Psicodrama: centenario y congreso

La imaginación es la transformación

Carmen de los Santos es psicóloga, psicoterapeuta clínica con especialización en psicodrama, documentalista e investigadora en artes y oficios. Dirige la Compañía Persona, dedicada al psicodrama y las artes en Montevideo. Preside el 13.º Congreso Iberoamericano de Psicodrama, que se desarrollará entre el 5 y el 8 de mayo y se hace por primera vez en Uruguay en modalidad virtual, y del que participarán más de 300 representantes de Latinoamérica y el Caribe, España y Portugal. Sobre el desarrollo del psicodrama en el mundo y en nuestro país y su potencial como herramienta transformadora en comunidad conversamos en esta entrevista.

Carmen de los Santos Gentileza de la entrevistada

—¿Desde cuándo se desarrolla el psicodrama en Uruguay? ¿Se aplica como una forma de terapia o se utiliza para hacer diagnósticos clínicos?

—Hice una investigación sobre la consolidación de la disciplina en Uruguay, que fue durante el período de la dictadura, pero prefiero contextualizar su origen, ya que estamos en el año de su centenario. Este campo disciplinar, que rebasa las teorías del yo y la psicología, fue creado por Jacob Levy Moreno, un migrante rumano que llegó a Viena con una familia pobre judía. En aquel momento era difícil estudiar en la universidad, aun así pudo hacerlo y descubrió algo muy interesante, que fue una nueva formulación entre las disciplinas del campo dramático, de las teorías de la escena, especialmente porque drama viene de ‘acción’ y no de la concepción de la tragedia. Moreno dice, en algunos de sus textos, que generó una nueva relación entre el teatro y las artes de la psique, que del griego significa ‘derivaciones del alma’. Para Moreno, es un método para sondear la verdad del alma mediante la acción dramática en grupos humanos. Ahí hace una concatenación importante, porque hace un siglo no existían las psicoterapias grupales, ninguna de las técnicas grupalistas que conocemos hoy, porque todas ellas empezaron a expandirse a partir de la Segunda Guerra Mundial. Es en ese marco que empiezan a consolidarse, porque había quedado tanta gente traumatizada por la guerra que no se podía atender con dispositivos individuales. Y no hay que olvidar que, además, hubo una lucha política por establecer un campo que fuera accesible para todos. Si miramos el derrotero en el Río de la Plata, que ha sido muy importante, de todo lo que ha sido el campo grupal, sea psicoterapéutico o no, hay una intención política y una deriva de irse corriendo de las instituciones que abogaban por una atención individual. También el psicodrama tiene un gesto muy lindo de creación, que es cuando Moreno dice que se encontró con Freud. Freud tiene toda esta importancia en las teorías del yo y Moreno decía que él empezaba a trabajar donde Freud cerraba la puerta. Porque el psicodrama siempre se estableció como una modalidad de ir allí donde la gente trabaja, vive, sueña, ama.

—Imagino que no fue bien recibido.

—Pienso que el problema con el psicodrama es su nombre, quiero decir, hay muchas denominaciones y Moreno también la utilizaba. Hay una denominación que es sociodrama, porque la filosofía del psicodrama, que tiene un basamento muy interesante, tiene que ver justamente con la idea de que nadie se cura solo, que la cura es social o no es, la cura es la de los pequeños grupos, las comunidades o no es. Entendía que los seres somos seres singulares, colectivos, grupales, pero también seres cósmicos. Era una visión de entreguerras de principios del siglo XX. Autores importantes estaban pensando en las primeras vanguardias artísticas del siglo XX, era gente que estaba pensando cómo transformar desde sus campos, entonces el psicodrama nació como terapéutico por una deriva. Moreno empezó a desarrollar el teatro de la espontaneidad, dado que en Viena, como en todas las ciudades, la prensa no era accesible, entonces empezó a hacer una cosa que se llamaba periódico viviente y era que la gente relataba las historias en un teatro, él las dramatizaba con un equipo de personas entrenadas en el arte de la actuación y luego la gente intercambiaba sobre esta noticia en cómo se puede transformar, qué harían ustedes. Eran unos laboratorios sociales alucinantes.

