La huella del fracking - Brecha digital

La huella del fracking

Integrante de la industria petrolera durante varias décadas, hoy el geógrafo argentino Roberto Ochandio recorre su país advirtiendo sobre las consecuencias ambientales y sociales de la utilización de la fractura hidráulica para la extracción de hidrocarburos en formaciones no convencionales.

Geógrafo de profesión, Roberto Ochandio se licenció en Texas, uno de los principales estados petroleros de Estados Unidos, y trabajó en la industria de los hidrocarburos por 19 años, fundamentalmente en su Argentina natal. “En 1985 me fui a Estados Unidos. Pensé entonces que mi destino sería alguna petrolera. Tenía una larga experiencia en Ypf y en compañías privadas, pero quizás por suerte la industria estaba planchada y debí reciclarme en la aeronáutica. Algunos otros añitos pasé igual en el sector petrolero, y me fui convirtiendo en un fuerte crítico del mismo”, dijo a Brecha en Montevideo.1 Estando “dentro de la industria”, Ochandio no se había dado cuenta, admite, de los perjuicios causados por las compañías. “Menos aun lo había percibido cuando vivía en Argentina. Eran épocas en que en el petróleo no se ganaba tanto (yo tenía un buen cargo y no llegaba a fin de mes) y de los problemas ambientales se hablaba poco y nada, y la verdad que guardo un buen recuerdo de aquellos tiempos”, cuenta. Pero a medida que se informaba, su postura crítica fue creciendo. En 2012, junto a su mujer deciden regresar a su país. “Nos hartamos de vivir en una burbuja y quisimos tocar otra vez la realidad. Tomamos un auto y fuimos bajando hacia el sur. Una de las cosas que más me impresionó de ese viaje fue ver el peso que habían tomado las industrias extractivas en toda la región, no sólo la petrolera. Me impresionó también la extensión de los monocultivos, el desierto verde de la soja.”

Cuando Ochandio regresó, Argentina estaba en pleno nuevo sueño petrolero. Hacía poco que Ypf había revelado la magnitud de su “tesoro escondido” en Vaca Muerta, una formación de petróleo y gas no convencionales (más pesados y encerrados a mayor profundidad que los habituales) ubicada en la cuenca neuquina, que –se decía desde el gobierno y desde las empresas– haría del país una nueva meca para las petroleras del mundo entero. Comenzaba también a hablarse por estos lares de fracking, o fractura hidráulica, la técnica que las empresas recomendaban utilizar (y el gobierno defendía como segura) para extraer los hidrocarburos hallados.

No bien pisó otra vez suelo argentino, el patagónico Ochandio, nacido en un pueblo petrolero, Comodoro Rivadavia, al que ahora presenta como “la peor ciudad de Argentina para vivir” y como “paradigma de los daños que puede causar esta industria a los sitios donde se instala”, puso el grito en el cielo. Del año pasado data su colaboración para el libro 20 mitos y realidades sobre el fracking (Ediciones del Colectivo, Buenos Aires).

Usted ya tenía experiencia en el fracking…

—Tengo una buena experiencia en general en la industria petrolera. En Comodoro trabajé en la entubación de pozos, en perfilaje, inspección y también participé en la fractura hidráulica de pozos convencionales, que eran los únicos que por entonces se explotaban. La técnica del fracking es de los años cuarenta, tiene casi mis mismos años. La diferencia con la actualidad es que para llegar a los yacimientos no convencionales se usan cantidades enormes de todo: de agua, de productos químicos, y la contaminación que se genera es particularmente gigantesca.

Cuando vi que desde las empresas y desde el Ejecutivo se decía que el fracking era una metodología que no causaría perjuicios porque Argentina la aplicaría corrigiendo los errores que se hubieran podido constatar en otros lados, me puse a recorrer el país para explicar lo que sabía, me contacté con investigadores, con asociaciones de pobladores, con grupos ecologistas, reuní documentación proveniente fundamentalmente de Estados Unidos, tanto de agencias gubernamentales como de universidades independientes –porque esta es una tecnología de allá, y hasta ahora aplicada fundamentalmente allá– e intenté llevarla a un lenguaje entendible para el común de los mortales.

