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“Los enemigos del dolor” es la ópera prima del uruguayo Arauco Hernández Holz, más conocido por sus labores fotográficas en películas como “Gigante” o “Norberto apenas tarde”.

"Los enemigos del dolor"

El muchacho alemán que llega al aeropuerto de Carrasco resulta ser un actor de teatro que viene en busca de –o a rescatar a– su novia. Por allí se encuentra con otro hombre –presumiblemente de estas tierras– que parece seguirlo hasta la misma Ciudad Vieja, nocturna y desértica. Allí se les unirá, o poco menos, un tercero, a lo largo de un desarrollo que los llevará por alguna pensión, la rambla céntrica, el complejo Euskal Erría, un templo innominado y un par de lugares aun más indefinidos, recorridos por un puñado de personajes de todo tipo, entre los que se cuentan la chica buscada y ciertos pistoleros dispuestos a disparar sus armas. No se sabe mucho más y, para colmo, ninguna de las siluetas mencionadas logra preocupar a la platea como para esperar que, tarde o temprano, suceda algo de peso, o suponer que el recién llegado consiga hacerse entender, a pesar de su cerrado alemán.

Difícil punto de partida entonces para una película que no hace más que complicarse con lo que sucede a continuación, razones todas como para, en principio, no prestarle mayor atención a esta opera prima del uruguayo Arauco Hernández Holz, más conocido por sus labores fotográficas en películas como Gigante y Norberto apenas tarde. Sin embargo, contra viento y marea y más allá de los límites del borroso guión que él mismo escribiera, el realizador despliega valores formales con una tan meditada correspondencia como para hacer que más de un desprevenido espectador se sienta atraído por un universo coherente que ojalá hubiese venido acompañado por una buena historia. No está de más señalar el aprovechamiento de un Montevideo que Arauco y su fotógrafo, el alemán Thomas Mauch, vuelven solitario, misterioso e inquietante –imposible no incluir aquí a nuestro principal aeropuerto–, adjetivos que también se aplican a la atmósfera que contagia a las escenas de interiores, tan intrigantes como las filmadas al aire libre. A lo largo de ese desfile que el director y sus montajistas, Pablo Riera, Manuel Rilla y Federico Veiroj, desgranan con impecable fluidez, los personajes, habida cuenta de que ni siquiera los protagónicos interpretados por Félix Marchand, Lucio Hernández y Pedro Dalton, por lo que ya se ha dicho, se convierten realmente en personajes, cabe reconocer, sí, que los tres ilustran bien diferenciados tipos humanos, una cualidad que también se advierte en los secundarios. La dirección de arte de Gonzalo Delgado, por su parte, juega asimismo importante papel en el establecimiento de climas que la música compuesta por el nombrado Rilla y Maximiliano Silveira se encarga de complementar con adecuadas resonancias.
En estos tiempos de tanto cine construido a partir de historias que se entienden pero a nadie le importan, así como de otras que debieran importar pero no se entienden, en estos tiempos plagados de tanto cine que rinde tan desmedida pleitesía a las persecuciones de todo tipo de vehículos, las explosiones y los efectos especiales sin ton ni son –todavía no vimos, claro, Rápidos y furiosos 7, ¿siete ya?–, vale la pena quebrar una lanza por Arauco y los suyos, un equipo que, por más que todavía no tuvieron algo para contar, saben contar.

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