La mortal travesía, el peor espejo de Europa

La decisión de la intendenta de París de crear un campo humanitario es apenas una medida de alivio que no oculta la oprobiosa gestión de la crisis de los migrantes asumida por la Unión Europea. Crece el negocio de los traficantes de personas.

Naufragio de una embarcación con cientos de inmigrantes en la costa de Libia el 25 de mayo / Foto: AFP

Un puñado de tierra en un mar que se traga miles de vidas. La decisión tomada por la intendenta de París, la socialista Anne Hidalgo, de construir en la capital francesa un “campo humanitario” para proteger a los cientos de víctimas de las guerras en Oriente Medio que huyen de sus países y terminan a la intemperie en las capitales europeas es apenas una medida de alivio que en ningún modo oculta la oprobiosa gestión de la crisis de los migrantes asumida por la Unión Europea. Hoy, alrededor de 900 migrantes viven en carpas en el distrito 18 de la capital francesa. Las Ong humanitarias calculan que aproximadamente entre 20 y 60 refugiados por día llegan a París. Como lo reconoció la dirigente socialista, “Europa no ha estado a la altura de su historia”. El anuncio de Hidalgo destapa además una clara confrontación con el gobierno de Manuel Valls, cuya actitud ha sido, al igual que la de casi todos los demás responsables políticos de la Unión Europea, de una aplicada modestia. Prueba de ello, el ministerio francés de Interior puso cara larga y en un comunicado aseguró que “el Estado no hace ningún comentario. El Estado se pronunciará sobre este proyecto cuando haya sido informado de sus objetivos y de su articulación con el derecho de residencia”.

La llegada masiva a tierras europeas de refugiados espantados por las guerras que Occidente concurrió a desatar mostró el peor espejo de Europa. Incompetencia, inmovilismo, egoísmos destructores, indolencia y un oportunismo que dejó en segundo plano a los famosos criterios “humanitarios” que el viejo continente defiende en todos los foros mundiales. Atravesar el Mediterráneo siguiendo las tres rutas consagradas, que son el Estrecho de Gibraltar, Sicilia vía Libia y el Mediterráneo oriental, se tornó una travesía mortal. Desde que empezó el año 2016, cerca de 2 mil refugiados fueron tragados por las aguas del Mediterráneo. No son especulaciones sino datos duros proporcionados a la vez por la Organización Internacional de las Migraciones (Oim) y el Acnur, la agencia de la Onu encargada de los refugiados. Médicos Sin Fronteras hizo un cálculo macabro: un promedio de diez personas muere cada día en esa travesía. A esta danza marítima de la muerte la envuelve otra realidad más siniestra cuyo alcance fue revelado por dos organismos policiales, Europol e Interpol. El 90 por ciento de los refugiados que intentó llegar a Europa lo hizo a través de redes de delincuentes. El “negocio de los refugiados” se ha convertido en la inversión-estafa más fructífera regenteada por el crimen organizado. Una investigación conjunta de Europol e Interpol demuestra que, en 2014, ese tráfico de refugiados arrojó una ganancia que oscila entre los 5.000 y los 6.000 millones de dólares. El negocio es una multinacional perfectamente aceitada en cuya organización se mueven personas oriundas “de más de un centenar de países”. Las cifras son tan contundentes que, a menudo, resulta imposible visualizarlas y conectarlas con Europa. En febrero de 2016 la misma Europol reveló que unos 10 mil niños migrantes desaparecieron cuando llegaron a Europa. La Ong Save the Children calcula que de los 270 mil niños refugiados que pisaron el Viejo Continente en 2015, 26 mil lo hicieron sin compañía alguna. Datos policiales apuntan que esos niños están en manos de “una infraestructura criminal paneuropea” que se ha ido creando mientras crecía el flujo de refugiados, y cuyas cabezas directivas están instaladas en Hungría y Alemania.

Cada vez que los europeos cierran alguna ruta las mafias incrementan sus ganancias. Así ocurrió con el Egeo, encadenado por las misiones del organismo europeo Frontex, la Otan y las policías locales. Una familia paga un promedio de 13 mil dólares por un viaje sin destino garantizado. En marzo pasado el cierre de la ruta balcánica dejó atrapados a más de 100 mil refugiados en Grecia. Una demostración magistral de la descoordinación entre países a los que sólo les importa cerrar sus fronteras sin tomar en cuenta la repercusión en otros países ni el destino de decenas de miles de personas. Bulgaria, Albania y Turquía fueron remplazando las rutas cerradas, con el consiguiente riesgo y las estafas que acechan a los refugiados. Desde 2014 hay cerca de 3 mil tumbas sin nombre cavadas en cementerios improvisados en Turquía, Grecia e Italia.

En un plano estrictamente político, y pese a la apabullante violación de todos los derechos posibles, la Comisión Europea ha dado su visto bueno a las políticas migratorias más chocantes. Así lo hizo con la política migratoria que España diseñó en Ceuta y Melilla, caracterizada, entre otras cosas, por lo que se conoce como “devoluciones inmediatas”. Lo mismo ocurrió con el pacto al que llegaron Turquía y la Unión Europea cuyo objetivo consiste en expulsar sin demora a los refugiados. El llamado “pacto de la vergüenza” entre Bruselas y Ankara tiene como resultado que todos los refugiados que llegan a Grecia sean expulsados a Turquía, que a su vez los envía a sus países de origen, incluso a los sirios. Así, mientras Turquía reprime con ferocidad a opositores y críticos de su gobierno, la UE lo legitima con un acuerdo vestido de deshumanidad. El ministro belga del Interior, Jean Jambon, se animó a comentar que “los turcos están muy alejados de los valores y los principios de Europa”. Para que Ankara accediese a convertirse en el socio deportador oficial de la UE, la Comisión Europea aceptó una de las exigencias de Turquía: recomendar que a los ciudadanos turcos se los exima del visado necesario para su desplazamiento dentro de la Unión Europea. Todos esos regateos administrativos no sirvieron de mucho. El presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, se negó a implementar el pacto y a cambiar la ley antiterrorista –otra exigencia de la UE– mientras la UE no acelere el tema de las visas. Y mientras tanto, en Dinamarca, el gobierno de centroderecha de Lars Lokke se encargaba de adoptar una ley que declaraba “traficante de personas” a todo aquel que ayudara a un refugiado, y otra que autorizaba a las autoridades a sacarles a los refugiados los bienes que poseen. En Europa esa medida remite inmediatamente al basural de la historia que fue la horrenda incautación de los bienes de los judíos decidida por los nazis. Mucho ha cambiado si se recuerda que Dinamarca fue uno de los primeros países del mundo en ratificar la convención de la Onu para los refugiados, elaborada en 1951.

Cada país, sucesivamente, ha ido rematando su humanismo en la sala de ventas de los populismos de extrema derecha que crecen como enredaderas por el muro de la crisis de los refugiados. Tarifa, Lesbos, Calais, Lampedusa, Ceuta, Melilla, esos nombres designan geografías mortales y humillaciones para centenas de miles de personas. Lo que ocurre en la otra frontera famosa, la de Estados Unidos con México, es un dibujo animado al lado de la hecatombe moral y humanitaria por la que atraviesa Europa. La historia más reciente de las fronteras europeas está escrita con el puño de la muerte y de la cobardía. Europa rehabilitó el famoso concepto de “la banalidad del mal” propuesto por Hannah Arendt. Luego, reactualizó otra tendencia surgida en el siglo XX: convirtió a los refugiados en seres humanos sin derecho.

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