La esencia

Podrá decirse que los Rolling Stones abdicaron de una cantidad de principios, que convirtieron su propuesta en un espectáculo de variedades o que son más una empresa que una banda, pero lo cierto es que su visión musical, más allá de obvios altibajos creativos, no pareció nunca contaminarse de cosas ajenas a lo artístico.

Foto: Afp, Pablo Porciúncula

Se inspiraron muy  directamente en el blues, el rock y el soul negro estadounidense, pero les salió otra cosa. Esa otra cosa no fue una versión “blanqueada” de la música afroestadounidense, sino que captó de una manera distinta su esencia.

Cincuenta años después eso fue lo que se vio en la noche del martes 16 de febrero en el estadio Centenario.

Por decir fútbol

Aunque las entradas no se agotaron (seguramente debido a sus precios exorbitantes),  el Centenario desbordaba de un público variadísimo. Familias con niños, veteranos con sus padres, parejas  de la tercera edad, grupos de adolescentes, chicas producidas como para un desfile de modas, gente con pinta de estar en un partido de fútbol.

Nadie se debe de haber sentido defraudado con el show.

Aunque la banda fue una de las responsables de convertir al rock en un espectáculo de estadios, la opción por el formato pareció en ellos más una necesidad o un cálculo económico que una opción estética. Su música siempre pareció más apropiada para  un boliche que para un show multitudinario. Pero así como los Rolling desafiaron los códigos de cómo tenía que sonar la música radiable, también hicieron lo mismo con los shows multitudinarios. Las desproporcionadas dimensiones del escenario, las enormes pantallas de alta definición, la excelente iluminación y la pirotecnia no opacan el hecho de que arriba del escenario hay una banda de rock tocando, que mantiene viva la idea –ni mejor ni peor que otras– de que la interacción entre los músicos es primordial y de que el error puede ser un recurso creativo.

Desde hace por lo menos veinte años se bromea con la longevidad de la banda y con su increíble permanencia en los escenarios. De tan repetido el chiste perdió su gracia y el hecho extraordinario pasó a ser algo que no llama la atención. Pero no deja de ser  insólito que vimos a una banda fundamental de la música popular occidental de las décadas de 1960 y 1970 en Montevideo medio siglo después, con casi los mismos integrantes originales y que el factor paso del tiempo casi no pareció hacerles mella. Ellos fueron unos de los responsables de cambiar el concepto de lo que era ser joven. Ahora parecen estar cambiando la idea de lo que es ser viejo.

Una parte del impensado éxito hipermasivo de los Stones se debe al carisma de Mick Jagger arriba del escenario. A sus 72 años Jagger sigue bailando y corriendo por el gigantesco escenario, manteniendo intacto su atractivo, tiene la misma energía mezcla de arrogancia, simpatía y sensualidad que lo convirtió en estrella, y lo más importante –aunque alguna canción se haya bajado de tono para adecuar el registro vocal–, sigue cantando maravillosamente bien. Los espectáculos en estadios no se prestan a sutilezas en la relación con el público. Jagger manejó una demagogia simpática, llena de guiños a la uruguayez, con sus “ta”, su “tocate otra”, las alusiones a la nacionalidad de Gardel, al Maracanazo, Luis Suárez, los chivitos, el candombe y la rambla. Quizás el efecto fue aun más simpático teniendo en cuenta su encuentro con Fernando Lobo Núñez y Ruben Rada.

La mejor frase de la noche la dijo sin embargo Keith Richards en inglés: “Qué bueno es estar acá, qué bueno que es estar en cualquier lado”.

Finalmente el tiempo se está dando cuenta de que se había olvidado de Keith Richards y le está pasando varias facturas juntas. El músico ya no es el sostén de la banda y su guitarra ya no es el apoyo de todo el sonido del grupo. El líder musical y espiritual del grupo toca y canta menos que antes y es Ron Wood el encargado de llenar espacios y tomar las riendas del sonido guitarrero del grupo, así como el baterista Charlie Watts, que pese a lucir (desde hace décadas ya) como un anciano venerable, sigue teniendo el timón rítmico. Pero Richards fue igualmente responsable de algunos de los momentos más bellos musicalmente del espectáculo en “Tumbling Dice”, “Midnight Rambler” y las dos canciones donde tomó la voz principal, la hermosa “Slipping Away” y “Can’t Be Seen”. Richards toca menos, pero su sonido único sigue inalterable, y su swing aparece con cuentagotas, pero está ahí. Sacando las dos canciones cantadas por él (ambas del disco Steel Wheels, de 1989) y la inclusión de “Out of Control”  (del disco Bridges to Babylon, de 1997), otro de los momentos musicalmente superlativos del show, el repertorio fue una andanada de hits, compuestos en su mayoría entre 1965 y 1974. Esta es la primera vez que los Stones hacen una gira sin apoyarse en ningún material nuevo. Incluso sus giras celebratorias de sus 40 y 50 años de carrera incluyeron nuevos temas. Pero la andanada de clásicos fue demoledora e hizo olvidar que estábamos escuchando canciones compuestas en épocas pretéritas.

Hace muchos años se dice ante cada gira del grupo que ésta será seguramente la última. Va a llegar un momento en que esto tenga que ser verdad, y ese momento  –aunque los integrantes del grupo parecen burlarse de la biología– debe de estar muy cerca.  El respeto del grupo hacia su propio legado y su amor por lo que hacen llevan a pensar que ellos se van a dar cuenta cuando haya que parar. Por suerte el experimento siguió en plena forma en Montevideo.

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