Con la surfista Delfina Morosini

La cancha está viva

Cuando el sábado pasado rondaba el mediodía, éramos muchas las que, nerviosas, mirábamos con admiración y emoción a Delfina Morosini, surfista de 21 años, oriunda de La Paloma, Rocha, que se metía al agua a remar con colegas que tienen más de un campeonato mundial al hombro. Delfina obtuvo el puesto 13 en el Mundial de Surf de El Salvador 2021, organizado por la International Surf Association, compitiendo por la Unión de Surf del Uruguay.

ISA, Pablo Franco

Surfear puede ser pensado como una muestra de fuerza, pero es, en gran parte, una entrega a la fuerza del mar. Una buena surfista muestra la ola y le rinde culto a sus curvas y velocidades, aceptando lo que es mientras todo está, de nuevo, a punto de cambiar. La ola: eso que nunca permanece y, sin embargo, muestra regularidades. Delfina nos cumple el sueño a muchas haciendo un poco más posible y visible un surf de y con mujeres, desde un entendimiento de su práctica como un estilo de vida en vínculo estrecho con la naturaleza. Un deporte de especies en relación, determinado por el movimiento no humano y que compone familias medioambientales. Que el surf propague esta relación de escucha con la fuerza de la naturaleza sería el mayor de los trofeos para Uruguay y el mundo.Duetos espumosos entre mujeres y océano.

—¿Cómo fue la experiencia del mundial y cómo fue el camino que hicieron con la Unión de Surf del Uruguay?

—Fue una energía y una vibra únicas de principio a fin, días largos y agotadores de competencia, alegría y frustración también. Logré ubicarme en el puesto 13 de 121 mujeres, y lograr mi mejor actuación en los mundiales ISA [International Surfing Association]. Perdí el primer Heat de Main Event, lo cual me había dejado un poco triste, porque quedé afuera por 0,40 puntos en los últimos segundos y no pude sacar lo mejor de mí. Por suerte repunté en el repechaje y llegué hasta la ronda 7, compitiendo hasta dos veces por día. La alegría y la emoción que sentimos es algo difícil de poner en palabras. Estoy supercontenta con mi actuación, aun sabiendo que, de haber pasado una batería más, podría haber clasificado a Tokio.

En Uruguay no podemos practicar todos los días, porque no hay olas todos los días. Cuando sabemos que va a haber, intentamos surfear lo más que se pueda, por lo general son entre dos y tres horas. A veces nos pasa que hay una semana sin olas y ahí es mejor hacer un entrenamiento físico fuera del agua para que los escalones que una subió cuando hay olas no se pierdan en ese tiempo que nos quedamos quietos. Es todo muy cambiante y muy dinámico, y eso lo hace bastante especial.

Que Uruguay se posicionara 19 entre 52 países fue una experiencia única, aunque los sentimientos son los mismos, que vuelven siempre con la misma intensidad: son esas ganas de dejarlo todo. A diferencia de otros campeonatos, cuando uno compite por su país, lo hace por un equipo y no únicamente por un nombre. La prioridad es lo colectivo, lo individual es secundario. Además, este mundial era clasificatorio para las próximas olimpiadas, por lo cual se vio un nivel de surfing mucho mayor al que se veía en otros mundiales.

—¿Cuál es la historia de tu relación con el surf?

—Mi historia de encuentro con el surf fue hace ya tiempo, entre mis 6 y 7 años. Se lo debo, en primer lugar, a mi familia y también al hermoso lugar en el que vivo y donde crecí.

Desde la primera vez que probé pararme en la orilla en una tabla, nunca más dejé de hacerlo, de volver una y otra vez. Fue una conexión fuerte, de alegría. Desde chiquita tuve facilidad para practicarlo. Mi madre fue la primera impulsora, la que nos adentró en este ambiente, a mí y a uno de mis hermanos, Francisco, quien es mi gran compañero de agua y uno de mis mayores referentes en Uruguay. Luego mi padrastro, Gastón Scala, guardavidas y gran surfista, fue quien vio nuestro potencial y nos ayudó a desarrollarlo durante muchos años.

—¿Cómo es la experiencia de ser surfista mujer?

