A Ciento cincuenta años de la Comuna de París

La historia no usa reloj

¿Cuántas fechas caben en un año? Lejanamente astronómica, la pregunta es política. En 2021, el calendario se pone rojo con los 200 años de dos regios nacimientos –Charles Baudelaire y Gustave Flaubert– y de una muerte imperial –Napoleón Bonaparte–, y también con los 40 años del triunfo electoral de un florentino –así solía apodarse a François Mitterrand– y con los 150 años de la Comuna.

Barricada en la rue de Flandre, París, 18 de marzo de 1871. Museo Carnavalet, s.d. de autor

1 De Napoleón a Macron

Con ayuda de la pandemia, Baudelaire quedó restringido al culto filatélico; a Flaubert, habrá que ver si hacia fin de año le va mejor. Por ahora, sus dos siglos de hostigamiento a la estupidez satisfecha y a los clichés tranquilizadores no encuentran eco conmemorativo: que los poetas se vayan a fustigar a otra parte (a alguna otra fecha) nuestra sed de tontería protectora.

Celebrado en vida como un fino estratega que dio la victoria electoral a la «unión de la izquierda», rápidamente Mitterrand se deshizo de los comunistas, se alió a la Bolsa, desmanteló la industria, dio pasto a Jean-Marie Le Pen e inició la débâcle del Partido Socialista, hoy casi inexistente. En estos días, más que celebrarlo, pormenorizados informes oficiales encargados por Emmanuel Macron lo acusan de haber tenido «responsabilidades graves y abrumadoras» en las masacres (casi 1 millón de muertos) de los tutsis en Ruanda. Francia era entonces el principal aliado del régimen ruandés, al que apoyaba en todo, por los beneficios que esto le aportaba, aclara el informe. En 1994, a poco de ocurridas las masacres, en una cumbre francoafricana, Mitterrand tuvo a bien achacar la responsabilidad del genocidio a «jefes locales» ruandeses y sentenció que «ninguna póliza de seguro internacional puede impedir que un pueblo se autodestruya». Oportunamente, en 2021, la alegría inimaginada que fue el 10 de mayo de 1981 –ganaba la «fuerza tranquila» (eslogan de Mitterrand) y la «cultura de gobierno» (eslogan que ¡al fin! luego de tanto infantilismo sesentayochesco sonaba adulto y responsable)– cayó en el olvido celebratorio.

A quien le fue mejor es a Napoleón, conmemorado por el Estado, en la persona de Macron y del Institut de France; los discursos del 5 de mayo pasado se encargaron de recordar su doble condición de «aigle et ogre», aunque hicieron que el «águila» le ganara al «ogro». Para esta operación de rescate del emperador Napoleón de los escaparates de la historia, Macron sacó toda la artillería: Hegel y su «Napoleón, alma del mundo», pero también Stendhal, Goethe y Victor Hugo fueron llamados para que dieran testimonio de su entusiasmo imperial. De gran escritor en gran escritor, Macron convino con Napoleón: «las verdaderas conquistas, las que no se lamentan, son las que se hacen a la ignorancia», y Napoleón vaya si respaldó con políticas de enseñanza y de investigación su aserto. Quedaron así entre bambalinas las vidas perdidas en las guerras imperiales –evaluadas en 5 millones de personas por su enemigo el poeta Chateaubriand–, la censura férrea a la prensa, las concesiones a la Iglesia y el restablecimiento de la esclavitud abolida por la Convención en 1794 (sí, la revolución jacobina, la terrorista y centralista, entre otros muchos actos de justicia abolió la esclavitud en todo el territorio francés, lo que incluía las Antillas y lo que hoy es Haití).

La Comuna, en cambio, no recibió atención estatal, salvo el venenoso inicio del tramiteo, con apoyo ministerial, para declarar monumento histórico la basílica del Sacré-Cœur de Montmartre. Si en 2016, el Parlamento francés había votado una resolución que rehabilitaba a los comunardos y pedía que se hicieran esfuerzos para dar a conocer las realizaciones y los valores de la Comuna, a fines de 2020, con la categorización de la basílica como monumento histórico se intenta conmemorar a los masacradores de la Comuna, denuncian hoy sus amigos.

