La reivindicación del médico

Imagen medieval del médico de las epidemias, Dr Schnabel. Grabado publicado por Paul Fürst en 1656 / publicdomainreview.org

La pandemia provocó un incremento en el uso de la PC y del celular, porque las personas en aislamiento necesitan comunicar sus sentimientos y opiniones. El acceso a Internet en los últimos tres meses se incrementó más de un 30 por ciento comparado con iguales meses del año pasado. El ser humano necesita el contacto con otros, fundamentalmente, familiares y amigos. Somos seres sociales; no existimos en soledad.

En el aislamiento, descubrimos que perdemos el sentido, el espacio y el tiempo. Aunque parcialmente, ocurre lo mismo entre el paciente y su médico. La entrevista presencial fue sustituida en gran parte por una comunicación telefónica. Se habla entonces de medicina a distancia, de telemedicina, aunque en una fase todavía muy elemental, basada exclusivamente, en nuestro país, en un intercambio a través de la palabra, y a veces también de la vista, en una pantalla fluorescente.

Recuerdo que escuché decir más de una vez a viejos clínicos: “Ese diagnóstico es tan sencillo que se hace hasta por teléfono”. La frase deja entrever la complejidad de la relación médico-paciente, que no puede reducirse a una conversación telefónica. Esta telemedicina es una medicina provisoria y de rescate, no una verdadera medicina. Es un parche para remediar el distanciamiento impuesto y para disminuir el riesgo del contagio, pero dista mucho de lo que es necesario para atender a un enfermo.

Desde hace muchos cientos de años hasta ahora, la presencia frente a frente, en las sillas de un consultorio o junto a la cama donde yace el enfermo es imposible de reemplazar. Esta relación tan particular como es el encuentro entre el paciente y su médico se alteró profundamente por el temor ante un mal que se expande en forma invisible, en el que la conciencia colectiva presiente a la muerte agazapada. En la verdadera relación entre médico y paciente, la sola presencia física del profesional, aun en silencio, “es un tónico para el enfermo”, como dijera Héctor Muiños a mediados del siglo XX en el libro Medicina, una noble profesión. Pero también lo dijeron otros como Michael Balint o, antes, como Gregorio Marañón.

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La cultura posmoderna, líquida e iconoclasta, disminuyó el respeto por la figura del médico con relación a la que existía, por ejemplo, en la sociedad del Novecientos. La falta de tiempo, la judicialización de la medicina, la multiplicidad de profesionales que intervienen sobre un paciente son motivos para que el vínculo ya no se desarrolle en un ámbito de confianza mutua alcanzada a través de una relación duradera, tan necesaria para la comunicación y la resolución de la enfermedad.

A la vez, durante los últimos cien años la medicina progresó tanto que generó en la población una esperanza desmedida en su capacidad de curar, al tiempo que en el ámbito médico se le dio demasiado lugar a la tecnología. El individuo contemporáneo, empapado en narcisismo, siente que la realidad está sometida a sus deseos, por lo que, sin exageración, podríamos afirmar que vive en un mundo de ficción, estimulado por una sociedad de consumo que promete satisfacción sin límites con cada compra que realiza.

Acostumbrado ya a esa satisfacción de sus deseos, gracias al poder económico, el individuo contemporáneo vive la fantasía o la ficción de una muerte evitable por una ciencia médica que se erige como una diosa. Si bien se desconfía del médico como ser humano falible, no se duda de la ciencia y todo el aparataje que lo respalda. Se comprende, entonces, que la muerte en nuestra sociedad haya sido dejada de lado y que se la considere “sometida” al poder de la medicina y al poder económico. Pareciera que sólo mueren los pobres, los que no tienen recursos para comprar vida. Eso es cierto en parte, porque, por ejemplo, la mortalidad infantil depende de las condiciones sociales y económicas consideradas; independientemente de ello, todos seguimos siendo mortales.

