La isla que nos interroga

Raro estar en Cuba en estos días. A esta altura podría ser un lugar común la afirmación de que ir a Cuba es un descubrimiento y una sorpresa. Quizá se trate de uno de esos pocos lugares que no confirman expectativas, sino que más bien las complican, las sacuden, las cambian de lugar.

Raro estar en Cuba en estos días. A esta altura podría ser un lugar común la afirmación de que ir a Cuba es un descubrimiento y una sorpresa. Quizá se trate de uno de esos pocos lugares que no confirman expectativas, sino que más bien las complican, las sacuden, las cambian de lugar. Allí ser extranjero –incluso latinoamericano– sitúa a cualquier recién llegado en un afuera definitivo, al menos cuando la visita es breve. Hay mucho que entender, y la tarea no es fácil, y es larga. Pero vale la pena seguir observando, seguir conversando y seguirse pensando. Fueron días de conversaciones largas con cubanos de diferentes profesiones y miradas sobre la realidad diaria en que viven. También con uruguayos que residen ahí, como Mauricio, que con lucidez, sentido crítico y perspectiva histórica cuenta desde varios ángulos cómo es la vida de un extranjero en tierras cubanas y sobre las complejidades de una sociedad que lo sigue sorprendiendo.

La experiencia es más rara todavía cuando se agrega la noticia de la muerte de Fidel Castro. Resulta aun más raro no enterarse de nada hasta la mañana siguiente al anuncio. La lentitud de la noticia se debió en parte a la consabida –y muy real– escasa posibilidad de conexión a Internet en la isla. También hay que decir que me encontraba en Varadero en ese momento, donde podía resultar normal, dado el carácter turístico del lugar, que no hubiera ninguna conmoción social como resultado del anuncio.

La lectura de la noticia en Internet la mañana del sábado me llevó a tomar la súbita decisión de volver de inmediato a La Habana, para ser testigo de lo que esperaba sería inmenso, arrollador, impresionante. Quizá lo fue, pero no del modo en que yo lo imaginaba. En el malecón la noche del sábado se veía a muy pocos turistas y más que nada adolescentes y jóvenes cubanos disfrutando de la “rambla” habanera. Como si nada: tranquilidad, amistad, sonrisas. Una sensación de que nada había cambiado. Y quizá fuera así, o así les pareciera a muchos, ya que hacía años que la presencia de Fidel en los medios había dejado de ser permanente. Sus apariciones eran más bien esporádicas y breves, es decir, casi otro Fidel. En muchos restaurantes y bares, donde se prohibió vender alcohol hasta el 4 de diciembre, la televisión de inmediato comenzó a proyectar sendos e interminables programas especiales con entrevistas a personalidades y artistas (pude ver al famoso Elián González y la cantante Omara Portuondo), documentales, interesantes fotos de archivo, que reproducían en tono de homenaje la historia y las hazañas de Fidel Castro y de su país desde la década del 50. El lunes, en el aeropuerto, todavía podía verse en la televisión el homenaje al comandante, cuyas cenizas recorren la isla mientras se escriben estas líneas. Cuando el bar cerraba, el mozo, curioso ante nuestro interés por los documentales que la televisión reproducía, se acercó y nos habló del lugar que para él tenía Fidel y de la dimensión histórica de su figura. Había en él verdadero orgullo.

El lunes, llegar a la Plaza de la Revolución a las 8 no bastó para acercarse hasta la estatua de Martí, donde estaban las cenizas de Fidel. Y estar allí casi cuatro horas tampoco bastó. Había mucha gente, muchas edades, muchas historias. Tener una cámara de fotos y un celular para grabar conversaciones era como estar en la multitud a medias, tratando de mirar, alternativamente dentro y fuera. Pero valió la pena. Conversé con cuatro personas mientras nos apretujábamos más y más, avanzando aproximadamente un metro cada 20 minutos. Acaso no por casualidad, aquellos que pertenecían a generaciones más viejas hablaron con alegría, emoción y entusiasmo. Quinto Fernández contó toda su historia: había participado en la guerra revolucionaria en la década de 1950, tomó su escuela militarmente después del triunfo de la revolución, se encontró personalmente en varias oportunidades con Fidel Castro, se graduó de maestro agrícola, trabajó en el programa de alfabetización en los sesenta, construyó escuelas, y se definió como el primer virólogo cubano. Dos ancianos cubiertos de medallas se mostraron “fieles por siempre a Fidel”, “fidelistas hasta la médula”, y contaron las historias detrás de esas condecoraciones. Una mujer mostró una foto en la que su marido aparecía junto a Fidel, y recordó con orgullo la ocasión. También mencionó su participación en las campañas de alfabetización. Se refirió a la inminente llegada de Trump al gobierno del vecino del norte (algo acerca de lo cual muchos cubanos expresaron ansiedad y preo-
cupación en estos días), y habló con admiración del Pepe Mujica, quien es conocido y respetado en Cuba. El sol quemaba, se hacía difícil avanzar, y los ancianos salieron de la multitud con nosotros, que, algo frustrados, emprendíamos el viaje de regreso. Se quedaron sentados a la sombra cuando me alejé, sin saber cuándo lograrían llegar hasta su comandante, pero sonrientes.

Las charlas con los más jóvenes fueron un intercambio de frases breves, casi eslóganes. Menos narración, menos historias para compartir. Acaso una emoción distinta, expresada no desde el lugar del testigo o del protagonista, con una lejanía mayor respecto de la figura de la que venían a despedirse. Nunca indiferentes, pero tal vez reverenciando un ícono (¿un ícono pop?), como podrían ser Martí o el Che. Hablaban sin duda del pasado. Mario Lázaro, de 23 años y trabajador del ferrocarril, expresó que “todo el pueblo está de luto y hay que estar aquí en este momento” porque como Fidel “no hay dos”. “Se murió el hombre más grande en el siglo XX, nuestro presidente”, aseguró una mujer joven que les recomendó a los uruguayos que “lean nuestra historia, que conozcan la historia de Fidel”. Había en estas últimas voces cierta desconfianza hacia mi presencia con grabadora en mano.

El otro día leí en algún lado que la muerte de Fidel era el verdadero final del siglo XX. Quizá sea cierto, quizá ella cierre algo que podría llamarse el “largo siglo XX” (hay quienes dicen que “el largo siglo XIX” se acabó con el comienzo de la Primera Guerra Mundial). Pero me gustaría agregar que se trata en muchos sentidos de un siglo XX latinoamericano. ¿Qué significa exactamente eso? Todavía lo sigo pensando mientras recorro unas calles habaneras en las que nada parece diferente, mientras voy hacia el aeropuerto. Lo cierto es que llegar a Cuba, y luego dejarla, nos vuelve a llenar de preguntas sobre lo que vemos, escuchamos, y sobre lo que somos. Y eso está bueno. Ese acaso sea el legado más grande de Fidel.

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