Instrucciones para levantar del suelo a quien sabe volar – Brecha digital

Instrucciones para levantar del suelo a quien sabe volar

La vida no tiene sentido, dijo a una platea de gestores culturales la gestora Liliana López Borbón, pero podemos involucrar a otros en su búsqueda. Como a esa altura esta colombiana nacionalizada mexicana había despertado más de un aplauso espontáneo, sustituí el mío por una entrevista.

Planteás que fomentar la imaginación es un objetivo de la gestión cultural. ¿Qué pueden imaginar seres humanos sepultados en situaciones límite?

—Tenemos la idea de que imaginamos sólo con el cerebro, en esa dualidad terrible mente/cuerpo que arrastramos hace siglos. No soy bióloga ni neuróloga, pero hoy sabemos que pensamos no sólo con la cabeza sino con el cuerpo, todo el cuerpo. Y si puedes pensar, puedes imaginar. En cuanto a la violencia, cuando ya ha pasado sobre ti lo único que queda es el silencio, la ausencia de palabras, y ahí es fundamental la expresividad que permite la cultura, para romper ese mutismo.

¿Cómo hacés?

—Siempre en equipo. Ahora soy gestora independiente, subrayo esta condición, pero cuando estuve en la dirección de la red de Fábricas de Artes y Oficios, de la ciudad de México, teníamos un centro cultural de 25 mil metros cuadrados, con 2 mil personas asistiendo a sus talleres, y uno de ellos comenzó a llamar la atención. Era un taller de danzas africanas al que concurrían chicas con sus mamás, que sólo iban a acompañarlas y con las que estaban, en general, peleadas. No dábamos teoría de la danza ni nada parecido; con pedagogía freiriana, aprender haciendo, les proveíamos algunas técnicas y ellas iban estructurando su propia forma de bailar. Esa adaptación de la metodología derivó en cierta reinvención de sí mismas, cierto ser “otras” a partir del cuerpo, lo cual, a su vez, permitió sanar el vínculo con sus madres, incluso en sus casas. La violencia nunca te permitirá estar tranquilo, o ser auténtico, pero la cultura puede crear espacios donde intentarlo. Y algo de Perogrullo: en situaciones de guerra y hambre no hay gestión cultural posible.

Reiterá, por favor, la anécdota de la señora que se inscribió en un taller de acrobacia aérea.

—A una de las carpas de circo de las Fábricas de Artes y Oficios llegó un grupo joven de danza aérea, solicitó el espacio, ensayaron meses, fueron a Europa y al regreso nos ofrecieron un taller gratuito de la especialidad, al que esta señora, muy mayor, decidió inscribirse. Hice muchos quilómetros en auto para llegar a donde vivía y preguntarle, amablemente –me daba mucho miedo retarla–, qué estaba pensando cuando tomó la decisión. Me respondió que lo único que necesitaba era que la levantaran cinco centímetros del piso, y ella imaginaba el resto.

Concluido el taller fue a buscar su certificado.

—Sí, porque asistió a todas las clases, a observar. Y en la ceremonia de cierre se llevó a todos sus nietos y les dijo que ella volaba igual que los que estaban allá arriba, pero que ese día no quería porque le dolía la espalda.

SENTIDO DESEO

Te animaste a recordar el sinsentido de la vida.

—Claro, si todo el mundo supiera para qué nació no existirían tantas religiones, dogmas y creencias sobrenaturales. El problema no es filosófico sino práctico, porque ese vacío existencial se llena con consumo, no terminas de comprar esto y ya quieres aquello. Perseguir el sentido está en nuestra naturaleza.

Pero nuestra capacidad de encontrarlo es limitada.

—No lo sé, aprendimos que nacemos, crecemos, nos reproducimos y morimos; en otras versiones reencarnamos (risas), pero, de hecho, nadie sabe para qué.

¿Qué aporta la cultura a ese malestar?

