La regla es que goces – Brecha digital

La regla es que goces

El calor de diciembre avanza y surgen algunas instantáneas de la ciudad, por lo menos de la ciudad que baila: milonga, bachata, candombe, rock, pop y la movida gay.

Foto PRESIDENCIA

Lleva un conjunto de pantalón y saco muy rojos. Está tomando una copa de vino de un color similar. Una camisa negra, los zapatos bien lustrados lucen desde lejos. Ya son las 20.30 y solo, sentado en una mesa al aire libre, León se peina las canas con los dedos y espera que se arme la milonga. Un joven tira talco sobre el asfalto para que la suela de los zapatos resbale como corresponde. Hoy La Mordida Tango Club ha cortado la calle Maldonado, entre Michelini y Gutiérrez Ruiz, para la última milongueada del año.

La verdad es que el nombre le queda al pelo a León, que espera agazapado a las chicas jóvenes para sacarlas a bailar: “El baile te hace segregar más hormonas, estimula el rejuvenecimiento y el ejercicio mental, igual que el vino”, ríe y se justifica. “Voy de la pista de la milonga a la cancha de la vida”, agrega con tono arrabalero. Declara unos “25 años de edad espiritual” y se le caen unas cuantas sotas.

Mientras, en la pista improvisada en plena calle termina la tanda de tres temas –tango, vals y milonga (la más rápida de los tres)– y hay cambio de parejas. Se invita a bailar a la mujer con un cabeceo y es de mala educación que ésta diga que no, por lo menos una hay que bailar y a lo sumo la incomodidad dura tres o cuatro piezas. En la pista los movimientos están organizados “socialmente” para que las parejas giren en sentido contrario a las agujas del reloj.

Para aprender a bailar, “un 50 por ciento es un buen abrazo, y el resto es caminar y pisar con la música”, dice el veterano, según lo que ha aprendido en sus clases de los martes de noche en La Mordida.

—¿Y si te gusta alguna del curso, cómo hacés?
—La apretás bien, y después la sacás a bailar más tarde, cuando se arma la milonga.

Pero es “de código”, explica León, que no te podés ir del baile con la mujer: “Acá se baila apretado, mejilla con mejilla, hay mucho de erotismo, pero la actividad erótica es distinta de la sexual. Son dos cosas separadas”.

La Mordida Tango Club es un lugar abierto donde conviven la danza y la música en vivo, cosa que no sucede muy a menudo en Montevideo, explica Natalia Mazza, la profesora del curso. Todas las noches pasan bandas a tocar gratis y las clases son a la gorra. El concepto de club se incorporó porque la idea es que el espacio se gestione entre todos para fortalecer el vínculo y las redes.

Jóvenes y veteranos festejan hoy a lo grande porque no están seguros de que el proyecto continúe el año que viene. El problema es la falta de espacios, explica Natalia, y este año los vecinos denunciaron al boliche por los “ruidos sociales”. Ya no son los ruidos molestos provocados por la música los que se ha puesto de moda denunciar, sino los que la gente genera en la calle, y varios bares de Montevideo han sido clausurados por este motivo.

A la mesa de León se arrima Lina Sandoval, con su falda negra, sus zapatos en blanco y negro y sus 86 años. Se acerca para agregar que ella no nació llorando, sino que nació bailando. Que no sabe lo que es tomar ni una aspirina. Y que se viene a la milonga en taxi porque en el ómnibus le da vergüenza que la miren con sus medias de red y su atuendo de tanguera. Se aleja saludando porque ahora ya llega su compañero de baile.

Hoy la milongueada en la calle la cierra El Fueyazo, un grupo de músicos montevideanos que traen a cuestas cuatro bandoneones. También “llega hoy una americana que trae el profesor –cuenta León, ya sin saco y con la camisa por fuera del pantalón–, le voy a tener que enseñar a bailar unos tangos, si no queda más remedio…”. Y para estos veteranos hoy el reloj sigue girando en sentido contrario.

