Medidas que miden fuerzas

La mirada siempre allá

Netuy marzo21

Para mí, que tengo algún año, medidas eran las medidas prontas de seguridad, aquellas que se votaban en tiempos del paleolítico temprano, antes de la dictadura. Y de ahí, de un salto, pasamos a las medidas antipandemia, que tienen algunos puntos en común con aquellas –lo del derecho de reunión es muy parecido– y cosas bien distintas: en aquellos tiempos, si te veían con un tapabocas, más bien te ametrallaban. Pero hay algo en lo que siempre se parecen: son antipopulares. ¿En qué sentido? En varios: se llenan la boca de libertad, pero recortan las pequeñas libertades de la gente de a pie, mientras expanden las de quienes no son tan de a pie. Te quedás sin poder trabajar y, salvo contadísimas excepciones pensadas para ser mencionadas en conferencias de prensa, nadie te va a devolver lo que perdiste, lo que perdés cada semana, cada mes, cada año. Ni ahora ni nunca. Marchaste. En cambio, hay planes para sostener «áreas sensibles de la economía». No quiero saber cuáles son; dejémoslo por ahí. Esta es una nota sobre cultura, así que no debo hurgar en esa miasma.

Algo que se ha mantenido desde el principio de la pandemia y que no tiene absolutamente ninguna justificación por el lado sanitario o científico ha sido la decisión de dejar abiertos algunos locales públicos (shopping centers, templos religiosos) y cerrar otros (cines, teatros, museos, tablados). Esto, a pesar de que varios de los primeros brotes se vinculaban a eventos religiosos. No se hizo una rotación, de modo que el sector perjudicado en un cierre no lo fuera en el siguiente; simplemente se dijo: «La cultura cierra, lo otro no». ¿Para qué complicarla? Es todo tan claro, tan obvio y tan de ellos que casi ni ganas dan de discutirlo, porque te van a decir: «Y sí, hermano, cerramos lo que no es útil». Sin embargo, sería inocente pensar que a los centros de poder no les importa la cultura. Les importa como aglutinante, como negocio, como factor de distracción, como uno de los mangos más importantes de ese sartén en el que se fríen nuestros destinos.

Quienes hacemos cultura en vivo (músicos, actores, payasos y afines) ya nos acostumbramos a que este gobierno no nos quiera, a que si fuera por él moriríamos de inanición y a que mucha gente haría una de sus fiestas clandestinas para celebrar nuestro fin. Lo sabemos, y no es ninguna exageración. Se celebró la suspensión del carnaval, se la gritó en las redes como un gol. Desconozco si es un tema de auténtico odio o de simple estrategia. No lo sé; me importa un pepino. Pero empecé hablando de las medidas de Pacheco Areco y mencioné, al pasar, la dictadura. Esta fue, contra su voluntad, un factor de desarrollo cultural –por oposición– importante. ¿A qué me refiero? A que, por ejemplo, todo el llamado canto popular surgió de entre las cenizas de múltiples proscripciones de artistas (algo parecido pasó con el movimiento teatral) y a que movimientos o, simplemente, conciencias posteriores germinaron en la grisura de sus liceos tristes y aburridísimos. Medio siglo después todo es más sutil, mejor planificado; no hay prohibiciones toscas que reúnan inmediatamente a los afectados en la vereda de enfrente. Ellos han sido previamente divididos por estúpidas discusiones implantadas desde quién sabe dónde, y los prohibidores no prohíben, sólo limitan actividades «por interés sanitario». La salud es lo primero, así que la gente va a entender que se puede pasar sin ir al teatro por un tiempo. Claro que se puede, pero no para siempre. Por algo existen esas cosas desde hace miles de años. También la religión, claro, pero este gobierno la protege, cosa que no ocurre con el arte. Y por eso es el arte el que eleva la mirada, buscando no una aparición celestial, sino algo que los creadores no sabemos bien qué es, salvo que es nuestro. Que es un motivo para vivir y que sin eso la vida no vale la pena. Es algo que nos separa un poco del fango del que venimos, aunque sea para contemplarlo mientras lo vamos inventando; la diferencia es que sabemos que somos sus inventores. Es algo que no está acá nomás, sino siempre un poco más allá, y nos hace caminar en su pos, como los horizontes de Yupanqui, de Galeano y de cualquier lugar no habitado por terraplanistas.

Sala Zitarrosa. Héctor Piastri

Se dirá que todas esas son actividades que requieren apoyo financiero para funcionar, por ejemplo, con limitaciones de aforo y que no se puede pedirle más al Estado. Se dirá, se dirá, tantas cosas se dirán… Vamos, los dineros del Estado uruguayo casi no se han tocado, y algunos son capaces de expresarlo con orgullo, cuando es una vulgar canallada. Sólo imaginen, por un momento, si, en vez de sanitaria, la crisis fuera bancaria. ¿Vieron cómo había plata? ¡Y con qué facilidad aparecía! Entonces, uno se pregunta si será verdad que «la salud es lo primero». Y se contesta: «Bueno, parecería estar después de un montón de cosas: de las finanzas del Estado, del buen desarrollo de las actividades de los malla oro y de la salud –ahora sí en primer lugar– de esos malla oro y sus familias». ¿Y la salud mental? La mencionan para explicar por qué –con buen tino– no prohíben ir a pasear a una plaza, pero no piensan en ella cuando cierran cines, teatros, tablados y hasta calles donde se desarrolla cultura, indefinidamente. Entonces, la salud no es lo primero. Sólo se le asigna ese lugar, cuando conviene, en ciertas partes del discurso.

Atentar contra la cultura no es otra cosa que un intento de sustituir un tipo de cultura por otro. Una especie de declaración de guerra cultural; una más, y van muchísimas. Crecí y viví siendo testigo de distintas batallas de este tipo: sin pandemia o con pandemia, sin crisis o con ella, con excusas ideológicas o con pretextos comerciales, identitarios, patrióticos, racistas, clasistas, europeístas, lo que fuera, y con los apoyos más dispares e insólitos. Y la cultura florecía una y otra vez, tras las podas y las siegas, renovada. Porque no es una selva fácil de destruir: es parte de nosotros. Y la gente, cuando sufre, se vuelve más aguerridamente cultural. Veamos hasta dónde se pretende llegar esta vez. Estaremos alerta, todo el tiempo alerta, inventando nuevas formas de pasar por las rendijas que deje su necio afán limitador y sin permitir que las nuevas discusiones de silicona nos impidan mantenernos juntos en este frente. La cabeza levantada, la mirada siempre allá.

1. Frase extraída de la canción «Pelota al medio», de Jorge Lazaroff.

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