Netuy marzo21

—El tema de las mujeres en el surfing es algo que sigue en pleno proceso y que está creciendo exponencialmente, ganando cada vez más su lugar. Hoy en día se ve una cantidad de mujeres impresionante en el agua, cada vez más: madres con sus hijas, niñas chicas, grupos de amigas yendo, motivadas, a surfear. Yo no tuve esa suerte cuando empecé y, de cierta manera y en algunos momentos de mi vida, esto me afectó. Sentí la falta de la compañía femenina para compartir esa pasión y que los planes giraran en torno a las olas. Hasta hace no muchos años atrás, me tiraba al agua y era la única chica de mi edad entre todos los hombres. Era –y en parte sigue siendo– un deporte que, si al ser niña no tenés un impulso en tu familia, alguien que te acompañe, te guíe y motive, se vuelve difícil continuar en el tiempo. Fue esencial tener ese apoyo dentro de mi círculo familiar y social. Es gracias a eso que hoy estoy donde estoy, y estoy superagradecida por cómo se dio.

Pero a nivel competitivo falta mucho. Tenemos muy pocas mujeres que compitan, que se propongan entrenar para conseguir metas deportivas, que persistan y que entrenen con un objetivo, como en otros deportes. Muchas niñas ni siquiera se acercan a los campeonatos, por miedo o vergüenza, y creo que esto es algo que hay que cambiar desde arriba, dándoles incentivos y acompañamiento. Por suerte, vuelvo a decir que está cambiando y se están incorporando de a poco, queriendo ser surfistas profesionales y creciendo sin la idea de que es un deporte mayormente masculino. El surf se está convirtiendo en un deporte muy popular, tanto en nuestro país como a nivel mundial, y estas ideas diferenciales con respecto al género están desapareciendo para nuestras nuevas generaciones. De mi parte, intento ser un incentivo y poder aportar todo lo que pueda para estas pequeñas surfistas y ser una referente para el surfing femenino.

Doy clases de surfing en verano con mi hermano y tenemos una gran cantidad de niñas con ganas de surfear, motivadas, que se les nota en las caras cuando corren sus primeras olas largas y tienen la misma oportunidad que tuvimos nosotros. Ojalá se les empiece a dar la importancia que merecen.

—¿Qué saberes y aprendizajes te has encontrado en la práctica del surf?

—El surfing me ha enseñado a disfrutar la vida, a disfrutar el presente, a disfrutar las cosas más simples. También a conocer ciertas capacidades personales, a vivir una vida sana, pero, sobre todo, me ha enseñado que las cosas que más nos llenan y nos hacen felices no se pueden comprar con nada. Ojalá pueda seguir haciéndolo siempre, hasta que mi cuerpo me diga basta.

El surfista tiende a acomodar su vida para poder practicar este deporte porque, a diferencia de otros deportes en los que vos te fijás un horario y vas a entrenar, el mar es totalmente cambiante, la cancha está viva. Así como hay olas a las 8 de la mañana, porque el viento está tranquilo, puede que al otro día las olas sean de tarde, puede que un día no haya olas, que al otro día el panorama sea bueno. El surfing se torna un estilo de vida ligado a la naturaleza; no es solo un deporte. Eso te hace acomodar tu rutina, que depende mucho de lo que está pasando en el ambiente. Depende de las condiciones de los mares, los vientos, las tormentas, las temperaturas, la cantidad de horas que vas a poder entrenar. Te enseña mucho a respetar la naturaleza, a entenderla, a comprender que no podés ir contra ella, sino con ella, y que hay cosas que están fuera de tu control. Hay que entender eso para no frustrarse, poder fluir y sacar lo mejor de cada día. También te enseña a cuidar la naturaleza, a respetar el ambiente en el que vivís, a concientizarte mucho sobre el mar, sobre nuestra huella en este planeta.

Tiene que ver con valorar el lugar donde vivimos y sacar provecho de algo que tenemos a la mano, que es gratis, que te lo da la naturaleza. Todos esos factores hacen del surf algo tan cautivante y atrapante que, una vez que te agarra, no te suelta más. Es un deporte supercompleto a nivel físico y psicológico: ojalá pueda llegar a muchos más niños y jóvenes de Uruguay.

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