La comedia es asunto serio

Para Jorge Denevi, director de “Miedos privados en lugares públicos” cuyo estreno tiene lugar mañana en el Anglo, la comedia es el género en el que se siente más cómodo.

Se sabe que el británico Alan Ayckbourn, autor de comedias tan recordables como Qué absurda es la gente absurda, Pantuflas y Cómo la hace la otra mitad ha manifestado que siempre se siente atraído por la idea de hacer convivir la comedia con la tragedia, una combinación que varios dramaturgos clásicos de renombre dominaban con naturalidad. Por lo pronto, para Jorge Denevi, director de Miedos privados en lugares públicos, de Ayckbourn, cuyo estreno tiene lugar mañana en el Anglo, la comedia es el género en el que se siente más cómodo.

“Es mi lenguaje”, sostiene, y la mayor parte de su carrera da prueba de ello. “Las buenas comedias, las realmente exitosas, nunca son piezas triviales y vacías. Eso es lo que encuentro en Ayckbourn. Es el autor que me hace sentir representado. Me gustaría escribir como él, lo siento cercano a todo lo que yo pienso. Es un gran observador de las conductas humanas. Yo me paso observando a todo el mundo y siento que Ayckbourn observa las mismas cosas que yo.”

No es extraño entonces que Denevi se reencuentre mañana con ese comediógrafo que tantas veces ha llevado a escena y con quien mantiene frecuente correspondencia. Lo hará por medio de los personajes que interpretan Pepe Vázquez, Julio Calcagno, María Mendive, Ileana López, Mariana Lobo y Emilio Pigot en un texto que sigue los pasos de dos parejas –no demasiado parejas, claro– y otro par de siluetas que revelan los desencuentros y, en definitiva, la soledad de cualquiera de nosotros en una gran ciudad. “Es el elenco ideal, lo que yo quería, el casting perfecto”, asegura quien no duda en afirmar que lo más importante en un director es la comunicación que logra con sus actores, una tarea que no consiste en explicarles el texto hasta el hartazgo sino en saber establecer sutiles líneas de comunicación. “Con unos hablás poco, con otros mucho, los escuchás pero también aprendés a leerles la mente, y así largás lo que te parece que necesitan” hasta lograr un núcleo sólido, “una especie de familia artística”. La idea de equipo trae a la mente una comparación con el fútbol, un deporte que tampoco descarta la sensibilidad de cada jugador. “Saber tratar a cada uno de los actores es una especie de ciencia que no muchos dominan, y si no lo lográs, estás perdido.” Lo asegura un director que no duda en admitir que, más allá de la probable concepción del espectáculo terminado que tenga quien lo lleva adelante, hay que dejarse cambiar por el actor, por lo que éste sugiera o aporte, a veces casi sin pensarlo. “Y ser un buen director es también conseguir que el elenco tenga muchas ganas de venir al día siguiente”, reflexiona quien, en la presente oportunidad, piensa que la risa del espectador va a surgir en diversos momentos de una comedia que en Inglaterra y Nueva York fue catalogada de triste, ya que descubre rasgos de soledad, de incomunicación, de descreimiento en la familia, de sordidez. “Me reí mucho –confesó una espectadora–, pero no me doy cuenta de qué me reí.”

Por lo pronto, la obra de Ayckbourn propone una cincuentena de escenas –“como en el cine de Preston Sturges o de Lubitsch, que siempre me gusta volver a ver”, comenta Denevi–, “las cuales, al final, hacen que lo que sale sea como una película. Es que la acción transcurre en un bar, un par de apartamentos, una inmobiliaria, una cocina…”. De ahí la importancia que el director confiere a sus colaboradores, como es el caso de la escenógrafa Carolina Suárez, reciente egresada de la Emad y el iluminador Eduardo Guerrero, habida cuenta de la banda sonora seleccionada por él mismo en la que asoman los toques del guitarrista Django Reinhardt, el francés Sidney Bechet y la trompeta de Chet Baker. “Me salió una película a lo Woody Allen”, confiesa. Una película cuya respiración corre los debidos riesgos de transitar de una escena a otra sin que la anterior ejerza una influencia sobre la que le sigue. El maestro francés Alain Resnais quizás sintió algo similar cuando hace unos años la llevara a la pantalla con el título de Coeurs. “Pero a Resnais, a quien admiro, le salió algo muy serio –confiesa Denevi–, quizás porque es francés y tiene su propio estilo. De cualquier manera, yo me sentí todo el tiempo como filmando una película. Se lo digo a todo el mundo: yo me hubiera dedicado al cine. Antes no era nada fácil y por ahí apareció el teatro. Acá se juntan.”

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