevos énfasis. Renombrada Las formas de la ausencia, llevó consigo una inquietud de su autora: una obra que trabajaba la historia reciente uruguaya, ¿cómo dialogaría con el presente de México, donde las desapariciones ocurren ahora?

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Empezaron a aparecer el jueves y ahora, viernes de tarde, es evidente que no se trata de una ilusión óptica: cada vez hay más pañuelos bordados. Subiendo las escaleras hacia la Sala Maggiolo se ven sobre una baranda, colgados como la ropa mojada que quiere ser secada. Con hilos relatan una desaparición o un asesinato, la fecha, las circunstancias, la última ropa que vistió la víctima, el nombre del que borda esas palabras. Dentro de la sala varios aprenden el oficio. Al principio eran sólo mujeres pero ahora hay hombres que también preguntan por el hilo.

Ileana Diéguez, profesora investigadora de la Universidad Autónoma Metropolitana de México, cuenta sobre Bordados por la Paz: “La idea es poner en el espacio público estos documentos de la barbarie. En rojo se bordaron los nombres de los asesinados, en verde los de los desaparecidos, en morado los feminicidios y en negro los periodistas muertos. Los pañuelos ya no son llevados en la cabeza, como en el caso de las Madres de Plaza de Mayo”, pero sigue siendo “una estrategia de memoria y la inscripción de un dolor que recorre América Latina, que tiene que ver con las estrategias del duelo”.

Entre el relato de diferentes manifestaciones artísticas e intervenciones urbanas, Ileana también habla del alcance de “Relicarios”, obra de una artista colombiana, Erika Diettes, que insumió seis años en una labor que describe como la de una embalsamadora. “Relicarios” resultó una obra “costosísima e imposible de trasladar”, porque está hecha a partir de una sustancia inflamable y está compuesta por 165 cubos de tripolímero de caucho. “‘Relicarios’ es una obra hecha en colaboración con las familias de personas asesinadas, desplazadas o desaparecidas. En cada uno de esos cubos están contenidas prendas, objetos, ropas, documentos que fueron atesorados y donados por los familiares.” Lo interesante “no es sólo la materia que está constituyendo el arte, sino lo que está sucediendo con el arte de hoy: este devenir en un espacio para recordar a los que no están, para llorar la muerte”.

Ileana muestra las obras de Teresa Margolles, una artista que absorbió en mantas la sangre derramada en las calles de Culiacán, Sinaloa y Ciudad Juárez luego de las muertes violentas. La materia del arte parece volverse literal. “El arte está cambiando tanto, que nos saca del lugar de confort de las categorías que nos servían para pensarlo. Es una situación realmente incómoda la que propone este arte”, resume. Walter Benjamin, dice Ileana, hizo “una rotunda analogía entre investigación y excavación, entre tierra y memoria como territorios de vida. (…) En México, excavar es desenterrar. Y es también exhumar para poder enterrar”.

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“Había un video que para nuestro contexto era demasiado dramático, porque nosotros ya tenemos una distancia con los acontecimientos. Pero Ileana dijo que tenía que estar allá, y lo ubicó al lado de la puerta de entrada. Está mi cuerpo y hay una persona en mis piernas que camina por alrededor, el sonido es muy alto, son como disparos, y a la gente le pasaban cosas realmente muy fuertes”, cuenta Tamara sobre la inquietud que llevaba y la impresión que se trajo luego de la exposición de su obra en México.

“La relación de ellos con el cuerpo violentado es tan diaria, tan fuerte… El horror de México es cómo se naturaliza el horror. Entonces, quizás, el video generaba un grado de afección y eso era lo que buscaba Ileana”, cuenta Tamara sobre esa pieza, que no formó parte de la obra expuesta en Uruguay.

Tamara ya había tenido una experiencia con los bordados mexicanos, así que antes de irse les pidió a sus tíos que escribieran y bordaran cartas dirigidas a “la familia mexicana”. Algunas fueron más cortas y otras más largas, al punto de que una de ellas hubo que bordarla en una sábana. La carta era de su tía que vive en Canadá, la bordaron en Montevideo y como no dio el tiempo la terminaron en México. Ileana cuenta ahora que “cuando bordamos la carta de Mirtha no sabíamos lo que estábamos bordando, sólo veíamos avanzar el rojo”.

Para la inauguración, además, dibujaron el mapa de México en un piso de monolítico. La idea era romperlo con las mismas herramientas que los familiares usan para desenterrar los restos de sus desaparecidos. “La gente entró en una especie de cosa colectiva a romper el mapa. En el fondo había un audio de los familiares de los desaparecidos de Ayotzinapa. Y a la entrada el video con mi cuerpo. Fue denso, terminé afectada, porque a mí lo que me afecta es el dolor del otro, no me duele tener un tío desaparecido al que no lo conocí, no es afecto lo que tengo por él”, resume Tamara.

De nuevo en la Sala Maggiolo, la gente sigue bordando y el duelo es motivo de debate. La discusión se inclina hacia la imposibilidad de plantearlo como una categoría universal, concebida en todas partes bajo los mismos parámetros, y parece concluirse que el duelo, lleno de contradicciones, ya fue alcanzado por los familiares que buscan los restos, porque de lo contrario buscarían a su desparecido con vida.

“El pasado debe existir como fuente precursora del presente y del futuro, entonces yo concuerdo con Tamara Cubas en que tratar este tema no es sólo tratar los vestigios del pasado sino cómo ese pasado nos habita, nos invade, cómo vivirlo en el presente”, desliza sobre el final el psicoanalista Marcelo Viñar. “El dolor es una experiencia humana donde germina la creatividad, donde germina la sublimación y la producción de arte”, plantea el psicoanalista, que propone: “Cómo rescatar una palabra creativa que nos permita transformar ese oprobio, ese desastre que hemos vivido, ese es el desafío que necesitamos pensar”.

  1. Una aproximación a la obra puede encontrarse en http://www.perrorabioso.com/eldiamashermosoexposicion#piezas

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