La revolución de los pequeños gestos

Saphura critica sin vacilar al gobierno y su particular “obsesión” con las mujeres. “Mi padre me enseñó a ser libre y por eso quiero tener derecho a elegir cómo vivir. No me gusta llevar el velo ni tener que ir toda cubierta, pero no hay alternativa. A nadie le gusta comer algo que no le sienta bien, ¿no? Esto es igual”. A continuación, relatos desde Irán.

Foto: Gabriel Díaz

Por un mal trago, Saphura recuerda sus primeras vacaciones en Europa con cierta desazón. “Me perdí en una estación de tren en Alemania y no hubo una sola persona que me prestara el móvil para localizar a mi hermano. Di vueltas durante una hora hasta que lo encontré”, cuenta esta iraní de 28 años. Por eso, remarca, no dejaría “por nada del mundo” su vida en Isfahan, ciudad en la que vive y trabaja. “Aquí, si te encuentras mal o tienes algún problema, nunca vas a sentir esa indiferencia, aunque nadie te conozca”, añade.

Saphura es ingeniera civil desde hace cuatro años, vive sola, no tiene pareja ni está en sus planes tenerla. Cuando terminó la carrera consiguió trabajo por un sueldo “miserable”, muy inferior al que ofrecían, por el mismo cargo, a un hombre. “Como les pasa a las mujeres en todos los países”, dice. Decidió entonces abrir un negocio con su hermano, una casa de té situada en el corazón del centro turístico de Isfahan, la ciudad más coqueta de Irán.

Allí mismo, sentada a cuatro pasos de la Plaza del Imán y la majestuosa Mezquita Azul, Saphura, como otras muchas mujeres de esta ciudad, critica sin vacilar al gobierno iraní y su particular “obsesión” con las mujeres. “Mi padre me enseñó a ser libre y por eso quiero tener derecho a elegir cómo vivir. No me gusta llevar el velo ni tener que ir toda cubierta, pero no hay alternativa. A nadie le gusta comer algo que no le sienta bien, ¿no? Esto es igual”, señala.

Las estadísticas muestran que en Irán alrededor del 60 por ciento de sus 78 millones de habitantes tiene menos de 30 años. De modo que Saphura y sus contemporáneos no vivieron los comienzos de la revolución islámica de 1979 ni el fervor nacionalista desatado durante la guerra entre Irán e Irak, que terminó en 1988 con un saldo de un millón de muertos. Forman parte de una nueva generación con media o alta formación académica y el espíritu libre que el escritor Ferdosi inmortalizó hace mil años con maestría en El libro de los reyes.

“Todos los años peregrino a su tumba para agradecerle lo que hizo por nosotros. Ferdosi es un verdadero héroe”, dice Alí, en Teherán, mientras atraviesa la plaza Imán Jomeini, el líder de la revolución que derrocó al último sha de la dinastía Pahlevi en 1979. Justamente, a pocos metros de allí nace una de las principales calles de la capital, que lleva el nombre del venerado escritor. “Ferdosi dedicó la mitad de su vida a rescatar nuestra lengua frente al dominio del árabe y a enseñarnos a ser libres con historias emocionantes. En el libro que tenemos en casa están los rastros de las lágrimas de mis padres, de mis abuelos y también las mías”, agrega este estudiante y lector compulsivo de 23 años.

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En el Libro de los reyes los héroes consuman grandes hazañas; son bravos guerreros, también piadosos y a veces algo torpes. “Hay que arrancarse el miedo del corazón”, dice uno de ellos. Los personajes femeninos sobresalen por su personalidad, actúan con determinación y gallardía. Y por lo que cuenta Alí, sus compañeras de clase siguen esa tendencia, con pequeños gestos cotidianos que desafían las normas religiosas. “Jugamos juntos al fútbol a escondidas, bajo llave, en el gimnasio. De momento no nos han descubierto, o si alguien lo sabe no nos ha delatado. Ellas tuvieron la idea e insisten en seguir jugando. Y hasta ahora siempre nos han ganado”, dice riendo.

“Es absurdo: las mujeres no pueden ver las piernas desnudas de quienes no son sus maridos, pero las ven. No podemos beber alcohol, pero en las fiestas privadas de Teherán siempre consigues alcohol, en general adulterado, muy malo. El gobierno bloquea Facebook, pero tiene su propia cuenta en Facebook porque sabe que toda la gente joven lo desbloquea. Si me preguntan si soy musulmán diré que sí, pero no lo soy. Hay muchas más restricciones y más transgresiones. Lo importante es que no te descubran”, asegura Alí.

Maryam, de 26 años, va un poco más allá. Desde hace mucho tiempo camina por la calle con buena parte de su pelo descubierto, con el velo apenas sujetado por un moño diminuto. Sus labios están pintados de rojo fuerte, contestatario, que con todo es bastante más suave que el fucsia que enciende su melena entre todas las demás. Maryam, que no se define como rebelde, defiende el uso opcional del hiyab o velo, como lo fue hasta 1979, año en que la recién instaurada República Islámica de Irán estableció su obligatoriedad. “Así debería volver a ser”, dice.

