El capitán Loitey y el asesinato de Roslik

La historia dice que estaba ahí

Vladimir Roslik en Moscú.Gentileza Mary Zabalkin

El candidato a la Intendencia de Soriano por Cabildo Abierto, capitán (r) Alberto Loitey, cree que 36 años son suficientes para que la insidiosa lima del olvido (la metáfora es de Cortázar) vuelva verdad la mentira.

Luego de que se conoció su postulación surgieron voces que lo señalan como uno de los oficiales que estaba en el Batallón de Infantería número 9 de Fray Bentos la madrugada que asesinaron al médico Vladimir Roslik, el 16 de abril de 1984, pocas horas después de que lo sacaran encapuchado de su casa en la colonia San Javier, en el departamento de Río Negro.

En la entrevista que publicó la edición impresa de El Eco el 1 de agosto pasado y que el 15 reprodujo la versión digital del semanario, el capitán (r) dice por lo menos tres mentiras graves.

1. Niega que el Estado uruguayo haya torturado: «No, no… mentira, tortura no, ese es el discurso que le quisieron exponer acá. Esa es la parte que digo que tenemos que sentarnos todos a conversar, acá nadie está defendiendo la tortura, pero lo que no podemos es tergiversar la historia».

A Roslik lo secuestraron dos veces. La primera el 30 de abril de 1980, cuando el Batallón de Infantería número 9 invadió San Javier. En el operativo detuvieron a 25 personas. Las torturaron en la comisaría de la colonia primero y en el cuartel después, a donde llegaron atados y encapuchados, apilados en un camión. A 11 los procesó la justicia militar y cumplieron penas de uno a cuatro años de cárcel. Los hicieron pasar por comunistas y agentes soviéticos, pero lo cierto es que sólo se les podía reprochar la ascendencia rusa. La maestra Susana Zanoniani, detenida con Roslik, tiene presente el tormento del médico: «Tampoco me puedo olvidar de los gritos de Roslik. Lo torturaron horriblemente». Hugo González, funcionario del Banco República, secuestrado con él, recuerda: «Estaba de plantón, piernas y brazos separados. [El teniente Ivo Dardo] Morales le apagaba cigarrillos en la espalda y después le obligaba a sostenerse una gasita cubriendo las quemaduras. Lo oía delirar».

Entre los torturados y procesados están Víctor Makarov, Ricardo Bozinsky, poco más que liceales en ese entonces, Aníbal Lapunov, Miguel Roslik, hermano del médico, y sus dos hijos, Víctor y Vladimir, que no habían cumplido 20 años. Todos padecieron plantón, golpes, simulacros de fusilamiento y al fin del calvario terminaron en el Penal de Libertad.

El Ejército saqueó y clausuró el Centro Cultural Máximo Gorki, donde se cultivaban –hoy también– las tradiciones (danza, idioma, gastronomía y literatura) de los fundadores de la colonia. San Javier se volvió un pueblo sitiado. Fue tan grave el daño a la identidad colectiva y a la convivencia social que al fin de la dictadura, pero aún en dictadura, 200 sanjavierinos presentaron una denuncia ante la Suprema Corte de Justicia por discriminación étnica. Se sentían perseguidos por su origen y amenazados como comunidad.

2. «El hombre murió por un paro cardíaco, como muere cualquiera de nosotros.»

La noche del 15 de abril de 1984 el Batallón de Loitey llegó de nuevo a la casa de Roslik y de su mujer Mary Zabalkin. Cerca de ellos, Valery, el hijo de cinco meses, dormía en la cuna. «¿Por qué siempre se la agarran con nosotros?», preguntó desolada Mary, mientras trataba, sin éxito, de abrigar al marido, ya esposado, con un saco de lana. Sólo pudo colarle un par de medias en el bolsillo del pantalón. «Otra vez no, a lo mismo otra vez no», fue lo último que le escuchó decir mientras lo metían en un auto. Siguieron a la casa de otros vecinos de la colonia a quienes también se los llevaron. Ni bien llegaron al cuartel empezó la tortura. «No tengo nada que ver con las acusaciones que me hacen», decía Roslik. «Es la segunda vez que caigo en las manos de ustedes, me pueden matar si quieren.» Juan Chimailov oyó cómo lo torturaban. Lo escuchó gritar hasta que la voz se apagó. Inmediatamente ordenaron detener el tormento y convocaron al médico de la unidad militar Eduardo Sáiz Pedrini. Trataron de reanimarlo, pero era tarde. Cuando amaneció llamaron a Mary para que fuera a retirar el cuerpo al hospital de Fray Bentos.

