La diosa impura - Semanario Brecha

La diosa impura

Isabel “Coca” Sarli (1929-2019).

Isabel Sarli en El trueno entre las hojas / Foto: s/d de autor

Diva de su tiempo, ícono sexual, protagonista de un cine único: el adiós a una mujer libre.

La Isabel Sarli que en junio de 1956 conoció al director –y amor de su vida– Armando Bó había estudiado hasta la secundaria y después había hecho un secretariado. Pero trabajaba de modelo; su cuerpo voluptuoso permitía compararla con las grandes mujeres italianas del momento: Sofía Loren y Gina Lollobrigida. Incluso había conocido a Juan Domingo Perón, quien pidió saludarla cuando la eligieron Miss Argentina, en 1955.

Armando, que tenía un enorme olfato comercial, presintió que había un lugar posible para el cine erótico en la pacata sociedad argentina y encontró en Isabel una cómplice. Al decir del crítico Fernando Martín Peña, “ya estaban los suecos, que se atrevían a mostrar algún desnudo”, pero en el cine latinoamericano fue ella la que se metió en la fantasía de miles de hombres y mujeres al mostrar, por primera vez, el cuerpo desvestido de una argentina en la pantalla grande. Y qué cuerpo, y qué pelo, y qué ojos. Las curvas –esa redondez que después se vería exiliada del cine por décadas anoréxicas de triste flacura– encontraron en ella su exponente máximo. La Coca Sarli era, justamente y sobre todo, un cuerpo hermoso, pero cualquier persona sensible sabe que no se trata sólo de eso: siempre hay un alma que queda al descubierto y una verdad profunda que se revela frente a la cámara. Y aunque ella no había estudiado actuación ni era una gran intérprete, su presencia y exquisita intensidad alcanzaban para dar verosimilitud a universos que llegaban a un nivel de delirio y surrealismo impensables para el cine de su tiempo.

Armando Bó e Isabel Sarli fueron, ante todo, socios. No es cierto que ella se dejara explotar: recibía el 50 por ciento de todas las ganancias, era dueña de la mitad de la productora y llevaba los números de la empresa. Incluso después de la muerte de Bó se las arregló para cuidar su imagen y cobrar por todos los usos que se hicieron de su nombre y de sus fotografías. No se pensaba como una artista, pero lo cierto es que no hay figura del cine argentino que haya sido más famosa y popular: se hizo conocida en toda América Latina, en Europa, hasta en Japón. Como las películas de Armando Bó fueron censuradas –hay un precioso documental que recupera esas escenas cortadas, se llama Carne sobre carne y es del director Diego Curubeto–, se veían más en el exterior que en su propio país. Aquí en Uruguay, donde fue espectacularmente famosa, recuerdo, ya entrados los ochenta, crecer escuchando aquella frase legendaria que, tristemente, se decía como un chiste en cualquier situación: “¿Qué pretende de mí?”

Al ver sus películas con detenimiento es notoria su complicidad a la hora de participar. A pesar de algunas escenas arriesgadas en las que es clara la exigencia física, la cámara nunca parece dominarla ni deja en evidencia que está cumpliendo órdenes estrictas: la sensación es que quien filma está terriblemente fascinado y la sigue y la sigue con una especie de bronca enamorada, con una pasión demencial que se arriesga hasta llegar al paroxismo del exceso. Es evidente que el vínculo entre Armando y la Coca era genuino, y hondo y extremo, porque nadie puede ser obligada a mirar y a hablar (o a caminar o nadar o cabalgar) de esa forma. Pero, sin embargo, la desigualdad en la representación del deseo es tremenda, y desde la perspectiva de género se hace difícil disfrutar de esa libertad, de esa apertura de los tabúes que un cine así significaba –y significa aún hoy, pero no tanto por las referencias sexuales, sino por el maravilloso y libertario uso del camp y del kitsch–. El problema es ver a esa mujer tan infernalmente poderosa pasar de mano en mano, de hombre en hombre, de otro en otro, siempre a merced de una mirada que no es la suya, siempre representada como algo “a desear”, mucho más que como alguien que desea. No hay igualdad posible ahí; a pesar del surrealismo, a pesar de la locura de un cine imprevisible, auténtico y original, los personajes que la Coca interpreta sólo están mostrados de una manera: no hay lugar posible para su placer, para pensarla como sujeto. Lo que prima –más allá de que haya mujeres que puedan identificarse con eso, y que incluso haya lesbianismo explícito en algunas de sus películas– es la representación del deseo masculino, porque en estas películas el deseo sexual masculino es el único legitimado, el único modo posible –y excesivo, y perverso– de desear.

Pero la Coca se divertía, y en muchísimas escenas logra una belleza lúdica, acentuada por el gusto y el uso que Armando Bó hacía de la naturaleza como fondo paradisíaco. Su felicidad es contagiosa: en ese sentido, la escena del primer desnudo en el río es conmovedora. Así que verla jugar con su cuerpo, en plena conciencia de lo que provocaba, todavía es un milagro de libertad y alegría. Su emocionalidad y su vocación melodramática están muy lejos de las mujeres-objeto que aparecerían en los ochenta, ya muchísimo más desdibujadas en la figura de vedettes que apenas tenían nombre. Ella siempre fue la Coca Sarli y así quedará en la historia, con su belleza desmesurada y su valentía para ser ella misma y bancarse la mirada acusatoria del mundo entero; esa valentía única que la hará vivir joven para siempre en la memoria del cine.

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