En 2013 Ochandio se vinculó con las Asambleas Patagónicas y participó como “perito de oficio” en una iniciativa para frenar la explotación del pozo de petróleo no convencional en El Trébol, provincia de Neuquén, por parte de Ypf. Su informe fue determinante para que la justicia acogiera el recurso de amparo presentado por asociaciones y concejales locales ante los “riesgos severos de contaminación” de la escasa agua existente en la zona y “la ausencia de medidas de protección y prevención” de parte de la empresa.

El gobierno argentino insiste en que el proyecto de Vaca Muerta, su proyecto estrella en esta materia, es seguro desde el punto de vista ambiental.

—Es lo que dice. Dice también que es la salvación energética del país. Sostiene que Vaca Muerta, y otros, van a garantizar la soberanía energética nacional por años. Pero para afirmar la seguridad y la inocuidad del fracking se basa en estudios de organismos como el Instituto Argentino de Petróleo y Gas (Iapg), que aunque se presente como una entidad científica no es más que una organización de propaganda de la propia industria, cuyos informes están directamente tomados de otros similares hechos en Estados Unidos. Incluso ellos mismos dicen que no se hacen responsables de lo que afirman, a ese punto llegan. El Iapg no dijo hasta ahora cómo piensa hacer para evitar los desastres causados por el fracking en Estados Unidos.

Hay que tener en cuenta una cosa básica: el de la fractura hidráulica es un método caro en sí mismo, que no se utilizaba hasta que el Congreso de Estados Unidos adoptó la enmienda Halliburton, que quitó a las empresas toda responsabilidad sobre las contaminaciones que pudieran generar con su accionar, en el aire, en el suelo o en el agua. Si hubieran tenido que asumir esas consecuencias no les hubiera sido rentable hacer fracking. Hoy las petroleras están liberadas de hacerlo y son los estados y las poblaciones locales las que tienen que bancar los costos.

Usted decía que el fracking ya generó desastres ambientales en Estados Unidos.

—En Texas es donde se ven más. En Denton, el primer lugar donde se aplicó esta técnica, la gente votó en noviembre pasado para prohibir el fracking. En Nueva York ya lo prohibieron. Hay problemas de contaminación del agua en Nuevo México, en Pensilvania, en California; fracturas del suelo en Reno, también en Texas. En Fort Worth, un relevamiento sobre casos de asma realizado por un hospital local determinó que en las zonas donde no hay fracking sólo uno de cada 20 niños padece esa enfermedad, y en las que sí se lo practica uno de cada cuatro son asmáticos.

La contaminación proviene de los productos químicos que se utilizan, que a menudo se cuelan por la fractura realizada o a través de la roca y pueden llegar hasta los acuíferos o hasta la superficie.

En Pavillion, una localidad del estado de Wyoming, hicieron un fracking a 380 metros de profundidad. Contaminaron en el acto los acuíferos, que estaban a una distancia de 300 metros. Intervino la Agencia de Protección Ambiental, se documentó todo y quedó como ejemplo de los horrores del fracking.

Acá en Uruguay la separación que va a haber entre los lugares en que se hará la fractura y los acuíferos es casi la misma que en Pavillion: unos 400 metros, es decir nada. Pero además no es sólo un tema de separación, ya que buena parte de las pérdidas salen por las cañerías.

Sus críticas parecen estar centradas en las modalidades no convencionales de extracción de hidrocarburos, pero el gobierno uruguayo sostiene que aquí hay petróleo y gas convencionales.

—Yo me manejo con los informes disponibles actualmente, y esos informes no hablan de yacimientos convencionales. En Uruguay se los buscó en el pasado, y no se los halló. Lo único cierto es que acá se va a perforar después de que se conoció, en 2011, un informe de la agencia de energía de Estados Unidos que relevó las zonas de todo el planeta con potencial de hidrocarburos no convencionales. Uruguay aparece efectivamente como una de las zonas de la cuenca chaco-paranaense donde podría haber gas y petróleo no convencionales. Pero además, aunque hubiera hidrocarburos convencionales con potencialidad para ser explotados, está el tema de los controles sobre la acción de las empresas. Pongamos que una petrolera obtiene un permiso para explotar petróleo convencional, que si lo hay nunca será mucho por lo que se sabe hoy. Perforar un poco más abajo para sacar el no convencional que sí se sabe que hay no le costará mucho. Y no habrá manera de impedirlo en los hechos. Es algo a lo que los uruguayos deberían eventualmente prestarle mucha atención.