El miedo por la pandemia que estamos viviendo desencadenó un choque de ese mundo de ficción entre la medicina que todo lo puede y la realidad de la muerte inexorable. De ese impacto resurgió la figura terrible de la muerte, que inunda hace ya varios meses todos los medios de comunicación, y resignificó una vez más la figura del médico, al que ahora el mundo aplaude desde los balcones.

Se lo aplaude reconociendo su heroísmo, porque en estos tiempos de miedo se necesitan héroes que cobijen, que protejan, que den esperanza. Este médico había sido olvidado sobre todo por las instituciones de salud, que lo obligan, lo someten y lo condicionan, lo limitan, y en el fondo lo desvalorizan y lo atrofian.

La relación médico-paciente se alteró no sólo por el miedo, sino también por la interposición del tapaboca y de la vestimenta, pero así y todo se logra un intercambio emocional con mayor profundidad que antes de la pandemia. El paciente que es atendido por padecer esta enfermedad queda aislado, sólo atendido por el personal de la salud, que tiende a evitar el contacto físico. No puede ver a su familia ni tenerla cerca, y aquellos que han muerto lo han hecho en soledad por el peligro que representan. Algunos profesionales colocan su foto en la túnica para que el paciente, por lo menos, pueda ver su rostro. La comunicación gestual de la cara, de la boca, el tacto, el calor de la mano quedan excluidos, aunque son aspectos que conforman casi el 80 por ciento de la comunicación humana; sólo persisten las palabras y la entonación de la voz.

Pero si, pese a todo, la pandemia provocó una actitud de mayor encuentro con el médico, por otra parte facilitó lo que Erich Fromm denominaba una “medicina cibernética”, como si médico y paciente fueran dos engranajes de una máquina, que en lugar de estar juntos están mediatizados por pantallas, con poco tiempo para dedicar a las cosas que van más allá del síntoma o el signo preciso, y que, sin embargo, están en el corazón mismo de la preocupación del enfermo, y que tienen que ver con la angustia, con preocupaciones morales y con la esperanza.

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El español Luis Palenzuela, vicepresidente tercero del Colegio de Médicos de Córdoba, dice algo que compartimos en su totalidad con relación al cuerpo médico de nuestro país: “Reconocemos y nos emociona ‘el aplauso de las 8’; pero a su vez ese gesto nos hace reflexionar sobre lo poco que se promociona, desde las administraciones públicas, nuestra implicación profesional en el sistema sanitario, ese día a día desconocido en el que se asisten y resuelven múltiples problemas de salud de miles y miles de ciudadanos, las gestas diarias de la actuación médica en miles de procedimientos. Esto es lo que nos gustaría que fuese reivindicado y reconocido por nuestras instituciones. Se ‘deslumbra’ habitualmente a la población con grandes acontecimientos en prestigiosos hospitales, necesarios sin duda; pero son precisamente esas invisibles gestas diarias que acontecen en las consultas, en los quirófanos, en las salas, en los centros de salud, etcétera, a cualquier hora, todos los días, las que resuelven la inmensa mayoría de los problemas de salud de la población, y es ese el valor intrínseco de nuestro Sistema Sanitario Público. Esto, precisamente, es lo que nos gustaría que fuera conocido y reconocido por la población, no a través de ‘aplausos a las 8’, sino mediante la toma de conciencia de lo que tenemos, de ese enorme capital profesional que pocos países poseen y que debiera ser impulsado por la Administración Sanitaria y asumido por la población, casi como seña de identidad nacional, y, por lo tanto, al que hay que cuidar”.

Esto no es una reivindicación salarial ni una reivindicación corporativa, sino un llamado a la necesidad de un reconocimiento más allá de la pandemia, para que la relación médico-paciente vuelva a su cauce y conceda el tiempo necesario a la consulta para una atención más humana, menos cibernética, que permita el encuentro fraterno entre alguien que pide ayuda y otro que se la da; para que la silla vuelva a ser la herramienta fundamental del médico y así poder escuchar con paciencia y dar lugar a la mirada, a la mano y a las palabras sanadoras, todo lo que encauza la esperanza, aun en las situaciones más terribles.

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