—¿Se hacía un debate, una especie de foro?

—Se debatía y se reinstalaba la noticia, había mucho que comentar. La primera sesión de psicodrama la relevó en 1921, todavía con los efectos de la Primera Guerra Mundial. Viena, capital del imperio austrohúngaro, estaba en decadencia. Moreno tiene un gesto político en esa primera sesión que releva: pone una silla vacía en el escenario de un teatro al que asistieron 1.000 personas. Lo hacía gratis, alquiló el teatro, puso una silla vacía y preguntó: «¿Quién puede liderar este absoluto caos?». Pasaron muchas cosas en esa sesión, y hasta pensó en emigrar, porque tuvo muchas críticas. Se armó una batahola tremenda porque la gente gritaba, entraba a la escena de modo caótico. Lo cierto es que demostró que no hay nadie capaz de gobernar. Nosotros tomamos ese gesto, el de la silla vacía, para relanzar esa pregunta hoy: tomar lugar es el lema del congreso y quiénes podemos gobernar es la pregunta. Hay una apelación a la propia capacidad de las comunidades de que podamos resolver nuestros conflictos entre nosotros sin depender de reyes ni gobernantes.

—¿Siempre se aplica a nivel grupal?

—En esta deriva, Moreno se fue para Estados Unidos y fue muy rechazado por el positivismo de la época, los psiquiatras de Estados Unidos no querían saber de nada con la psicoterapia grupal. Entonces tuvo muchas peleas. Él junto a su pareja, Zerka Moreno, crearon un lugar cerca de Nueva York que era una comunidad terapéutica para personas con trastornos psicóticos, esquizofrenia, cuadros graves. Él tenía el imaginario muy abierto y podía meterse en el delirio del otro y salir, tenía esa gran capacidad del juego. El psicodrama es la transformación a través del juego, pero no una banalización del juego, sino la transformación creativa y espontánea. Ellos trabajaban en esa comunidad terapéutica de día y a la vez tenían un teatro. Allí hacía el entrenamiento de las personas de todas partes del mundo que iban a formarse con ellos. En Latinoamérica, psicoanalistas, psicoterapeutas y psiquiatras –específicamente de Argentina y posteriormente de Uruguay– empezaron a viajar juntos para buscar alternativas. Estamos hablando de los sesenta, cuando estaba toda la activación política previa a las dictaduras en el Cono Sur. Estos profesionales empezaron a buscar otras modalidades de trabajo y fueron a estudiar con ellos el psicodrama. Una de esas personas es Dalmiro Bustos, que tiene una trayectoria muy reconocida hasta hoy. El Río de la Plata tenía ya un gran acervo de desarrollo de las teorías grupalistas y fue una condensación muy hermosa la que se dio. El basamento del psicodrama, que es trabajar en grupos e ir a las comunidades, tiene ese componente comunitario y político mucho más marcado que cualquier otra teoría psicológica. Pero no lo es. Porque nace como idea de transformación, pero no con un ánimo clínico al cual luego deriva. Hay gente que habla de psicodrama y también de las psicoterapias grupales psicodramáticas, para diferenciar.

—¿Cómo se diferencia en la práctica?

—Por ejemplo, desde 2013 y hasta que surgió esta situación de pandemia, hago un Psicodrama de domingo, sobre la potencia que se mueve en la tardecita de ese día y qué pasiones. Es un espacio abierto, a las 19 horas, que es cuando cae el bajón acá en Uruguay. Surgió en un grupo de amigos que no tienen que ver con la psicología. Hacemos una experiencia, que es un laboratorio al que la gente viene y por medio de caldeamientos, juegos dramáticos y dramatizaciones va expresando lo que siente. Allí no trabajo nunca como psicóloga, ellos no son mis pacientes. Es muy interesante lo que se va tejiendo a través del juego. En Uruguay somos muy encorsetados. Esto de decir «vamos a pararnos y decirlo de otra manera» te saca de lugar. El psicodrama nace de poner en acción lo que en general en los ámbitos psicoterapéuticos verbalizamos.

