La maratón de los oromos

Para el pueblo oromo, en Etiopía, la llegada a la meta de Feyisa Lilesa, ganador de la medalla de plata, fue tan importante como el arribo de Filípides para los antiguos griegos. Feyisa Lelisa cruzó los brazos sobre su cabeza, con las muñecas juntas, simbolizando las manos esposadas de los oromo encarcelados por el gobierno.

Feyisa Lilesa cruzando la meta en señal de protesta / Foto: AFP, Olivier Morin

Primero fue Filípides. Recorrió la distancia entre la llanura de Maratón y la ciudad de Atenas para anunciar la victoria de los atenienses en una batalla contra los persas, en el 490 antes de nuestra era. Ese aviso permitió que la polis se preparase para seguir resistiendo la invasión del poderoso enemigo. Pero aún estaba desguarnecida. Así que el resto del ejército griego también corrió esa distancia, para llegar antes que las naves persas y terminar el trabajo que habían comenzado. Una leyenda adecuada para la que fue una de las batallas decisivas de la antigüedad. Con un resultado diferente, lo que hoy conocemos como la Grecia clásica –y su legado para la cultura y la política de Occidente– tal vez hubiera sido una experiencia trunca.

En recuerdo de aquel episodio de hace 25 siglos, los maratones tienen la distancia que tienen, y son el broche de oro de los Juegos Olímpicos. Así fue también en Rio de Janeiro 2016. La ceremonia de cierre incluyó la premiación de los maratonistas. Para el pueblo oromo, un grupo humano que sufre la persecución del Estado, en Etiopía, la llegada a la meta de Feyisa Lilesa, ganador de la medalla de plata, fue tan importante como el arribo de Filípides para los antiguos griegos.

Feyisa Lilesa no cayó sin más aliento que el necesario para decir una palabra, niké, “victoria”, como le ocurrió al hoplita. Lo que hizo Lilesa fue cruzar los brazos sobre su cabeza, con las muñecas juntas, simbolizando las manos esposadas de los oromos encarcelados por el gobierno. Lilesa no murió en la meta, como el legendario Filípides, pero tuvo que pedir asilo político en Brasil, porque con su gesto arriesgó su vida.

Mil oromos han muerto desde diciembre, cuando el gobierno etíope comenzó a reprimir las protestas por un proyecto urbanístico que preveía extender la capital, Addis Abeba, en perjuicio de sus tierras de cultivo. Lo dijo Lilesa en la conferencia de prensa dada luego de ganar su medalla, el último día de los Juegos Olímpicos.

Y se quedó corto.

La larga presencia de los oromos en esa zona de África, que algunos autores cuentan en milenios, implica una deriva histórica extensa y compleja, que alterna períodos de indefensión y de poder. El siglo pasado fue particularmente duro para ese pueblo, y el presente no comenzó mejor. Las Naciones Unidas, a través de su alto comisionado para los Derechos Humanos, difundió cifras que indican que entre 2005 y 2008 hubo casi 600 ejecuciones extrajudiciales de oromos a manos del Estado etíope, y hay más de 40 desaparecidos registrados.

Por ahora el medallista tiene dos meses más de visado para permanecer en Brasil. Según la Bbc, el portavoz del gobierno etíope Getachew Reda dijo que (Lilesa) no tendrá ningún problema por su gesto político” ya que, “después de todo, es un atleta que aseguró una medalla de plata para su país”. Nada de eso es seguro. Ni siquiera lo es que pueda mantener su presea. La cadena británica recordó que podría ser objeto de sanciones por parte del Comité Olímpico Internacional, ya que la regla 50 de la Carta Olímpica prohíbe manifestaciones o protestas políticas.

A la mente viene la ceremonia de premiación de los 200 metros llanos en los Juegos Olímpicos de México, en el turbulento 1968. Ahí los ganadores del oro y el bronce, Tommie Smith y John­ Carlos, hicieron el saludo de los panteras negras mientras se tocaba el himno de Estados Unidos. Dos atletas negros tomando partido por la marginada comunidad negra en tiempos de lucha por los derechos civiles en el país bajo cuya bandera competían.

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