La crueldad dentro y fuera de la pantalla

Balance del 70º Festival de Cannes

Para quienes pensaban que esa vampirización de energía que comienza a ejercer Cannes sobre el cronista de la prensa nomás llegar al aeropuerto de Niza no podía ascender a nuevos estadios de presión, aquí tienen la respuesta. Cannes, en su 70ª edición, es la historia de un salto cualitativo en el empeoramiento de las condiciones de trabajo de quienes hacen cada día largas filas ante las proyecciones, que en el caso de los más estajanovistas pueden ser hasta seis por jornada. Las medidas de seguridad sufrieron este año un no va más en lo que se refiere a controles: la aparición de unos detectores de metal en los dinteles de las salas Lumière y Debussy generaron un predecible caos en la primera mañana, cuando los acreditados aún no habían interiorizado que las monedas, los relojes o las llaves del apartamento debían ser apartados, las botellas de agua puestas en la basura, y los croissants devorados antes de acceder a este control que provocó lo inau­dito en Cannes: retraso en muchas de las proyecciones, en lo que era antes un mecanismo infalible de relojería. Y, como consecuencia de este estado de sitio, de tanta visible presencia militar y policial en las calles anexas al Palais, una psicosis colectiva terminaba por taladrar el inconsciente hasta del espectador más ajeno a esas amenazas a la seguridad que se hicieron brutalmente visibles en el atentado terrorista que en la primera semana del festival sacudió a Manchester. Como exponente de esa tensión ambiental, la aparición en la sala Debussy, el primer domingo –antes de la proyección vespertina del filme en concurso Le redoutable–, de una sospechosa mochila llevó a desalojar las instalaciones del Palais y a ordenar el alejamiento de las largas colas de prensa acreditada de las inmediaciones de la sala. Para mayor ironía, en esos instantes dentro de la sala se encontraba Clint Eastwood presentando una restauración de Sin perdón. Para aligerar la inquietud general, bromas sobre la oportunidad de la presencia de Eastwood –o Harry Callaghan– para desactivar la indeseable bomba.

Bienvenidos a Cannes, edición número 70.

Se exhibía un filme sobre Godard, en el cual se narraban aquellos momentos de la edición de 1968 cuando los directores se colgaban de las cortinas para evitar la proyección de sus propias películas y lograr la consecuente suspensión del festival. Para quienes hayan vivido aquella edición y hayan asistido a la presente, 49 años después, esto será un “Bienvenidos a la distopia universal”.

Luego de 11 días de competición, y más allá de la inmersión en este cruce de Orwell, J G Ballard y Don de Lillo, los críticos del mundo entero hacen sus balances. Cerrada ya la discusión sobre el tema de Netflix,1 con su caballo de Troya ocupado por las películas del coreano Bong Joon Ho y el estadounidense Noah Baumbach, y toda la publicidad gratuita por la torpeza del festival gestionando el tema, los de la plataforma de televisión estarán felices a pesar de haberse ido a casa con las manos vacías.

Por otra parte, a estas alturas ya se ha hecho la digestión de esa Palma de Oro por sorpresa a la deficiente The Square, del sueco Ruben Östlund. En general, pocos han quedado conformes con la selección de este año, y menos aún con los premiados. The New York Times resumió bastante atinadamente la decepción que flotaba en el ambiente: “La elección de los filmes premiados resume lo que ha sido en general un festival decepcionante, caracterizado por una competencia de bajo nivel que falla por los autores reverenciados y por películas que han sido terminadas a toda prisa para entrar en la selección”. En efecto, la misma Palma de Oro fue seleccionada a última hora, a dos semanas del comienzo, después de que Östlund y su productor se aviniesen a recortar el metraje original de The Square, que era de más de tres horas antes de que las presiones llevasen a que viésemos esta versión de algo menos de dos horas y media en la que se perciben los desequilibrios derivados de las amputaciones. También casi para el foto-finish llegó el filme de la escocesa Lynne Ramsay You Were Never Really Here, tan in extremis que se proyectó sin los créditos finales.

Se le reprocha al festival además que la mayoría de los filmes presentados en la competencia evitaron comentar abiertamente los temas de actualidad. Aunque no es del todo así. Lo que sí sucedió fue que, de las películas que abordan situaciones políticas candentes, sólo la rusa Loveless, de Andrei Zvyagintsev, tiene fuerza en su denuncia de la Rusia de Putin como un Estado fallido. Es más que lamentable el acercamiento del ucraniano Sergei Loznitsa a esa misma Rusia, en su obra, que es cine que inyecta el odio y el resentimiento desde la perspectiva de un radical ultraderechista de Ucrania.

