Homenaje

No puede evitarse la sensación de ser “Mis días felices” una de esas películas-homenaje, destinadas a relevar hasta su máxima potencia la capacidad de seducción de un ícono del cine francés como Fanny Ardant.

Les beaux jours. Francia, 2013.

Una vertiente insistente del cine, sobre todo el europeo, ha sido en los últimos años las relaciones entre personas de distintas generaciones. Los ejemplos más simpáticos tienen que ver con lazos de amistad cómplice, basada en descubrimientos mutuos, como en Mis tardes con Margueritte, de Jean Becker, y otros se deslizan directamente hacia las relaciones amorosas, desde la lejana y llena de gracia Amor en la tarde (1957, Billy Wilder) hasta la potente Venus (2006, Roger Michell), con la última –y notable– aparición en el cine de Peter O’Toole. En ambas –como en muchas otras– se trata del amor entre hombres maduros y mujeres jóvenes, y mucho más difícil, al igual que ocurre en la vida real, es cuando se invierte la ecuación. Besos en la frente (Argentina, 2006), que se atrevía a hilar un fino sentimiento amoroso entre la octogenaria China Zorrilla y el veinteañero Leonardo Sbaraglia, parece una apuesta más audaz –aunque menos creíble– que esta película1 sobre las relaciones entre una mujer madura pero no anciana (Fanny Ardant) y un joven de la edad de sus hijas (Laurent Laffite). Ella es una dentista recién jubilada que incursiona en uno de esos establecimientos donde se procura entretener y de paso enseñarles algunas cosas a los veteranos, él es el profesor de informática de la institución. Ella está casada con otro dentista (Patrick Chesnais), y se lleva fantástico con él; su amante es alguien con una intensa vida sexual, que no disimula. Varios pasajes tienen que ver con lo que hacen y piensan una cantidad de personajes mayores, los que pasan su tiempo en la institución llamada como la película, y sus relaciones con el universo más joven, pasajes en ocasiones no exentos de crítica hacia esa suerte de manía de “entretener” a los viejos e introducirlos en técnicas dizque artísticas –al respecto, resalta la escena, casi al comienzo, en la que una profesora intenta someter a Ardant a una especie de desinhibición compulsiva. La directora Marion Vernoux –también coguionista junto a Fanny Chesnel, escritora de la novela base– lleva su película con cuidadoso detalle en registrar gestos y expresiones que, en el caso del romance, descarta lo pasional y más bien parece atenerse al juego, a un cierto instinto realista y algo de picardía, un elegante savoir faire llevado adelante por intérpretes tan rendidores como Laffite y Chesnais, y el divismo calculadamente controlado de Fanny Ardant.

Pese a lo cual no puede evitarse la sensación de ser una de esas películas-homenaje, destinadas a relevar hasta su máxima potencia la capacidad de seducción de un ícono del cine francés como Ardant, lo mismo que se ha hecho hace muy poco para el altar de Catherine Deneuve en una película como Ella se va, de Emmanuelle Bercot. Ellas fueron y serán grandiosas, no importa cuántos años tengan, sugieren películas como estas, que también funcionan como consuelo para todas las “adultas mayores” que, de este lado de la pantalla, puedan sentir, quizá, que tales reivindicaciones puedan ser verdad.

1. Les beaux jours. Francia, 2013.

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