La pampa es un refugio - Semanario Brecha
Sobre la novela Los llanos, de Federico Falco

La pampa es un refugio

Los llanos es un maduro ejercicio de escritura que ofrece un punto de vista nuevo sobre formas de representar el espacio en Argentina, pensando la relación entre trabajo, narración y paisaje a partir de un detallado y delicado registro íntimo.

universosliterarios.com, Pablo José Rey

Esta novela da vuelta por completo el imaginario pampeano en Argentina. Porque, si se tiene en cuenta la relevancia de las representaciones fundacionales de este (textos decimonónicos como Facundo, de Domingo Faustino Sarmiento; La cautiva, de Esteban Echeverría, e, incluso, Martín Fierro, de José Hernández), la pampa suele ser el espacio de la política, la violencia, la lucha y los discursos nacionales, un lugar en el que hay puro movimiento y viajes. Nada de eso pasa en Los llanos. Acá la pampa es intimidad, quietud, inmovilidad. La pampa es un refugio.

El narrador cuenta, en primera persona, la historia de la decisión de irse a vivir al campo luego de que su pareja decidiera terminar una larga relación. Decir «en primera persona» podría resultar algo exagerado, sin embargo, porque en varias partes la novela está construida por frases breves que no tienen un verbo principal o en las que escasean los verbos conjugados. He aquí un ejemplo: «Cabrera. Día de sol. Cielo sin una nube. Viento sur. Mucho frío. Guadal. Seco. La luz que hiere en el mediodía. Las calles anchas y desiertas. Los árboles bajos talados para que no rocen los cables. El viento. La intemperie. La luz de la siesta que hace doler la cabeza». Al mismo tiempo, abundan los infinitivos, que, de hecho, contribuyen significativamente a esa sensación de quietud, morosidad, observación. En muchos sentidos, Los llanos es una novela de aprendizaje, de aprender los ritmos de la naturaleza, lo que el narrador llama «la música de las cosechas». Esto se imprime con claridad en la propia estructura de la novela, cuyas diferentes secciones se corresponden con los meses del año, comenzando en enero y terminando en setiembre. También, como surge de la cita transcrita arriba, por momentos –de allí esa particular intimidad entre el yo y el paisaje– es la escritura de un diario de experiencia, de sentimientos e impresiones (véase, por ejemplo, la casi total predominancia del presente), pero también un registro del trabajo cotidiano, de los cultivos de los que se ocupa el narrador. Porque, significativamente, la cuestión del ritmo a que me refería se asocia al trabajo en la huerta.

Así, la novela incluye el registro de los errores, las frustraciones y los aprendizajes del narrador, que dedica por entero su tiempo de duelo a cuidar de una huerta, tarea que le era por completo ajena: «Trasplanto los repollos a macetitas individuales y termino de armar el cantero nuevo. Cosecho la tercera tanda de rabanitos. […] En el cantero de baldosas ya empiezan a despuntar los ajos. La espinaca salió linda y pareja. La planta de tomates chinos sigue dando y dando. Chauchas enanas en abundante cosecha». Al ser una novela sobre, digamos, los trabajos y los días, Los llanos se entronca con una tradición filosófica o estética (la clásica obra de Hesíodo incluía un almanaque agrario) en la que la libertad, la identidad y la relación con el paisaje se construyen a partir del trabajo. Si en Hesíodo se trataba de alcanzar el deseado areté, en la novela de Federico Falco se trata de comenzar de nuevo, de llevar adelante un proceso de sanación. Y si en muchos momentos el narrador permanece quieto, inmóvil, pensando u observando, también es cierto que en otros momentos está trabajando. Es decir, vemos con frecuencia un cuerpo que hace cosas: «Todo se resuelve en el hacer».