Finalmente, es cierto que la economía seguirá funcionando por muchos años en torno al petróleo, pero sería una pena que Uruguay se embarcara en esta industria justo ahora, cuando hay tanta necesidad de apostar a otras fuentes de energía. Esta posibilidad de explotar yacimientos no convencionales, de llegar a vetas que antes no eran accesibles, se da precisamente en momentos en que el mundo necesita todo lo contrario. Podremos estar quemando combustibles fósiles por cientos de años más. Si el planeta aguanta. Es un tema de opciones.

1. Ochandio llegó a Uruguay invitado por Uruguay Libre de Megaminería para participar en charlas en Montevideo y el Interior. Intervino también, el fin de semana, en el congreso de la Federación Rural.

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Un caso

—Mirá lo que pasa en la provincia de Buenos Aires. En una zona descubrieron que tienen vetas de carbón, y el carbón produce gas. Lo podés producir de dos maneras: sacándolo de las vetas, donde está acumulado, con una bomba que quita el agua que lo comprime. O con el método que están aconsejando ahora unos genios que vienen del exterior: quebrar el carbón bajo tierra y sacarlo a partir de pozos que se hacen en la tierra. Es decir, por fracking. Se hacen dos pozos primero, y luego, cuando se acaba el pedazo de terreno en el que trabajás, hacés otros dos, y así. La roca donde está el carbón se calienta a tal temperatura que se producen grietas por las que escapan todos los subproductos contaminantes de la operación y llegan a los acuíferos. Por otro lado se generan hundimientos de terreno. Y en la superficie queda el agua que sale contaminada, que nadie trata. La que está a cargo de la exploración, por encargo del gobierno provincial, es una compañía australiana que fue echada de su país. Un concejal de la provincia presentó un pedido de informes, apoyado por algunas asociaciones. Nadie le da bola, menos que menos los medios de prensa locales, que dependen económicamente de estas empresas.

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Pueblos petroleros

—En Comodoro Rivadavia, mi pueblo, una ciudad que fue llamada “la capital del petróleo” en Argentina, todo el mundo depende en alguna medida de la producción petrolera: ahora, los que están en ella viven bien y los que no lo están quieren entrar. Pero muy pocos son los que efectivamente logran entrar. La gran mayoría malvive, y la ciudad se ha ido “desarrollando” de manera horrorosa, por decir algo. No hay agua, y sí hay una contaminación rampante. Más de cien años de explotación petrolera han dejado sobre todo terribles desigualdades. En la entrada norte hay gente que vive en carpas, en zonas de vientos y fríos terribles. No tienen gas, ni agua, ni nada. Muchas más viven en rancheríos. Como tantos pueblos petroleros, Comodoro ha crecido sin planificación.

El Añelo es una localidad que está en el medio de la famosa formación de Vaca Muerta. Cuando la conocí habría allí unas 15 casas desperdigadas, hoy es una ciudad de 10 mil o 15 mil personas, pero su desarrollo ha sido el propio de estos pueblitos: hay casino, licorerías, whiskerías, prostíbulos, pero no hay hospital. Si te pasa algo tenés que irte a Neuquén capital.

Es lo que me temo que pueda suceder en estos pueblitos uruguayos que tal vez ansíen volcarse al petróleo porque piensan que les dará riqueza y trabajo. A los que crean que les dará trabajo, les aconsejaría que piensen que tal vez eso ocurra cuando se construyan los oleoductos, las plantas de tratamiento. Pero después ya no, y lo más probable es que los puestos más rentables, los de los especialistas, sean provistos por técnicos de Brasil, Argentina, Estados Unidos.

Piensen también que las empresas nunca se hacen cargo de la destrucción que generan. Aunque existan protocolos para el abandono de pozos, nunca se cumplen, las empresas les ponen un tapón y les dejan el fardo a las generaciones que vengan. En Allen, Río Negro, una zona riquísima en manzanas, no es raro ver surgir burbujas de la tierra, del gas que se filtra por las cañerías de los pozos. La producción convencional requiere pocos pozos, pero la no convencional necesita cientos, miles. Cuando estos pozos ya no produzcan, cosa que puede suceder en diez años, como máximo, quedarán abandonados.

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