Por muy derechoso que se haya vuelto el mundo, la Iglesia tampoco quiere que su blanquísima basílica aparezca en las selfies turísticas chorreando la sangre de los comunardos masacrados, por lo que rechaza explícitamente, con fechas y cronologías milimetradas, cualquier relación culposa. No quita que, con la negativa de las mujeres a entregar al gobierno de Versalles los cañones comprados por suscripción popular para defender París de los prusianos, fue en Montmartre donde empezaron los 72 días de la Comuna, y fue en sus laderas donde hubo combates cruentos. Las protestas eclesiásticas tampoco quitan la placa que en el interior de la basílica recuerda el voto fundacional «En presencia de las desgracias que asuelan Francia y de las mayores que tal vez sigan amenazándola […] Nos humillamos ante Dios y, reuniendo en nuestro amor la Iglesia y nuestra patria, reconocemos que hemos sido culpables y justamente castigados». La erección de la basílica será el acto de contrición destinado a obtener la misericordia divina y, desde 1885, se practica en esta iglesia «la adoración perpetua al santo sacramento», por lo que día y noche se suceden los fieles en rezo ininterrumpido. Los amigos de la Comuna no cejan pidiendo su demolición.

2. La fuera de programa: la Comuna

«Revolución prematura», este juicio de Marx sobre la Comuna, además de suponer una relojería histórica muy discutible, suele opacar otro: la Comuna fue una «existencia en acto», también afirmó Marx. Aunque haya habido mil condiciones previas y mil explicaciones a posteriori para su ocurrencia, podría no haber ocurrido, y antes de que sucediera nada permitía creer que sucedería. Sin previas estrategias ni programa de gobierno, el pueblo de París se gobernó durante 72 días: se decretaron las moratorias para los alquileres y casas de empeño, se reconocieron los derechos de hijos y de viudas, por casamiento o concubinato, se aumentaron los salarios (aunque, es sabido, se respetó el Banco de Francia), se decretó la separación de la Iglesia y del Estado, se decretó que los talleres abandonados por sus dueños pudieran ser confiados a cooperativas obreras autogestionadas, se creó la escuela laica y gratuita.

Kristin Ross ubica tres actos fundamentales de esa «existencia en acto» de la Comuna, actos directamente ligados a su carácter de República Universal: el incendio de la guillotina en la plaza Voltaire, la destrucción de la columna de la plaza Vendôme y la creación de la Unión de Mujeres. El 10 de abril de 1871, un grupo mayoritariamente de mujeres arrastró la guillotina hasta el monumento a Voltaire y ahí mismo le prendió fuego; no abolieron la pena de muerte (recién la aboliría Mitterrand, justamente, en 1981) pero destruyeron la guillotina, como si 80 años después de 1793 se hubiera querido marcar una diferencia con la Revolución Francesa. El 16 de mayo, a 12 días del fin, un grupo dirigido por el pintor Gustave Courbet derribó la columna erigida a la gloria militar de Napoleón en la plaza Vendôme, inmediatamente rebautizada «Plaza Internacional»: la República Universal es incompatible con las guerras de conquista. Luego de la «semana sangrienta» que ahogó la Comuna, Gustave Courbet se exilará y la III República lo condenará a muerte por su acto anti imperial. El 11 de abril una muchacha rusa de 20 años, Elisabeth Dmitrieff y una obrera encuadernadora, Nathalie Lemel, fundaron la Unión de Mujeres. Dmitrieff venía de Ginebra, era cercana a Marx y a Bakunin; en su adolescencia había pasado cuatro meses encarcelada en la fortaleza de Pedro y Pablo en San Petersburgo, por atentado contra el Estado. Nathalie Lemel era una oradora popular en los clubes que florecían desde 1868 y estuvo en las barricadas de Pigalle, al pie de Montmartre; fue deportada a Nueva Caledonia, como Louise Michel, la maestra que suele encarnar la Comuna. La Unión de Mujeres luchaba con los hombres y exigía lo que había: igualdad.

Esa igualdad incluía otra, hoy más adulterada que ninguna, la igualdad entre enseñanza manual e intelectual, que la Comuna llamó «educación integral», denominación entonces frecuente en la prensa obrera. Contrariamente a lo que hoy un conglomerado bancomundialista y suprapartidariamente anépico propugna, la «educación integral» no buscaba enseñar el trabajo manual o formar para el mundo del trabajo, sino más bien lo opuesto: que todos los niños de la Comuna, varones y niñas de todas las clases sociales, recibieran una enseñanza letrada. «Es necesario que quien maneja una herramienta pueda escribir un libro, y que lo escriba con pasión, con talento»: aunque más no fuera por esto, la Comuna –puro acontecimiento fuera de programa– sigue siendo de nuestro presente.

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