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La noche pesada de diciembre indica que encerrarse en Il Tempo, un lugar bastante chico en relación con su concurrencia, es un error. Es principio de mes y la gente anda con la billetera dulce, algunos hasta se han venido desde Tacuarembó siguiendo la fama de la movida gay en la capital.

“Se aprovechan un poco porque no hay muchos boliches gay en la vuelta, se suben al carro y dejan entrar a más gente de la que deberían”, refunfuña una chica en la puerta. De todas formas va a entrar y lo sabe. Con un pie adentro, tremendo subidón de temperatura y los bailarines que sudan.

“Una noche loca/ con tremenda loca” (¿?), canta Enrique Iglesias en su último tema pop. Luego el grupo Agapornis destroza “Persiana americana”, y Cerati seguro rasguña el cajón. Suenan, junto a los hits de Katy Perry y Rihanna, las mezclas del DJ sueco Avicii. Las manos arriba y la fiesta de repente emula un boliche de balneario en pleno enero.

“Nosotras miramos a los chicos gay para aprender a bailar, tienen todo el ritmo”, dicen las muchachas. Un cuerpo pegado al otro, empieza el reggaeton. Una chica morena baila de espaldas a otra, se menean muy pegadas, giran, una le susurra al oído a la otra mientras la toma de los hombros. De pronto el ambiente tiene al menos diez grados más de temperatura.

La mala nueva es que subieron los precios y un daikiri cuesta ahora 280 pesos. La cerveza –caliente, a tono– sale 220 pesos. Una empieza a preguntarse en qué tipo de infierno ha sido atrapada, que no puede beber algo bien frío sin que se le piante una lágrima al pasar la tarjeta. Y no es la de crédito, sino la ficha de cartón que te dan a la entrada para que marques con cada compra. La consumición mínima es una cerveza y si la tarjeta se extravía se deben pagar mil pesos, todo a la salida.

Al parecer, los hombres solían frecuentar el otro boliche gay: Caín. Y las mujeres venían en busca de otras chicas a Il Tempo. Ahora las cosas se han mezclado y todos terminan ahí, en el parque Rodó. Los heterosexuales de levante deben afinar bien el ojo para encontrar la aguja en el pajar.

Pero al final todos bailan y se divierten en este boliche. Y es probable que también todos se conozcan: los cruces amorosos –desde los touch and go hasta las relaciones de años– tejen una telaraña de esquina a esquina. De nuevo: ¿qué tipo de infierno es este? Uno de los lindos, al que van felices y deseosos todos los amantes que descreen de dios y les importa un bledo el paraíso o vivir otra vida después de esta.

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A unos pocos metros de la puerta del pequeño boliche Bluzz, dos hombres tocan sus guitarras y dos mujeres bailan flamenco en la vereda a las 4 de la mañana. Es la madrugada del sábado entre Navidad y año nuevo. Las calles de la Ciudad Vieja siguen tórridas a pesar de que durante la tarde anterior se desparramó un diluvio de características históricas en la ciudad.

En Bluzz suenan para poca gente The Strokes, Michael Jackson, Franz Ferdinand, música para bailar (de por qué el swing y el baile no son algo ajeno al rock y de la última visita de esta banda escocesa a Montevideo da cuenta un artículo de Andrés Torrón publicado este año1). En el medio también, por qué no, Illya Kuryaki & The Valderramas y algo del disco A lo cubano, de Orishas.

El “One way or another”, de Blondie, se mezcla después con la sesentera “These boots are made for walking” de Nancy Sinatra (los dioses sabrán que la nueva versión de Jessica Simpson merece un castigo divino). Los Talking Heads gritan “Psycho Killer”, los Doors cantan “Love me two times”. ¿Quién dijo que los temas de rock cargados en el Mp3 no se pueden bailar con euforia en un boliche?

En la puerta, un veterano de traje y cara de tránsito lento (como el de Montevideo en hora pico) hace respetar a rajatabla eso de “la casa se reserva el derecho de admisión”, sin derecho a negociar.

