La constante amenaza del golpe brasileño

Su majestad Jair I

En el Día de la Independencia y con libreto trumpista, Bolsonaro volvió a considerarse por encima de la ley y radicalizó su amenaza a las instituciones. Las encuestas siguen en su contra.

Jair Bolsonaro saluda, entre sus simpatizantes, en la marcha realizada en el Día de la Independencia de Brasil, en la ciudad de San Pablo, el 7 de setiembre Afp, Miguel Schincariol

El escenario es como se ve desde afuera: caótico. Los precios aumentan sin parar, la gasolina y la tarifa de luz subieron más del 50 por ciento, y aumentaron el gas de cocina y los alimentos. El desempleo sigue altísimo y el rechazo a Bolsonaro ya pasa el 60 por ciento, según las últimas encuestas. En este escenario, acorralado, el presidente intentó, una vez más, poner en práctica su estrategia más corriente: partir al ataque. Se jugó el todo por el todo, y para eso eligió el Día de la Independencia, el 7 de setiembre. Con ayuda y financiamiento de empresarios y estancieros, y con la máquina estatal a su servicio, organizó actos masivos en varios puntos del país, en los que agitó a su base más radical.

El propio Bolsonaro participó de los dos actos más numerosos, Brasilia y San Pablo. En ambos discursos repitió su conocido repertorio. Se autodeclaró «portavoz del pueblo brasileño» y dijo que «solo Dios lo saca de Brasilia», porque él sale de la presidencia «muerto, preso o victorioso: mi vida pertenece a Dios, pero la victoria, a todos nosotros». Pero, luego, en la Avenida Paulista juró que nunca irá preso. Insistió en que el sistema electoral es una «farsa que no ofrece ninguna seguridad» y atacó directamente al ministro Alexandre de Moraes, del Supremo Tribunal Federal (STF), al que llamó canalla, y advirtió que no cumplirá ninguna de sus decisiones. Ni una palabra sobre el hambre, la pandemia, la crisis económica, el aumento de los precios o el desempleo.

BOLSONARO, LA VÍCTIMA

«El balance del día es que las manifestaciones estuvieron por debajo de lo que las redes bolsonaristas esperaban. Habían difundido la idea del día D, de que los camioneros iban a parar, de que las manifestaciones serían gigantescas y desembocarían en un movimiento para destituir a los miembros del STF, o sea, que el golpe estaba ahí», dice a Brecha Marta Arretche, profesora titular del Departamento de Ciencias Políticas de la Universidad de San Pablo. Sin embargo, lo más importante, afirma Arretche, es que Bolsonaro explicitó y confirmó su estrategia: «Anticipa que tiene muchas chances de perder la elección y por eso la deslegitima desde ya. Ya tiene preparada una narrativa para un golpe: el Poder Judicial está violando la Constitución, lo persigue, le impide gobernar y es una amenaza a la libertad, y para garantizar esa libertad hay que dar incluso la vida. Es gravísimo que el presidente diga que no acatará ninguna decisión judicial, pero esa narrativa suena creíble para sus bases y las enciende».

El nuevo objetivo presidencial, De Moraes, además de liderar hoy las investigaciones sobre noticias falsas y organización de actos antidemocráticos, será el año que viene presidente del Tribunal Superior Electoral y quien supervisará las elecciones presidenciales. Atacarlo y apostar a la ruptura institucional puede aparecer como el único camino para el presidente, quien aparece aislado institucionalmente y se muestra incapaz de gestionar.

LA AMENAZA

En un editorial publicado luego de los actos, Folha de São Paulo afirmó: «Las protestas del 7 de setiembre mostraron a un Jair Bolsonaro cada vez más preso de su bloque de fanáticos y aislado de la institucionalidad y de la mayoría de la población. El mito, como es llamado por sus aduladores, se hunde en la caverna de la inviabilidad política». Para Arretche, Bolsonaro «dio un paso más en dirección a su aislamiento político y, desde el punto de vista electoral, su situación tiende a complicarse: el único camino que le queda es el de la agitación».

En esa agitación viven sus esperanzas: «Como movilizador de masas, como líder de movimiento, que es a lo que él se dedica con más ahínco, Bolsonaro no está muerto de ninguna manera. Y lo peor: es muy probable que todavía no haya puesto en marcha todos sus recursos. En la hipótesis de que sea destituido del gobierno o que pierda la elección, como líder de un movimiento todavía puede tener mucho camino a recorrer y el bolsonarismo tiene mucho aire». En las manifestaciones a su favor se leyeron innumerables pancartas en inglés, lo que recordó la frustrada toma del capitolio por seguidores trumpistas, una escena con la que Bolsonaro ya amenazó, en enero de este año, que podría repetirse y de forma «peor» en Brasil el próximo año si no se aprueba el voto impreso. Bravuconada o no, el martes el presidente demostró que tiene una base de seguidores fieles dispuestos a acompañarlo en su aventura golpista y dejó en claro que, a partir de ahora, su única opción es el all in.

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