Si bien la novela transcurre casi por completo en el presente del campo, también es cierto que el recuerdo está muy presente. Hay dos líneas de flashback que van alternándose con las pequeñas aventuras diarias en la huerta y en el pueblo cercano: una consiste en el recuerdo de la relación del narrador con Ciro y, crucialmente, en su final (eventos que ocurren en Buenos Aires); la otra se proyecta hacia más atrás, hacia General Cabrera, un pueblo de la provincia de Córdoba. Aquí el narrador rememora la difícil relación con su familia y, sobre todo, la asfixia del saberse gay y la falta de apoyo familiar al respecto: «Una vez intenté contárselo a mamá. No, dijo ella. Se le había oscurecido la cara. No, dijo, y nunca supe muy bien qué significaba esa negativa. No es cierto. No te lo permito. No lo creo. No lo quiero saber. No lo digas. No puedo. Después ya nunca se habló de eso». La madre, por cierto, reacciona mejor que el padre. Esta historia explica, entonces, la llegada a Buenos Aires.

Los llanos no imagina el trabajo físico solo como el trabajo en la huerta. De manera paulatina se va proponiendo un paralelismo –que acaba por hacerse explícito– entre ese trabajo y el de la escritura, que empieza a ser concebida, crecientemente, como otra materialidad que resulta de un esfuerzo concreto. Así, el tiempo y el cuerpo también se dedican a la literatura. Cultivar la escritura se vuelve un ejercicio hecho de errores, frustraciones y aprendizajes. Esto es importante: Los llanos acaba constituyendo una reflexión sobre la relación del yo con la escritura y sobre el lugar de esta en el proceso de duelo. Escribir es otra forma de dar una forma, un orden, al mundo. Ya más cerca del final, la condición artesanal, manual, del trabajo de escritura no deja de estar presente, pero la idea del creador que todo lo maneja y controla pasa a un segundo plano, para reconocerse como alguien a quien la propia escritura le impone un ritmo, le exige paciencia: «Antes pensaba que había que tratar a la escritura como a la arcilla. Ahora me pregunto si se podría escribir como se hace una huerta».

Los llanos, de Federico Falco. Buenos Aires: Anagrama, 2020. 240 págs.

Ese trabajo de –o con– la escritura debe leerse en paralelo al otro vínculo que va moldeando las reflexiones y el hacer del personaje. Me refiero a la relación entre el yo y el paisaje. Volviendo al comienzo de esta nota, cabría reflexionar sobre un aspecto de la pampa, también importante en su historia representacional, que sí conserva la novela de Falco: la idea del desierto. Es decir, como en algunos de los textos clásicos sobre este espacio, en Los llanos la pampa vuelve a ser soledad, vuelve a ser vacío, vuelve a ser plena amplitud, vuelve a ser horizonte. Es claro –y hay aquí una diferencia importante con representaciones clásicas– que en la novela estas impresiones se viven desde la experiencia del yo, en diálogo con el mundo y la devastación interiores desde los cuales el paisaje se observa: «Yo en el paisaje. Yo en la llanura». También hay iluminadoras reflexiones sobre cómo la propia prosa que leemos se parece, ella misma, al paisaje contemplado y vivido. Y si para cierta tradición el vacío pampeano era una fuente de nerviosismo, una amenaza (el desierto era el lugar de la barbarie) y un impulso para la conquista, también acá aparece la necesidad de llenar el vacío. Solo que en Los llanos esta tarea no se lleva a cabo con ejércitos, con la fundación de ciudades ni con el trazado de mapas, sino con el trabajo en la huerta y en la propia escritura. Esas son las formas para llenar el espacio. Y el tiempo.

Surge de las páginas de esta novela una rica reflexión sobre cómo vivir el tiempo en medio de la soledad pampeana. De algún modo, la estructuración a partir de los meses del año es una confirmación de este lugar central del tiempo en el hacer del narrador: el ritmo de la cosecha puede ser un modo de llenar el vacío. Otro es, claro, la narración misma. Es necesario, en este sentido, subrayar la importancia de la observación en el texto, ya que este es también una reflexión sobre cómo mirar el paisaje («el terror de mirar la pampa»), sobre las posibilidades de entenderlo, contarlo y, a veces, domesticarlo.

Artículos relacionados