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Algunos sueños locos combinó el alcalde de una pequeña localidad española llamada Navalcarnero. Baltasar Santos, ejerció su cargo durante 20 años, y en 2004 se le ocurrió dotar a su ciudad de enormes cuevas, galerías y frescos que traen escenas de la época de Felipe IV.

El millonario subsuelo de Navalcarnero

Hay sueños locos y sueños calmos, sueños de altura y sueños sumergidos, sueños de futuro y sueños de pasado, sueños gratis y sueños carísimos. Algunos de estos tipos de sueños combinó el alcalde de una pequeña localidad española llamada Navalcarnero. Baltasar Santos, del PP, ejerció su cargo durante 20 años, y en 2004 se le ocurrió dotar a su ciudad de un pasado sumergido y prestigioso. Entonces mandó excavar enormes cuevas a las que adornó con “Vírgenes, columnas de estilos clásicos y efigies de corte medieval (que) sorprenden al forastero durante el paseo por una obra de nuevo cuño”, consigna El País de Madrid. Aunque atacados por grietas debidas a la presencia de agua en las paredes –por falta de ventilación–, hay además frescos que traen escenas de la época de Felipe IV, rey vinculado a Navalcarnero, y que son obra de Alberto Pirrongelli, según El País, el “pintor de cámara –digamos, el Velázquez, ya que de megalomanía se trata– del alcalde Santos.

El jefe municipal aseguró que sus cuevas databan del siglo XVIII, y como confiando en la técnica –que difícilmente podía conocer– de aquellos tiempos, la obra se realizó “a pico y pala y con taladradoras, sin ningún tipo de requisito técnico, dirección de obra, proyecto ni estudio geológico”, continúa el diario madrileño. El eximio técnico que pudo llevar a cabo la faraónica obra no fue ningún ingeniero ni arquitecto sino el fontanero municipal, Cirilo Lucas Sánchez, cuyo protagonismo es reconocido en una losa de granito donde se lee que él es “el alma de este sueño que hace posible que esta arquitectura quede para siempre unida al Navalcarnero eterno de las generaciones venideras”.

Pero además, Baltasar Santos acometió la excavación de galerías –de unos dos quilómetros y medio y hasta en tres niveles de profundidad– para interconectar sus “históricas” cuevas entre sí. Su sucesor en el cargo, José Luis Adell (del Psoe), no sólo denunció al menos cinco derrumbes durante esa excavación y la afectación por esa causa de espacios y edificios públicos y viviendas, sino otras irregularidades, como el desvío de varios millones de euros para financiar el proyecto. Según las revisiones de la nueva administración municipal, una sola empresa proporcionó los ladrillos necesarios para la obra entre 2006 y 2009, y cada ladrillo fue pagado a 81 céntimos más Iva, cuando el precio del mercado era entre 20 y 30 céntimos; ergo, con lo que se compró 3,7 millones de ladrillos se hubiera podido comprar 10 millones de ladrillos. Navalcarnero tiene hoy una deuda de alrededor de 200 millones de euros.

¿Estaban todos dormidos mientras un pasado dieciochesco se gestaba en el subsuelo de Navalcarnero? No, claro que no. En 2011 el Psoe presentó una denuncia y la justicia española ordenó paralizar las obras. Pero, ¿qué es una orden de la justicia frente a un sueño de ese tamaño? Baltasar Santos siguió con las obras como si nada, hasta el final de su mandato. Ahora, acosado por acusaciones de malversación y desvío de fondos, ridiculizado por lo que publican los medios –incluido este artículo–, con el suelo hundiéndose bajo sus pies, y los de otros –literalmente–, Baltasar Santos, quizá tomándose unos vinos con su eximio técnico en catacumbas históricas, el fontanero Cirilo Lucas Sánchez, y su pintor de corte, Alberto Pirrongelli, ese hombre con nombre de rey mago, quizá medite sobre la inutilidad de los sueños. Un Larsen hispánico, que en vez de juntar cadáveres, inventó ruinas.

Amén.

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