Por su parte, la película In the Fade, del alemán Fatih Akin, no puede verse sino como una inaudita apología de la justicia por mano propia, de la venganza en caliente frente a la amenaza terrorista, que reduce esta compleja cuestión a una trama de revenge en la que Diane Kruger –que fue galardonada con el premio a mejor actriz– se podría solapar sin esfuerzo alguno con el Charles Bronson de aquellos thrillers de los años setenta. Pero allí no se termina la cosa, porque entre los filmes en competencia estaban también los poco éticos y nada graciosos disparates del húngaro Mundruczko al mezclar a los refugiados sirios con el terrorismo, la religión y la violencia policial en la estulta Jupiter’s Moon.

La realidad es que, así se tratara de cine de dudoso compromiso o de nombres pertenecientes a la discutible política de autores de Cannes –que lleva al festival a programar a Michael Haneke, Michel Franco, Michel Hazanavicius, Todd Haynes o Andrei Zvyagintsev sin fijarse siquiera si el filme que presentan lo merece–, los días en el balneario francés se sucedieron con la creciente sensación de que todos los esfuerzos para llegar a cada proyección habían sido en vano y que en ese paisaje de mar azul y sol inmenso quizás hubiera sido más sabio entregarse al hedonismo y cambiar la acreditación por el traje de baño. Lo malo es que siempre queda la esperanza de que el festival repunte, de que los grandes nombres traerán al fin películas que actúen como revulsivo.

Tal vez lo que más acierto a lamentar de esta edición fue que Loveless no haya recibido la Palma de Oro. El filme constituye una impresionante instantánea de una Rusia contemporánea en un drama familiar que se pretende universal: Aliocha, confrontado en el crepúsculo de su infancia con la separación de sus padres, asiste sin que éstos lo sepan a una conversación entre ellos en donde ambos dejan claro que no quieren tener la custodia del niño una vez recomenzadas sus vidas. A partir de allí el director construye un thriller magnético, implacable en su crueldad, en su singular pero acertado retrato de la sociedad rusa en el contexto de la situación internacional vista a través del enfoque de los medios de comunicación rusos. El filme recibió apenas el premio del jurado, lo que revela que al menos estuvo en la discusión, pero las decisiones democráticas a veces no son las más acertadas. Y a eso mismo fue a lo que se acogió el presidente del jurado, Pedro Almodóvar, quien apostaba de manera nítida por 120 pulsaciones por minuto, del francés Robin Campillo, y por The Beguiled, de Sofia Coppola, que tuvieron que conformarse con el Gran Premio del Jurado y el de mejor directora, lo que viene a significar la plata y el bronce.

Lo cierto es que la Palma de Oro a Östlund por The Square, sin dudas lo más discutido del palmarés, resulta por lo menos sorprendente. El filme, larguísimo, compuesto de sainetes entre el humor gélido y absurdo y el cinismo, narra las desventuras de un director de museo de arte contemporáneo en Estocolmo. Mucho más cine había en su anterior Force majeure: la traición del instinto, en donde demostraba su talento para instalar situaciones sumamente incómodas, que en esta última no hacen sino expulsar al espectador.

Por otra parte, y para muchos, Cannes es más Cannes que nunca cuando sus proyecciones encadenan películas-evento, esas que generan bronca y discrepancia. De eso hubo mucho el año pasado con las obras de Assayas, Dolan, Winding Refn o Dumont. Este mayo el espacio para la gran controversia lo acaparó el cine de la crueldad, el que expone al espectador a situaciones límite que lo extraen de lo que está de moda llamar “su zona de confort”. Y de ese cine nos quedamos con el del griego Yorgos Lanthimos, quien con The Killing of a Sacred Deer continúa su cirugía de precisión de la –terrible– sociedad burguesa europea. Con esta película el autor de Langosta sólo obtuvo el premio –y compartido– al mejor guión. Muy poca cosa para un festival con tan pocos argumentos en su 70º aniversario.

Ya se sabe, el relato general, ese guión no escrito que va conformando la ilación de 11 días, uno a uno, película a película, y que escribe el relato-río de cada edición de Cannes, nos ha dejado este año casi sin corrientes de cine vivo, resignados a breves marejadas que se agotaban en sí mismas.

 

  1. La discusión se centró en el hecho de que ninguna de las dos películas producidas por Netflix (Okja, de Bong Joon Ho, y The Meyerowitz Stories, de Noah Baumbach) exhibidas en competencia en el festival se verán en los cines franceses, sino sólo a través del servicio de streaming. Netflix y el festival se pelearon, el público abucheó el logo del gigante de la exhibición por Internet; Almodóvar, que presidía el jurado, dijo que ninguna película debía verse en una pantalla más chica que la silla donde uno está sentado. El festival cambió su reglamento para que en el futuro ninguna película que no sea exhibida en cines pueda entrar en la competencia del festival, y el Ceo de Netflix hizo su negocio y se limitó a decir al mejor estilo Dylan que “los tiempos están cambiando”, sin privarse de afirmar que Cannes es el establishment y Net­flix, los insurgentes.

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