—Construcción de deseo. El siglo XX arranca con un Marx radical, un Nietzsche que mata a Dios y un Freud que nos encerró entre pulsiones; estamos fregados. ¿Te imaginas una vida sometida a perpetuidad al ello, yo y superyó? Entonces, creo que sí podemos construir deseo, porque simplemente, y con razón, a veces no tenemos ganas de vivir. El deseo no es una entelequia, es un proceso que atraviesa fases, una vez tiene que ver con la inserción social, otra con los hijos, otra con el asombro, otra con las ganas de viajar, y así. El arte es un aliado poderoso para trabajar estos tránsitos.

En el caso de personas que nunca estuvieron en contacto con él, además de presentárselo hay que facilitarles instrumentos de apropiación.

—Nuestro cometido es crear espacios imantados por esa posibilidad, no forzar apropiaciones de lo que el gestor cultural dice que es arte. Un colega que visitó el cuadro de la Mona Lisa comentó que era como estar frente al dedo meñique de Dios, y yo, cuando pude vivir esa experiencia, honestamente, pensé: ¿por qué le creí? No es la obra en sí misma lo que importa sino su aptitud para configurar espacios de interacción y producción cultural colectiva.

REFUÉRZAME MÁS

Y cómo distinguís un espacio imantado por la comunidad, del que un gestor decidió imantar.

—El gestor es quien tiene las herramientas, y la responsabilidad, de abonar la tierra; nadie puede desear lo que no conoce. Si voy “desnuda” a preguntarle a la comunidad qué quiere, es obvio que me pedirá el grupo que está sonando en la televisión. Hasta en situaciones bélicas los guerreros, los que deciden matar, temen el poder que tiene la cultura de generar pensamiento crítico.

Hablando de política, en el Interior uruguayo el poder de asignación o negación de recursos de los gobiernos departamentales los vuelve poco menos que propietarios de los territorios culturales, ¿es superable esa tensión?

—Al trabajo hay que hacerlo completo, con todos los interlocutores. La gestión cultural es una profesión dura, porque aspira a una legitimidad que nos saque del lugar de payasos sociales. Nos hemos dejado modelar como “accesorios”, somos los de espectáculos y fiestas o los de los museos y galerías que hablamos en clave de Goethe, incapaces de sostener una conversación con doña Juanita acerca de cómo rellena las empanadas. Debemos reformular no sólo modelos culturales heredados de un continente que, desde La Habana hasta Buenos Aires, pasando por Montevideo, miraba a París, soportó dictaduras y brilla de desconcierto ante el siglo XXI, sino nuestra propia función y autopercepción como gestores. Por suerte el recambio generacional ya asumió estos desafíos y hay cientos de miles de colectivos jóvenes produciendo ideas dinamizadoras.

¿Confiás en que dinamizarán?

—Por supuesto, aunque todavía hay muchas personas, en nuestra agenda cotidiana, que preguntan para qué van a ir a un museo si no saben nada de arte.

El “eso no es para mí” mencionado en el seminario.

—Exacto, a lo que cabría añadir que muchos gestores culturales sienten que son misioneros que salvarán al mundo.

Luis Mardones, gran pensador y activista cultural nuestro, admitió esa vanidad en su conferencia de cierre del seminario.

—Coincidimos, y yo agrego que la cultura no te hace mejor persona, te hace más de lo que ya eres.
1. El Primer Seminario de Gestión Cultural en clave Interinstitucional Territorial Gonzalo Carámbula, organizado por la dirección y equipo responsable de Centros MEC del Ministerio de Educación y Cultura, ocupó espacios culturales montevideanos el 1 y 2 de diciembre de 2015.

2. Liliana López Borbón es consultora en construcción de ciudadanía, políticas culturales, desarrollo institucional y responsabilidad social empresarial, licenciada en comunicación con énfasis en comunicación educativa de la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá, y maestra en comunicación por la Unam. Participa como docente en programas de pregrado y posgrado en gestión cultural en México, Bolivia, España y Argentina, y fue conferencista invitada en Brasil, Colombia, Venezuela, Cuba y República Dominicana.

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