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Es un viernes como cualquier otro en el templo de la salsa. Y bueno, habrá que bailar; observación participante, que le dicen. “Ambientada para transportarte a un lugar caribeño, La Bodeguita del Sur te ofrece una selección de la mejor música latina combinada con tragos típicos y la mejor onda”, promocionan en su página web.

Uno, dos, tres, cuatro, a ritmo de bachata: “Y si te invito una copa/ y me acerco a tu boca/ Si te robo un besito/ A ver ¿te enojas conmigo?/ Qué dirías si esta noche/ te seduzco en mi coche/ Que se empañen los vidrios/ si la regla es que goces”, canta Romeo Santos en “Propuesta indecente”.

Una morocha sobresale trenzada con su pareja. Molesta a los demás con el revoleo de su pelo bien largo y su short bien corto, y unas piernas finas que terminan allá abajo en la punta del taco (el código de vestimenta es importante para evitar que te reboten en la puerta: ellas de zapatos o sandalias de vestir, ellos de pantalón largo y nada de championes). Su compañero la sigue a la perfección, y la remera –de por sí ajustada– se le ha pegado con el sudor al abdomen trabajado. Los hombres se mueven y bailan aquí como en ningún otro lugar de Montevideo.

Hacia la derecha, giro rápido, hacia abajo. En un tris, la pierna de ella entre las piernas de él. Un nivel profesional. Es que La Bodeguita del Sur –que nació en 1992 como Casa de la Cultura Uruguay-Cuba y diez años después se convirtió en el bailongo que es hoy– también tiene su propia academia de baile, y muchos de sus profesores y alumnos se quedan meneando allí mismo hasta la madrugada. En la pista, bailan un tema, a lo máximo dos, y abandonan: la exigencia es tal que terminan exhaustos. También es la excusa para cambiar de pareja.

Unas chicas se han terminado su mojito y respiran afuera aire fresco: “Te das cuenta de quiénes son principiantes, de ellos no podés esperar un doble giro, bailás el pasito básico. Los tenés que llevar así”, explica una de ellas, que toma clases en otra escuela de salsa y viene a practicar a La Bodeguita. Las mujeres son las que sacan a bailar a los hombres, y esto simplemente se explica por una cuestión numérica: son más que ellos.

Una casa grande, una escalera que te conduce hacia un ritmo latino y a un Puerto todo Rico (léase con acento centroamericano). Las habitaciones que ofician de pistas de baile, un balcón minúsculo para los fumadores y acalorados. Un barman que sirve y con cara de galán latino se conversa a tres chicas en simultáneo. Un trago rosado con un sorbito celeste abandonado en el baño.

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Es domingo de tarde allí en la callecita corta de la peatonal Curuguaty, en la plazoleta que conserva el busto de Gardel, en el corazón del Barrio Sur. Allí calientan las lonjas y el barrio espera.

Arrancan, y una morenaza vedette comienza a girar, bailar, saludar y reír al mismo tiempo. La sigue flor de cuerda de tambores. Es la comparsa lubola C 1080. Más adelante, el cuerpo de baile: unas veinte mujeres sincronizan una coreografía mientras avanzan por Isla de Flores. El borocotó-chás-chás se va incorporando al cuerpo de a poco.

La comparsa, que lleva como nombre la dirección del viejo conventillo Mediomundo (Cuareim 1080, ahora convertido en un moderno complejo de viviendas), fue la mejor entre las 40 que concursaron en el último Desfile de Llamadas, y ganó uno de los premios especiales más relevantes: a la mejor cuerda de tambores.

Las mujeres se mueven, los mulatos avanzan, les pega duro el sol, todavía altísimo a las ocho de la noche, y brillan las gotas de sudor en sus frentes. Montevideo baila y esto no es nada; otro Carnaval se aproxima.

1. “Siga el baile”, en Brecha, 19-IX-14. Véase brecha.com.uy/siga-el-baile/

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