Benedicte, madre de mis hijos, leía los ensayos de filosofía como si fueran novelas, solo que los personajes y todas sus vicisitudes eran las ideas. Cuando yo hojeaba sus compras los sábados de mañana en las librerías del Barrio Latino, me parecían cuentos de misterio. Me costaba imaginar las ideas viviendo combates, aventuras, derrotas y de vez en cuando alguna batalla vencedora. Hasta que cayó entre mis manos El conocimiento del conocimiento de Edgar Morin. El misterio se transformó en una aventura. Entraba a machetazos, como en una selva tropical, cortando lianas y buscando claros. Fueron cayendo así trozos de sectarismo bastante arraigados, simplificaciones, verdades definitivas, ilusiones como el valor absoluto del racionalismo. Comencé a ver las flaquezas del análisis como un método ...
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