Chick Corea (1941-2021)

La alegría de crear

El pianista y compositor estadounidense, una verdadera leyenda del jazz, obtuvo el reconocimiento de la industria (65 nominaciones a los Grammy, 23 estatuillas en su palmarés) y, sobre todo, la admiración, el respeto y el cariño de sus colegas en todas partes del mundo.

Chick Corea en el Das Zelt-Muisk Festival 2019, Alemania. Wikicommons, Ice Boy Tell

Una noche, en algún momento de la primera mitad de los noventa, Chick Corea llamó a mi casa. Mi padre iba a entrevistarlo para anticipar su inminente concierto en el teatro Ópera, de Buenos Aires, en el semanario cultural La Maga. Sonó el teléfono, atendió mi viejo y escuchó una voz que dijo: «Hi, Carlos? I’m Chick Corea». En ese momento Corea ya era un músico consagrado, reconocido, legendario. Lo esperable era que alguien, algún asistente o algún empleado de su compañía discográfica, hiciera la llamada y avisara que, en instantes, mi padre iba a poder hablar con la estrella. Pero no: el propio Corea marcó el número de mi casa. Y, cuando lo escuchó, mi viejo se sorprendió y le salió un «¡Jao!», onomatopeya que sonó a saludo de los sioux. Rápido de reflejos, Corea respondió: «¡Jao!». Fue un pequeño gag, efímero e inolvidable. Parecía que eran dos niños jugando a los indios y los cowboys. Me acordé de eso el jueves 11 de febrero, cuando anunciaron la muerte del pianista, ocurrida, en verdad, un par de días antes, el martes 9. Tenía 79 años y había sufrido un extraño tipo de cáncer, desconocido y fulminante. Creo que, más allá del recuerdo, esa anécdota dice mucho de él, su persona y su humildad como artista.

Corea dejó una carta conmovedora, que corrobora su esencia: «Quiero agradecer a todos aquellos que, a lo largo de mi viaje, han ayudado a que la música se mantenga encendida. Tengo la esperanza de que quienes tienen la sensación de tocar, escribir, actuar lo hagan. Si no es por usted, entonces por el resto de nosotros. No es sólo que el mundo necesita más artistas, también es muy divertido. Y para mis increíbles amigos músicos que han sido como una familia para mí desde que los conozco: ha sido una bendición y un honor aprender y tocar con todos ustedes».

Instrumentista magistral, Armando Anthony Corea empezó a estudiar a los 4 años. El virtuosismo, sin embargo, nunca se impuso a la calidez. Su visión artística tiene dos componentes esenciales: libertad y diversión. «Es necesario eliminar los mitos sobre la composición. Este mito dicta que hay reglas irrefutables e inamovibles, y, en realidad, no es así. Al fin y al cabo, el disfrute de crear cualquier tipo de arte o estética en primer lugar es la libertad individual que cada uno de nosotros tenemos para pensar y crear de la forma que nos plazca», escribió en un texto suyo incluido en el libro Jazz Composer’s Companion, del pianista y acordeonista Gil Goldstein, publicado en 1981. En la misma publicación, aborda el aspecto lúdico: «Como compositor, uno crea juegos, como cuando en la niñez inventamos juegos y las reglas para jugarlos. Cada composición es un juego musical en el que uno decide qué papel tendrá cada participante. Ella hará una cosa, luego él la siguiente, luego en esta sección todos crearemos tal efecto y, luego, haremos esto otro y después iremos aquí y haremos otra cosa, sin ningún otro gran propósito, excepto el de disfrutar del juego».

Los primeros trabajos de Corea, a principios de los sesenta, fueron con dos percusionistas de origen latino: el cubano Mongo Santamaría y el nuyorriqueño Willie Bobo. Eran tiempos de hard bop, y colaboró también con el saxofonista Sonny Stitt, el trompetista Blue Mitchell y el flautista Herbie Mann. El disco que lo instaló en el mapa del jazz fue su segundo opus solista: Now He Sings, Now He Sobs (publicado originalmente por Solid State pero incorporado luego al catálogo de Blue Note Records). Acompañado por el bajista checo Miroslav Vitous y el baterista Roy Jaynes, desplegó sus dotes como pianista y compositor, explorando nuevos horizontes de una formación clásica para el género.

