“El impulso torvo y el anhelo sagrado”

Cada presente que se fue sucediendo a partir del Moncada y de su extraordinario alegato “La historia me absolverá” borroneó, caricaturizó, enmendó, nutrió y traicionó ese inabarcable retrato de familia, imposibilitando hoy, en la hora del obituario, cualquier síntesis, salvo la que sólo puede ser contradicción y desgarro.

Resumido alrededor de sus ojos, plegado como una grulla de origami, murió Fidel, padre y maestro mágico de tantos. Muchos crecimos con él y con las fotos atroces, que creímos insuperables, de los crímenes de Fulgencio Batista denunciados entonces por la revista Bohemia. Vinieron después los reportajes de Carlos María Gutiérrez en la Sierra Maestra, afianzándose la cercanía familiar de Fidel, de la granjita Siboney, del Moncada, del Granma, de la campaña de alfabetización. Llegaba junto a Fidel Castro un animado panteón –su hermano Raúl, Camilo Cienfuegos, Celia Sánchez, Abel y Haydée Santamaría, Carlos Rafael Rodríguez, Armando Hart, José Antonio Echeverría, Vilma Espín, Alejo Carpentier, Ernest Hemingway, Cabrera Infante, Martínez Villena, Santiago Álvarez, Che Guevara–; entraba con Fidel un vocabulario inolvidable: bohío, piña, ingenio, aguacate, palma real, mambises, mamey, zafra, guagua, asere, qué bolá, chícharos, verde olivo, paredόn, revolución. Con ellos,
la familia era un mundo.

Cada presente que se fue sucediendo a partir del Moncada y de su extraordinario alegato “La historia me absolverá” borro-neó, caricaturizó, enmendó, nutrió y traicionó ese inabarcable retrato de familia, imposibilitando hoy, en la hora del obituario, cualquier síntesis, salvo la que sólo puede ser contradicción y desgarro.

¿Qué hubiera sido de tantos uruguayos llegados a Cuba a partir de 1972, en una ambigua retirada hecha de prosecución de un sueño, de restaño de fuerzas, de puesta a salvo? Entre aquellos que entonces encontramos amparo en Cuba ¿cuántos habríamos corrido la suerte de quienes, tan semejantes a nosotros, murieron en Buenos Aires o en Santiago de Chile? ¿Cuántos desaparecidos más? En esos años de tremenda austeridad material, Cuba tuvo con cientos de uruguayos una generosidad –vivienda, alimentación, salud y, luego, educación universitaria– que Uruguay, con sus cacareados éxitos económicos, no ha tenido con los ex presos de Guantánamo, ni con las familias sirias, ni con los refugiados que llegan hasta aquí.

La gratitud es total y desgarrada. Durante los paseos dominicales por el parque Lenin, los uruguayos que vivíamos a salvo en La Habana –reconocibles a la legua por la desgarbada estampa– ¿habremos sido divisados por el escritor Reynaldo Arenas, entonces perseguido y pasado a la clandestinidad, habitante oculto de las grutas del parque, según lo cuenta en su novela Antes que anochezca? Puede que esa estadía clandestina de Arenas en el parque Lenin sea fábula, pero de dolorosa posibilidad.

Fidel, Cuba y la revolución, unánimemente fotogénicos, dejan una extraordinaria galería de retratos. Entre todas las imágenes recordaré una de Marc Riboud, fotógrafo de Magnum, retratista de Cuba y del mundo, también muerto en 2016 a los 93 años. Se trata de una foto nocturnísima tomada en 1963 dentro de la habitación de un hotel habanero, el Riviera. De los extremos del encuadre viene una luz incandescente de las lámparas portátiles que flanquean un enorme ananá de metal, ubicado en el centro piadoso de la pared del fondo. En diferentes planos compuestos como al descuido, Fidel, de frente, escucha concentrado al periodista Jean Daniel, que da la espalda; entre los dos se ubica el traductor; en una alejada diagonal, un militar ayuda de campo de Fidel dormita recostado en la cama sobre la que está atravesada la esposa de Jean Daniel, boca abajo y descalza, absorta en el diálogo. Un mes antes Jean Daniel había entrevistado a J F Kennedy, asesinado al día siguiente de esa visita nocturna de Fidel al Riviera. Además de estas circunstancias excepcionales, la foto concentra el blanco y negro luminoso de una época, el fino desacartonamiento con el que el mundo se pensaba y se inventaba.

Fabrice del Dongo, el joven héroe stendhaliano que por amor a Bonaparte y para encontrarlo se lanza cuerpo y alma en Waterloo, se preguntará si, realmente, eso que viviό fue una batalla y si ese galope tendido de un séquito de generales fue, efectivamente, el emperador. Una incredulidad comparable permanecerá hasta que, como al antihéroe borgesiano, nos borre la descarga.

Alma Bolón residió en Cuba en los años setenta.

 

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