—Contanos lo que has hecho en el campo de la investigación.

—En Uruguay hice una investigación que se llama «Memorias compartidas y resistencia social. El psicodrama y su transmisión en Uruguay entre el 73 y el 85». No me interesaba poner la palabra dictadura en la tesis. Empecé a estudiar psicodrama en los noventa y veía que en la asociación todos se conocían desde hacía mucho tiempo. Tenía claro que en la dictadura no se podían reunir porque estaba todo observado y las acciones grupales se prohibían. La investigación me llevó 17 años, muchos de ellos eran psicoterapeutas y no querían hablar mucho. En Uruguay se dio una cosa particular y fue que el psicodrama se consolidó como campo en dictadura y bajo la prohibición de agruparse, eso me pareció fantástico. Hablé con Carlos Demasi y le pareció interesante y pensamos que, como era un campo nuevo, se le pasó a la represión. En la investigación se ve la cantidad de cosas que hicieron para juntarse y que los vecinos no los delataran. Crearon modalidades de acción muy interesantes, creaban cumpleaños ficticios todas las semanas para poder juntarse e investigar. Hubo dos líneas fundadoras, una de ellas fue la del psiquiatra Juan Pedro Severino, que fue a formarse a Francia, donde los psicoanalistas de niños en la posguerra se dieron cuenta de que tenían que trabajar en grupos. Volvió a Uruguay y llamó a algunos actores del teatro El Galpón en la década del 60. Ahí formaron un grupo de lo que se llama yoes auxiliares. El psicodrama tiene cinco instrumentos básicos: la dirección, el o la protagonista, los yoes auxiliares, que son quienes del grupo toman los roles necesarios para el desarrollo de la escena, el auditorio y el escenario. No hay un guion previsto, se trabaja con las cosas que nos pasan.

—¿Es espontáneo y del presente?

—Es una filosofía del momento, del aquí y ahora. Los pliegues del tiempo se encuentran todos en el presente. Tanto el pasado como el futuro estarían desarrollados en este momento y tenemos la capacidad de transformarlos siempre en este gesto con los otros. Me interesa mucho la comunidad y el pensamiento de la filosofía del mundo común. El psicodrama me parece que es un pasaporte que te permite pasar entre campos, tiene lo artístico, mucho de filosofía y una acción concreta. Ahora en pandemia estamos con los brazos atados, pero nosotros vamos a los lugares a trabajar, en los barrios, en las plazas, me gusta mucho hacer intervenciones en la calle con modalidades sencillas para que la gente no se sienta interpelada, porque perdimos la capacidad de jugar

—¿Hay un grupo para estudiantes de la Udelar?

Empecé en 2014 un espacio llamado Eclipsa (Espacio Clínico de Potenciación Social y Afectiva). Lo hice para la población estudiantil de la universidad, donde había mucha gente del interior. Se anotan muchos alumnos cada año. Es una práctica en la que trabajo con los estudiantes que entrevistan a los participantes. En general, les encanta, descubren, comparten, hay solidaridad, es muy conmovedor. Todo el tiempo hay transformación. La potencia del psicodrama es el trabajo social y comunitario que se puede hacer.

—¿El congreso es abierto a todo público?

Sí, al psicodrama se ha acercado gente de diversas áreas. A las personas vinculadas a la educación les interesa mucho. Se puede trabajar con psicodrama en el aula porque ponés en acción el pensamiento de una obra, de un autor, es otra manera de acercarte a las cosas, pasarlas por el cuerpo, vivenciarlas o experimentarlas. También interesa a sociólogos y antropólogos. En el congreso hay cuatro ejes, uno es el clínico, otro es llamado territorios de existencia, otro eje es artístico-estético, yo trabajo con instalaciones que son desde el arte, como nuevas modalidades que integran el presente, el otro eje es el educativo-pedagógico.

Se puede acceder a esta información en la web: https://iberopsicodramauy.com/.

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