La caridad en tiempo de migrantes

En Weston-super-Mare, un pueblito en la costa sur de Inglaterra, abrió sus puertas Dismaland, un distópico parque de diversiones imaginado por el archifamoso y misterioso artista contemporáneo Banksy.

Dismaland

Pensado como un reverso de Disneyworld, el parque creado por Banksy con colaboración de otros 58 artistas invitados (entre ellos Damien Hirst y la estadounidense Jenny Holzer) es un viaje a las pesadillas del mundo actual. El éxito de convocatoria ha sido grande, y por tres euros se accede a transitar por un escenario de fin del mundo, entre ruinas y charcos, guiados por personajes un poco siniestros, munidos de globos negros. Varios videos en Internet permiten hacerse desde aquí una idea de cómo es esta genial metáfora de la realidad más oscura. Entre otras escenas está la de una carroza volcada, donde los caballos están patas arriba y de una ventanilla asoma exangüe el cadáver de Cenicienta, mientras un montón de paparazzis le toman fotos. Uno de los juegos más impresionantes es un recorrido a la manera de los barcos piratas de Disney, pero que tiene por escena el Mediterráneo, donde hay que driblear entre embarcaciones cargadas de inmigrantes y evitar los cadáveres que flotan entre la niebla. El tétrico juego no puede ser más real en una Europa que no sabe qué hacer con esa desesperada marea de inmigrantes que huye de la guerra o el hambre.

También al sur de Inglaterra, sólo que al este, en los alrededores del túnel que une a las islas británicas con Francia, se viven escenas que bien podrían integrar el paisaje siniestro de Banksy. Los inmigrantes que intentan llegar a Inglaterra esperan su oportunidad en las calles de Calais y en un campo atestado de gente. Ya hay traficantes que les cobran sólo por llevarlos a algún lugar donde intentar treparse a un camión que atravesará el túnel bajo el Canal de la Mancha. Así llegó desde Siria Sayid, un joven de 20 años que, tratando de unirse a su hermano en Londres, viajó primero a Egipto y luego en un pesquero a Lampedusa, desde donde pasó a Francia. Un itinerario y una historia comunes para miles de migrantes, y un problema para las ciudades que reciben esos fantasmas desesperados.

Es sabido que esta invasión silenciosa ha despertado algunos de los instintos más reaccionarios. En Calais ya existe el movimiento Sauvons Calais (Salvemos a Calais), promovido por el nacionalismo más recalcitrante. Por eso a Sayid no le sorprendió que muchos le cerrasen la puerta en la cara cuando desesperado empezó a tocar puertas pidiendo algo de comer. Una de las puertas, sin embargo, se abrió. Una maestra, llamada Linda, entendió que pedía comida y le hizo un sándwich. Su familia alimentó a Sayid durante meses, primero en la calle, después en su mesa. Cuando se fueron de vacaciones decidieron que si en octubre el joven seguía todavía en Calais le harían espacio en su casa para protegerlo del frío. “Porque tuve hambre y me diste de comer, tuve frío y me abrigaste”, las palabras del evangelio que no citan quienes defienden los valores del Occidente cristiano, tampoco son recitadas por esta familia que las ejercita con naturalidad. “Era lo que había que hacer, simplemente, no lo pensé mucho”, declaró la maestra a The Guardian, que dedicó sus primeras páginas a esta historia simple.

No fue enteramente un cuento de hadas, hubo algunos desentendimientos, como cuando Sayid aconsejó a la hija del matrimonio que se cubriese la cabeza y no saliese sola. “Tuve que explicarle que ésta es una cultura secular y las mujeres tenían los mismos derechos que los varones”, explica la maestra. Nació una amistad, también cocinaron juntos y bailaron al son de música siria. Cada noche Sayid intentaba cruzar la frontera. Una noche ya no volvió. Había logrado cruzar a Inglaterra. Allí lo contactó The Guardian, para saber que no encontró a su hermano y que enfrenta problemas con Migración. Como tantos. Lo que parece una decisión singular, deliberada y feliz, fue haberle dado la tapa al gesto de esa maestra y su familia.

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