3. «Hubo médicos que actuaron y una Justicia que actuó. Como yo no estuve en el tema, no le puedo dar detalles porque no los conozco. Pero la historia dice que estaba ahí.»

Cierto es que actuaron médicos y la Justicia (militar), las dos para encubrir el asesinato. Sáiz Pedrini, que había estado en los interrogatorios de 1980 controlando la resistencia de los detenidos, firmó la autopsia que estableció el paro cardíaco como causa de la muerte.

Con la fuerza que nace del dolor, Mary recurrió a un colega del marido, Jorge Burjel, también médico militar, un hombre digno que honró la profesión. Él le aconsejó pedir otra autopsia y estuvo presente en el examen en representación de la familia. Constataron hematomas en todo el cuerpo, golpes en el bazo y rotura del hígado, entre otras señales de violencia. El 17 de abril enterraron a Roslik bajo un diluvio. Vecinos de la colonia cargaron el féretro, en silencio, hasta el cementerio. Sólo se alzó, ahogada pero clara, la voz de Mary: «No podemos seguir viviendo así. No debemos seguir callando todo lo que nos está pasando. Por eso yo juro sobre el cuerpo de mi marido muerto que no descansaré hasta hacer justicia». El 21 el juez militar coronel Carmelo Betancourt ordenó un tercer examen. Hubo que exhumar el cuerpo. El gobierno aún no había informado del resultado de la segunda pericia cuando la tercera confirmó que la muerte había sido violenta y multicausal.

Mientras tanto la Dinarp seguía emitiendo comunicados que quedarán para la peor historia de la infamia: hablaron de células subversivas, de introducción de armamento, de fabricación de explosivos, de adoctrinamiento y prácticas de tiro. Finalmente relevaron del cargo al jefe del Batallón, teniente coronel Mario Olivera, y al subjefe mayor Sergio Caubarrère. Los dos fueron procesados por la justicia militar. Aquel por homicidio ultraintencional y este por omisión. El procesamiento no tuvo consecuencias para Olivera ni para Caubarrère, pues ambos continuaron en actividad y pasaron a retiro en la década siguiente con el grado de coronel.

El gobierno intentó mantener en reserva el relevo y demoró cuanto pudo la información de los procesamientos. El nuevo jefe del cuartel atribuyó el cambio a «relevos rutinarios en los cuadros militares». Recién a fines de mayo el presidente del Supremo Tribunal Militar coronel Federico Silva Ledesma convocó a una conferencia de prensa en la que se negó a dar el nombre de los dos militares, exhibió sólo algunos renglones de la segunda autopsia (exigió expresamente a los periodistas que no miraran el laudo completo) y argumentó que la reserva obedecía a la obligación de no afectar la independencia de los jueces militares.

El tesón de Mary Zabalkin, la acción del semanario Jaque (Manuel Flores Silva, Manuel Flores Mora, Juan Miguel Petit y Alejandro Bluth) y de la Federación Médica del Interior impidieron que fraguara la mentira, convirtiéndose en incontestable verdad oficial.

Aunque Loitey lo niegue, la historia dice que a Roslik lo torturaron, lo encarcelaron y hasta quisieron retirarle el título de médico (sugerencia del jefe de Policía de Río Negro coronel Walter Tito). Lo asesinaron, lo enterraron y desenterraron para ocultar el crimen, que todavía sigue impune. Ahora el mayor (r) candidato a la Intendencia también pretende machacarle la memoria.

Todas las citas de este artículo pertenecen al libro  Los rusos de San Javier. Perseguidos por el zar Perseguidos por la dictadura uruguaya. De Vasili Lubkov a Vladimir Roslik, Virginia Martínez, Banda Oriental, 2013.

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