La escritura desde el grito - Semanario Brecha
Libro. Literatura, deseo y existencia

La escritura desde el grito

Parestesia, de Lorena Spatakis. Fin de Siglo, Montevideo, 2022. 81 págs.

En el Museo Nacional de Artes Visuales se encuentra en exposición la obra Novias revolucionarias V (1968), de la uruguaya Leonilda González. En el fondo del cuadro cuelga una mujer crucificada, adornada por una vestimenta nupcial transparente. A sus pies, tres novias miran para el costado con miedo e incomodidad. La portada del libro Parestesia de Lorena Spatakis –ilustrada por Gastón Izaguirre– remite a la pintura de Leonilda porque retrata a una mujer de mirada desesperada, con la diferencia de que su boca se torsiona en un grito. Así, en este libro, una constante que se mantiene durante todo el relato es la que refiere a la audacia de gritar.

Parestesia se centra en Paloma, una mujer que sufre la enfermedad homónima y enfrenta el paulatino adormecimiento de su cuerpo al mismo tiempo que hace malabares entre la monotonía de su vida familiar, una infidelidad que está lejos de corresponder al ideal romántico y el afán de un importante ascenso profesional. La protagonista provoca en el lector un rechazo instintivo, y la narrativa se mantiene ajena a la búsqueda intencional de cualquier tipo de empatía: Paloma es despectiva con otras mujeres, con extranjeros y religiosos. La valentía de la autora está en presentar a una protagonista-narradora que es víctima de los prejuicios de la sociedad en la que fue criada, y que, incluso, admite no ser una «buena mina». De esta manera, Spatakis no solo dinamita los estereotipos del ángel de la casa o de la mujer virtuosa, sino que reivindica, por un lado, su derecho a crear un personaje femenino que ocupe nuevos espacios en la literatura, y, por otro, el derecho de esa mujer ficcional a tomar sus propias decisiones –aun cuando esas decisiones provocan la infelicidad del resto de la familia– haciendo uso de una libertad que debería serle inherente y que no ha conseguido «por ser buena». Así, la autora muestra de qué manera está permitido perseguir el propio deseo a deshoras, en la oscuridad oculta de un estacionamiento, pero volverlo visible es considerado terrorismo emocional. Reivindicar el deseo en voz alta supone, entonces, burlarse de la hipocresía.

A pesar de no buscar la simpatía del lector, es imposible no empatizar con algo tan visceral como con la urgencia que tiene Paloma de existir. El personaje lucha continuamente por ganarse el lugar que quiere y por no conformarse con el que se le asigna, en el trabajo y en la familia. La pérdida de sensibilidad en el cuerpo –la parestesia– implica, para ella, dejar de ser. El riesgo es claro: aquellas que aspiren a una vida distinta que la que les ha sido asignada terminarán condenadas al exilio, a la pérdida del cuerpo y, por tanto, a la no-existencia. La enfermedad de Paloma es la manifestación física de lo que ya no funciona en su relación consigo misma y con el entorno; así, a medida que avanzamos en la narrativa, la prosa de Spatakis –como el cuerpo de Paloma– se vuelve progresivamente menos precisa. En cierto momento la escritura no avanza, se disuelve, escapándose del lector como arena que le corre entre los dedos. Forma y contenido avanzan al unísono.

Si, como dice la intelectual inglesa Sara Ahmed, la felicidad es un estado de intimidad entre el cuerpo y el mundo, entonces habría que analizar el mundo desde el punto de vista de esos cuerpos que no encajan –que son infelices– con ciertas formas de vida previamente impuestas. Las mujeres han luchado arduamente para ganarse el derecho a alzar la voz, ahora tienen que seguir luchando por el derecho a quejarse, a denunciar su incomodidad y su infelicidad en voz alta. Las novias de González eran crucificadas en silencio por no encajar, por ser revolucionarias. La revolución de Spatakis parte desde el grito en una escritura que reclama nuevas lecturas, nuevas percepciones.

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