La máquina de piratear – Brecha digital

La máquina de piratear

Peter Sunde, uno de los célebres cofundadores de Pirate Bay, se ha embarcado en un nuevo proyecto con el único propósito de demostrar por el absurdo que el hecho de copiar el archivo de una canción no supone una pérdida para las discográficas, como éstas intentan hacer creer.

Peter Sunde, uno de los célebres cofundadores de Pirate Bay, ya pasó meses en prisión y debe millones de dólares a diferentes empresas por evadir el pago de derechos de canciones y películas. Incluso en este preciso momento está acusado en varias demandas por piratería. Pero Sunde defiende la idea de que sus iniciativas no causaron ningún daño y que las descargas no afectan negativamente las ventas musicales, sino que las incentivan y las favorecen. Es así que se ha embarcado en un nuevo proyecto, con el único propósito de demostrar por el absurdo que el hecho de copiar el archivo de una canción no supone una pérdida para las discográficas, como éstas intentan hacer creer.

Las discográficas consideran que cada copia tiene un valor de 1,25 dólares, por lo cual cada vez que alguien piratea un tema les estarían “robando” ese dinero.

Para demostrar que esto es una falacia absoluta, Sunde inventó un dispositivo llamado el Kopimashin, programado para hacer 100 copias por segundo de una misma canción (concretamente: “Crazy”, de Gnarls Barkley). Su objetivo es que el Libro Guiness de los récords verifique que ha sido la canción más copiada de la historia de la música; con 13 de estos dispositivos trabajando al mismo tiempo y señalando en una pantalla la cifra total en dólares que suponen las copias hechas hasta el momento, su idea es llegar a un número impagable que, siguiendo la lógica con la que se maneja la industria, supondría la bancarrota de la discográfica y de Gnarls Barkley. “Quiero demostrar con un ejemplo físico –que a su manera es también atractivo– que el hecho de ponerle precio a una copia es fútil.”

A un ritmo de diez hipotéticos millones de dólares de pérdidas por día –que evidentemente tendrán un efecto nulo sobre las discográficas–, la idea es demostrar que las cifras que la industria suele exigirle a The Pirate Bay (y a tantos otros piratas llevados a juicios ejemplares) por los costos de las copias son tan absurdas y ficticias como los números que aparecen en las pantallas de sus dispositivos.

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