La lucha antiterrorista llegó a la playa

En el sur de Francia hubo enfrentamientos por la presencia de mujeres que vestían “burkini”, un traje de baño que cubre casi todo el cuerpo. En Noruega y Alemania la justicia avaló su uso. Y las grandes casas de moda crearon las líneas con inspiración en el islam.

A Occidente le asusta la moda impregnada de referencias al mundo musulmán. Intelectuales, justicia, policía y hasta una horda de enardecidos ciudadanos franceses han provocado un debate primero, decisiones judiciales después, intervención de la policía más tarde y, por último, violentos enfrentamientos que estallaron en una localidad de la isla de Córcega entre personas de origen magrebí y vecinos del pueblo de Sisco que se opusieron a que las mujeres magrebíes permanecieran en la playa vestidas con el ya polémico burkini, un traje de baño que cubre casi todo el cuerpo. Días antes, la ciudad balnearia de Cannes y otra localidad de la Costa Azul, Villeneuve-Loubet, habían prohibido el uso del burkini. La Asociación Francesa contra la Islamofobia (Ccif) presentó un recurso en contra de esta medida, pero los tribunales mantuvieron la legalidad de la prohibición. Hasta ahora ningún país de Europa se adentró en la espesa selva de la regulación legal del burkini. Algunas piscinas privadas del viejo continente lo excluyen, mientras que en dos países donde se presentó un debate, Noruega y Alemania, las autoridades avalaron el burkini.

La polémica sobre lo que se llama en Francia la “moda islámica” estalló hace unos meses, cuando un grupo de intelectuales puso en tela de juicio esa tendencia en el vestir que, según ellos, representaba la legitimación a través de la moda de la esclavitud en la que viven las mujeres del mundo árabe musulmán, donde, de acuerdo con lo que escriben en una columna publicada por el diario Le Monde y firmada por un filósofo y un profesor de letras modernas, Saïd Benmouffok y Bérenger Boureille, “la mujer velada no habla. A través de ella, es su marido, su padre, su hermano, su sistema patriarcal y toda la historia de la dominación masculina las que se están expresando”. La cuestión parece ser, sin embargo, más amplia que la planteada por ambos profesores, porque el debate y la intervención de las autoridades coinciden en un momento de fuerte islamofobia o desconfianza a raíz de los atentados perpetrados en Francia por sunitas radicales afiliados al Estado Islámico. En realidad, el tema empezó a plantearse con fuerza hacia el mes de marzo, luego de que varias marcas de ropa con sello mundial sacaran una línea inspirada en los modelos islámicos. La ministra francesa de las familias, de la infancia y del derecho de las mujeres, Laurence Rossignol, había acusado a las marcas que diseñan la moda islámica de ser “irresponsables” porque “en cierta forma promueven el encarcelamiento del cuerpo de las mujeres”. La ministra francesa recibió una avalancha de críticas en las redes sociales, pero también el respaldo de las asociaciones feministas, según las cuales “el velo islámico pretende volverse bello y elegante a través de los desfiles de moda que apuntan hacia un inmenso y jugoso mercado mundial”. De ello hay pocas dudas. Las grandes marcas de moda, casi todas en manos de capitales especulativos, han visto una ocasión imperdible de desarrollar una fructífera línea de ropa inspirada directamente en los cortes, telas y estilos propios del islam. De una u otra forma, con mayor o menos sutileza, marcas como Uniqlo (colección Púdica), Dolce & Gabbana (colección Abaya), Marks & Spencer (burkinis), Fringadine, H&M, Donna Karan, Tommy Hilfiger y Óscar de la Renta se lanzaron a la conquista de un mercado casi virgen que pesa unos 240.000 millones de dólares.

El oportunismo comercial de unos se cruzó así con las convicciones de otros. La llamada modest wear (moda púdica) cuenta con tantos partidarios como adversarios. Los intelectuales progresistas de Occidente critican esa moda porque ven en ella un premio a la sumisión. Así, la filósofa francesa Elisabeth Badinter llamó a todas las mujeres “a boicotear las marcas mundiales” que se meten en ese terreno. Sin embargo, para muchas musulmanas es un signo de victoria el hecho de que el velo sea reconocido como una posible tendencia de la moda y no como un castigo o una prenda que encierra a la mujer en un papel de sumisa escondida. La famosa bloguera Anam Sahid, creadora del blog The Style Menu (http://thestylemenu.com/), asegura que “la idea de que grandes marcas tengan líneas dedicadas a las musulmanas en una época en la cual el sentimiento antimusulmán está muy presente me resulta muy osado al mismo tiempo que me llena de orgullo y alegría”. En cambio, la periodista Faiza Zerouala, autora del libro Voces detrás del velo, denuncia el “puro oportunismo de las marcas. Tenemos la impresión de que esas marcas descubren ahora que las mujeres veladas desean vestirse bien, como si ambas cosas fuesen incompatibles”.

Las cifras del mercado son imponentes. Un informe de la consultora Thomson Reurets revela que en 2013 las consumidoras musulmanas gastaron 266.000 millones de dólares en ropa y calzado. La consultora prevé que en 2019 el mercado de la modest wear llegará a casi 500.000 millones de dólares. La realidad es sin embargo más compleja que una política comercial o la prohibición del burkini en varias playas francesas. En sociedades multiculturales y con un pesado pasado colonial de expoliaciones y crímenes masivos, no se entiende muy bien por qué hay que prohibir esta u otra ropa, o agredir, como ocurrió en Córcega, a quienes la llevan puesta. La tendencia a la ropa púdica precede incluso a las estrategias de las marcas. Muchas mujeres musulmanes que defienden el uso del velo se muestran en las redes sociales cubiertas con él, pero de una forma mucho más coqueta que el simple hijab. El burkini ha incendiado de nuevo la confrontación social, y en pleno verano. Y una vez más, no es el hedonismo occidental, la violencia promovida por el cine u otros vandalismos sociales lo que se está condenando, sino a los musulmanes. Por una u otra razón, esas grandes culturas del mundo están siendo objeto de múltiples atropellos en nombre de una lucha contra el terrorismo en la cual el velo o el burkini poco tienen que ver.

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