En 1970, Miles Davis lo invitó a sumarse a su grupo. Fueron apenas dos años y medio (gloriosos, en términos del propio Chick), suficientes para aprender y asimilar el legado de un músico por quien Corea sentía una profunda admiración: «Mi papá [que era trompetista de jazz tradicional] y sus amigos lo admiraban y se juntaban a escuchar sus discos. Así escuché todos y cada uno de sus proyectos desde niño». En algunos pasajes del indispensable Bitches Brew (1970), un disco icónico del jazz rock, Miles utiliza a tres tecladistas simultáneamente: Herbie Hancock, Joe Zawinul y Corea. «El Fender Rhodes tiene un sonido único, un sonido que lo identifica. No tiene otro. Chick empezó a tocarlo conmigo. Al principio no quería, pero lo convencí. […] Le fastidiaba que alguien le dijera qué instrumento debía tocar, hasta que se entregó de lleno a ello y, a partir de entonces, no sólo le gustó, sino que afianzó su prestigio tocándolo», recordó Miles en su autobiografía.

Después de la experiencia con Miles y de explorar la música de avant-garde con uno de los emblemas del free jazz, el clarinetista y saxofonista Anthony Braxton, Corea abrazó la cienciología (religión que practicó hasta sus últimos días) y armó uno de los grupos icónicos de los setenta: Return To Forever. La propuesta, a partir de allí, marcó su amplitud estilística, camaleónica, que se volvió su marca de fábrica. Entre el sonido roquero y las atmósferas latinas (allí estaban los brasileños Airto Moreira y Flora Purim), hizo del eclecticismo un rasgo de su personalidad.

Corea entendió el jazz como un lenguaje más que como un género. «En mi experiencia, cuando oyes el sonido saliendo de un instrumento, es 95 por ciento el músico y 5 por ciento el instrumento», contó en un reciente documental. Ya sea con los teclados, los sintetizadores o el piano de cola, impuso su estilo. Grabó un disco formidable con Hancock, armó un dúo irresistible con el vibrafonista Gary Burton, incursionó en el flamenco estableciendo una notable complicidad con Paco de Lucía desde principios de la década del 80 (el guitarrista le dedicó la canción «Chiquito»), jugueteó con el gran cantante Bobby McFerrin e hizo discos de piano solos (de esos que, según Jaime Andrés Monsalve, notable melómano y director musical de la Radio Nacional de Colombia, «dan cuenta de la solidez de su virtuosismo y del terciopelo de su digitación»).

«Me tomó cuatro años pintar como Rafael y toda la vida dibujar como un niño», dijo Pablo Picasso. Corea tenía una conexión con las infancias en muchos sentidos. Allí está la portada de su disco Friends (1978), con una foto de cuatro muñecos de los Pitufos en plena performance jazzística. Allí están sus «Children’s Song», un formato en el que incursionó en Light as a Feather, el disco de Return To Forever.

Para el final, un recuerdo de aquella presentación en Buenos Aires. Corea salió al escenario del teatro Ópera con un mameluco y un plumero, camuflado. Empezó a limpiar el piano, se sentó y jugueteó con las teclas, y, a partir de allí, ofreció un concierto extraordinario, una excursión mágica, plena de sensibilidad, que probablemente haya incluido algunas de sus canciones más emblemáticas, como «La fiesta» y «Armando’s Rhumba». Yo era apenas un adolescente y sólo recuerdo la fascinación de todo el teatro (en la butaca de atrás, gozaba como loco el gran Roberto Fontanarrosa), una fascinación de la que no fui ajeno, desde ya. Y que, por supuesto, celebro haber experimentado.

Netuy marzo21

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