La política en la era de la desconfianza profunda – Brecha digital

La política en la era de la desconfianza profunda

El marco, la meseta toledana. Al fondo, el castillo de Consuegra, una construcción militar del siglo X. Al frente, el doctor Gustavo Salle: cuatro botones de la camisa desabrochados, visiblemente dominado por la emoción. El fallo del juez Alejandro Recarey lo alcanzó en tierras manchegas. Salle se vuelve y señala la construcción a sus espaldas. Dice: «Este castillo representa el poder, de la aristocracia, de la nobleza, del poder económico, que desde tiempos inmemoriales masacra conspirativamente a la humanidad». Se da vuelta otra vez y vuelve a señalar: «Eso representa poder, eso representa manipulación, eso representa genocidio, a lo largo y ancho de la historia». Su voz se quiebra.

La cámara gira hacia la izquierda del espectador. Aparecen en primer plano los famosos molinos contra los que cargó aquel manchego, aquel estrafalario fantasma del desierto. Salle exclama: «Estos molinos representan la lucha por los valores. Y hoy, en Uruguay, el doctor Recarey, el doctor [Maximiliano] Dentone, el doctor [Víctor] Bordoli, el doctor Fernando Torres, lograron destruir castillos más importantes que ese que se erige detrás de mí. Logramos poner de rodillas, aunque sea por unos minutos, a la elite hegemónica internacional, despobladora, genocida, manipuladora, mentirosa, desalmada. Y eso lo tenemos que festejar». Su voz se vuelve a quebrar. «No fueron quijotes ni el juez Recarey, ni el doctor Dentone, ni el doctor Bordoli, ni el doctor Torres, fueron seres humanos con sentido común, con racionalidad, tirando por tierra la distopía y la anormalidad que nos imponen tipos como Bill Gates, Klaus Schwab, Yuval Harari… Ganó la vida, ganó la verdad. Ganó el pueblo, ganó la humanidad. Perdió la elite y los esbirros canallas, que los acompañan siempre, recogiendo unas moneditas, porque es por eso que se ponen del lado de la elite. Por unas moneditas, nada más.»

El video circuló ampliamente en las distintas plataformas electrónicas desde el mismo día en que fuera grabado, el jueves de la semana pasada; en muchos casos, ha de suponerse, que como objeto de burla, de consumo irónico, sobre todo entre sectores de la clase media universitaria.

Pero el asunto es serio. No la sentencia del juez Recarey ni la consecuente suspensión de la vacunación anticovídica en menores de edad, que lo son sin dudas, sino el discurso del doctor Salle, que lo es también, aunque su seriedad pueda resultar menos evidente.

El reclamo plebeyo del doctor Salle –pecho al viento, cuatro botones de su camisa a cuadros desabrochados– puede parecerle demasiado burdo, demasiado ignorante, demasiado destemplado a una clase media educada, moderna y sofisticada. Y seguramente lo sea. Lo que no es ni remotamente cierto es que sea una mera anécdota, un fenómeno tan minoritario como esa clase media que rara vez se aleja más de diez cuadras del parque Rodó está convencida de que es. Algo está pasando. Algo importante. Y Salle es un indicador, un síntoma, una señal de ello.

***

Hay una crisis, por ahora incipiente, pero todo parece indicar que en franco crecimiento: una crisis de confianza respecto de las instituciones más fundamentales de la modernidad. Pierre Rosanvallon, en un trabajo relativamente reciente, La contrademocracia (2006), aborda la interesante y actualísima cuestión de la política en una era de desconfianza. Entiende Rosanvallon que la expresión de la desconfianza política ha tomado dos grandes vías en la modernidad: la liberal y la democrática.

«La desconfianza liberal respecto del poder ha sido teorizada y comentada a menudo. Montesquieu le ha dado su expresión canónica y los padres fundadores del régimen norteamericano le han dado forma constitucional. Toda la visión de un Madison, en el período de debate de la Constitución federal, se basa en la obsesión por prevenir la acumulación de poderes. Su proyecto no fue edificar un gobierno bueno y fuerte fundado en la confianza popular, sino constituir un poder débil e institucionalizar la sospecha. El objetivo para él era más bien proteger al individuo de las invasiones del poder público antes que coronar al ciudadano.»

«[Pero] existe otro enfoque, de tipo democrático, de la desconfianza», apunta el autor. Se refiere al enfoque que tiene como objetivo «velar por que el poder sea fiel a sus compromisos, buscar los medios que permitan mantener la exigencia inicial de un servicio al bien común».

