En Cinemateca: De repente, el paraíso

La potencia de un punto de vista

En 2019, cuando se estrenó este título, diez años habían pasado desde la trilogía de largometrajes que hizo famoso al cineasta palestino Elia Suleiman. Aquellas películas –Chronicle of a Disappearance (1996), Divine Intervention (2002) y The Time That Remains (2009)– definieron algunas claves de estilo que conformaban una unidad ética y estética: el protagonismo del director frente a cámara y la explicitación de su punto de vista, la utilización de familiares y amigos en lugar de actores, el retrato punzante de la cotidianidad de la vida en un territorio ocupado, la reflexión acerca de la identidad, la modernidad, el progresismo y sus contradicciones. El enfoque de Suleiman, basado en el humor negro y la ironía, se despega de las dramatizaciones habituales acerca de los conflictos bélicos en Oriente Medio, en gran medida gracias a la construcción de viñetas escénicas independientes que aportan, cada una y en su acumulación sucesiva, un tono absurdo y onírico al conjunto.

A pesar de la distancia temporal que hubo entre esta producción y las anteriores, De repente, el paraíso mantiene muchos puntos de contacto con las otras películas del director. El Suleiman personaje, nuestro guía durante todo el recorrido, es un observador casi impertérrito, silencioso e inexpresivo de la realidad que lo rodea, primero en Nazaret, su tierra natal, y luego en París y Nueva York, lugares hacia los que parece huir en busca de nuevas posibilidades para financiar su cine. Si en la trilogía solían aparecer sus familiares, ahora lo que queda de ellos es una casa solitaria con fotos, un andador y una silla de ruedas que unos jóvenes anónimos se llevan en una camioneta. Los lazos inmediatos con el pasado se han ido, pero ahí siguen los símbolos: el limonero del jardín, el árbol nuevo que hay que seguir regando, la arquitectura de puertas y ventanas, las calles de tierra, el pensamiento mágico de los vecinos y otros rastros del peso de una cultura que, con maestría, el director logra hacer aparecer frente a nuestros ojos sin apelar a exotismos ni estereotipos romantizadores.

La realidad palestina que observamos a través de la mirada de Suleiman es la de un pueblo cuya religión parece sustentarse en rituales sin sentido, signada por la violencia, la represión policial y el malestar generalizado. Una supuesta solidaridad superficial tapa con diario los intereses individualistas de los miembros de la comunidad, a menudo atrapados en absurdos enfrentamientos. Pero lo interesante es que, más allá de la efectiva transmisión de una atmósfera opresiva y tragicómica, Suleiman nunca deja de hacernos notar, desde la composición y el montaje, que eso que nos está mostrando es puro artificio. «Esto es el cine, y es una mentira», parece decirnos todo el tiempo, proponiendo un juego en el que se nos invita a disfrutar de la simetría, los reencuadres, las superposiciones y el movimiento que hacen los personajes o los objetos en cada plano. Al mismo tiempo, la mayoría de esas propuestas lúdicas en las que caemos con ingenuidad esconden significaciones pesimistas y oscuras que denuncian la desigualdad, la hipocresía y la agresividad como consecuencias insalvables de las sociedades controladas por el poder global, demasiado parecidas en todas partes.

Suleiman llega a París y retrata las supuestas promesas paradisíacas que la ciudad le ofrece en una secuencia en la que decenas de mujeres hermosas vestidas con poca ropa, símbolos incuestionables de la libertad occidental y la sensualidad capitalista, desfilan por delante de él mientras la voz de Nina Simone canta I Put a Spell on You. Pero el hechizo occidental dura poco: los franceses no están exentos del hambre ni de la militarización; la industria de la moda y la belleza está apoyada en la espalda de miles de migrantes; la naturalización de la caridad impide cualquier tipo de cuestionamiento sistémico. Y si hasta ahí no nos habíamos dado cuenta de las preguntas sobre la representación que la puesta en escena pone sobre la mesa, invitándonos a desconfiar de sus propias construcciones, ahora Suleiman se encuentra con un productor progresista que rechaza su próxima película por no ser «suficientemente palestina». El paso del cineasta por Nueva York es prácticamente análogo al que hace por París, aunque el retrato de la sociedad estadounidense está realizado con una brocha algo más gruesa. Sin embargo, el encuentro con el actor Gael García Bernal y la secuencia en que la Policía persigue a una muchacha vestida con la bandera de Palestina y dos alas de ángel son lo suficientemente ambiguas como para cerrar con contundencia la acumulación de escenas brillantes y demoledoras que compone la película, tal vez mucho más efectiva en términos de empatía que la abundancia de sangre y cuerpos despedazados.

El paraíso no está en ningún lado y en Palestina menos que menos. Suleiman ve desde su auto cómo, en otro auto al lado suyo, dos soldados israelíes se intercambian, divertidos, los anteojos de sol mientras llevan en el asiento de atrás una mujer con las manos atadas y los ojos vendados. La inesperada escena resulta un recordatorio sumamente efectivo e incómodo de las violaciones de los derechos humanos. Pero Palestina también son los jóvenes bailando a todo lo que da en una discoteca, y las muchachas que cargan baldes de agua en la cabeza a través del bosque, y los hermosos cactus que adornan la colina, y el diálogo complejo con los espectadores de todo el mundo que Suleiman genera una y otra vez, con valentía y rigor estético.

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