Habría que considerar la posibilidad de que Rosanvallon no haya advertido la existencia de un tercer tipo de desconfianza: una que, a falta de un nombre mejor, podríamos llamar desconfianza profunda. Si tanto en la desconfianza liberal como en la desconfianza democrática se parte de la existencia de acuerdos básicos compartidos, en la desconfianza profunda no los hay. Veamos un típico caso de desconfianza democrática según Rosanvallon, para hacer las respectivas comparaciones. Se trata de la desconfianza hacia los expertos.

«La era de las catástrofes y las incertidumbres, que es la nuestra, ha conducido […] a conjugar la aprehensión respecto de las industrias y las tecnologías modernas con la noción de riesgo mucho más que con la de progreso. Esta sociedad del riesgo es estructuralmente una sociedad de la desconfianza frente al porvenir. Pero el problema es que los ciudadanos, a pesar de todo, están condenados a confiar en los científicos; no disponen, de hecho, de elementos autónomos de apreciación sobre los problemas en cuestión. El papel de los científicos es percibido así como ineludible y problemático al mismo tiempo. La única estrategia que pueden adoptar los ciudadanos es, por lo tanto, obligar a estos últimos a explicarse y rendir cuentas. Intentar instituir positivamente la desconfianza, como una suerte de barrera de protección, de un condicionamiento protector de los intereses sociales.»

De esta suerte, cree Rosanvallon, el ciudadano, al buscar resolver los problemas que los especialistas no han podido prever ni evitar, se encuentra nuevamente a expensas de estos. Es decir, no tiene otra solución que delegar los problemas en manos de los especialistas, pero multiplicando los dispositivos para controlarlos y supervisarlos. La desconfianza democrática de Rosanvallon es un tipo de actitud moderadamente precautoria frente a expertos que no lo saben todo, aunque a veces, muchas veces, actúen como si fueran infalibles.

Sin embargo, no es ese tipo de desconfianza el que está en juego en nuestro caso. La que llamamos desconfianza profunda no es una desconfianza orientada hacia el veredicto de los expertos respecto de tal o cual tema, sino hacia los expertos mismos, hacia las instituciones que los han investido de autoridad, hacia el sistema de producción, de circulación y de validación del conocimiento en su conjunto. Este tipo de desconfianza no se apoya en la idea, muy razonable, de que incluso los expertos se pueden equivocar, y que incluso los expertos deben rendir cuentas, sino en la idea, mucho más radical, de que los expertos son un fraude, así como son un fraude, un embuste, un engaño a gran escala las instituciones en las que se han formado y en las que trabajan.

Muchos disconformes y desconfiados reciben respuestas que nunca van a satisfacer su disconformidad ni su desconfianza, porque comulgan con la idea de que la verdad está siendo sistemáticamente ocultada. Si el régimen de producción de conocimientos aceptados y socialmente legitimados es tenido por un simple fraude y por fraudulentos todos los presuntos expertos que lo representan, no estamos frente a una desconfianza local, sino global; no se trata de una desconfianza superficial, sino de una desconfianza profunda.

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Después de reírnos de los videos de Salle, habría que pensar en las consecuencias que tiene el hecho de que sectores crecientemente numerosos de la sociedad crean no que el gobierno es malo, no que ciertos científicos son mediocres, no incluso que toda la ciencia nacional es de mala calidad, sino que toda la ciencia a escala internacional es una estafa, un instrumento de embuste y de mera promoción personal de sus miembros. Habría que pensar, también, en los efectos de la creencia, cada vez más extendida, de que todos los gobiernos mienten, no cada uno a su modo y a su manera, sino que todos siguen el mismo libreto, elaborado por la elite plutocrática internacional.

Es cierto que la democracia tal cual la conocemos no solamente es compatible, sino que necesita, de hecho, de cierto escepticismo moderado, de una desconfianza democrática, en términos de Rosanvallon. Pero hay otro escepticismo, uno radical, que inspira una desconfianza profunda en las instituciones de la modernidad, como la ciencia, el Estado y la democracia.

El problema, entonces, no es Salle. Salle es solamente la expresión pintoresca de algo que asoma en el horizonte como un cambio radical de época, cuando la totalidad de las instituciones de la modernidad hayan caído bajo el más profundo descrédito.

Parte del escepticismo que convocó la pandemia es un escepticismo moderado, una desconfianza democrática en los grandes poderes fácticos, tanto económicos como políticos. Que ese cambio de época que asoma en el horizonte finalmente se produzca o no se produzca depende, en buena medida, del hecho de que ese escepticismo moderado se convierta o no en radical, de que esa desconfianza democrática se convierta o no en desconfianza profunda.

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