Sentada en un restaurante de Isfahan, esta joven habla con soltura en inglés, flanqueada por amigos que discuten animadamente de política y religión. “Claro que me han regañado –comenta. La policía me ha llamado la atención por llevar parte del pelo descubierto, nunca por el color. Les he dicho que es un asunto personal. No ha pasado de eso.” A su lado, Saed, de 25 años, opina que ese “deslizamiento” del velo y el brío de los colores fuertes usados por miles de jóvenes iraníes son una “forma de protesta” que no tiene marcha atrás. “Las apoyo, por supuesto. A mí tampoco me gusta que me impongan cosas, y menos una religión. Siempre voy a preferir que se construyan universidades en lugar de catedrales o mezquitas”, dice.

Otro comensal de la misma edad, Morteza, acota: “Si hay una revolución, será silenciosa. Paso a paso. A este gobierno no le gustan las protestas masivas”. Los amigos coinciden en que el régimen religioso tendrá que aceptar reformas si quiere mantenerse en el poder. “Hay una fuerte puja entre religión y modernidad. Si eres moderno debes aceptar la igualdad entre hombres y mujeres, y eso va en contra de los intereses religiosos, que siempre juegan a favor del hombre. Para el hombre, esto es el paraíso”, añade Morteza.

En un pueblo situado a 200 quilómetros de Shiraz, en el suroeste del país, los ojos de Kourosh se ponen como platos cuando ve el dato en su móvil: de los 290 legisladores que ocupan el parlamento iraní, sólo nueve son mujeres. Se sorprende pero no se espanta. “No es que no se puedan postular, el problema está en que no las conocen”, dice este estudiante de 24 años. Pero de hecho muchas de ellas no llegan a ser candidatas, según comprueba en Internet el propio Kourosh ante la insistencia de su hermana Eli, de 18 años. En este sentido, el sistema político iraní también hace zancadillas estratégicas a las mujeres.

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Varias voces, de jóvenes y no tan jóvenes, sostienen que las elecciones legislativas de este mes supondrán un “test determinante”, ya que revelarán hasta qué punto las mujeres y los candidatos reformistas lograrán llegar al parlamento iraní, para lo cual es necesario contar a priori con el beneplácito del Consejo de Guardianes, un grupo de veteranos religiosos y juristas que decide quién es elegible y quién no. Por lo pronto, tanto el presidente Hassan Rohani como miembros de su equipo manifiestan por estos días que en Irán hay lugar para todas las ideas y que todos son libres de expresarlas. La realidad, sin embargo, no avala sus palabras. “Con Rohani la situación sigue igual, tal vez un poco mejor, pero en general sigue todo igual. Hay activistas por los derechos humanos y políticos opositores que siguen en el exilio o en la cárcel”, dice Shirin, de 28 años, empleada en un banco de Shiraz.

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Algo más optimista es Reza, quien hace dos años cumplió su sueño de regresar a Irán, a pesar de lo bien que le iba en Malasia. “Siempre pensé en volver y quiero quedarme aquí”, explica. Videasta, de 34 años, se marchó luego de participar en la llamada “revolución verde” de 2009, reprimida por el gobierno de Majmud Ajmadineyad (presidente entre 2006 y 2013). Partió de motu proprio y en el exterior realizó con éxito una serie de monólogos humorísticos que fue seguida por cientos de miles de iraníes. “Nuestro límite está en la política y en la religión. Con esos temas no nos metemos”, explica. Aunque, reconoce, eso es relativo.

Los capítulos que dirige y presenta Reza compilan hechos de la vida cotidiana de los iraníes, aparentemente deshilvanados, que han logrado esquivar la censura con un lenguaje que se mueve diestramente entre la ironía y el disparate, sin que en ellos aparezca crítica explícita alguna al gobierno y a sus líderes. “Mientras no te metas directamente con ellos tienes cierto margen de acción”, apunta. Cree además que el país entrará en una nueva etapa con el fin del embargo que aisló a Irán del mundo durante décadas. “Confío en Rohani, el gobierno de Ajmadineyad fue vergonzoso. Espero que los líderes religiosos entiendan que necesitamos más apertura”, dice.

VELO Y ELECCIÓN. Sin embargo, para una parte de la población y la mayoría del gobierno –es decir, para los políticos hombres–, esa apertura significaría entre otras cosas ceder ante una concepción de la mujer ajena a la sociedad iraní y que llega a través de los canales de comunicación occidentales. “La mujer debe ir cubierta porque así está escrito en el Corán”, arguye Navyd, de 45 años, profesor de inglés en la norteña ciudad de Sari. Está convencido de que el chador, el gran mantón negro que recubre a la mujer de la cabeza a los pies, evita las agresiones sexuales. No son pocos quienes, como Navyd, defienden el código de vestimenta femenino como un asunto de soberanía nacional. “Es una cuestión de fe y de decoro”, sostiene.

Por estos meses, el canal Press TV, que se emite en inglés y es financiado por el gobierno de Irán, promueve desde sus pantallas y por Facebook la campaña “I love the hijab” (“Amo el hiyab”), estimulando el uso del velo como prenda asociada a la modestia y la decencia. El gobierno sale así al cruce de otra campaña lanzada en sentido contrario, el año pasado, en la misma red social vetada por las autoridades: “My stealthy freedom” (Mi libertad silenciosa), que reivindica el derecho de la mujer a elegir si llevar o no el velo.

“La igualdad entre hombres y mujeres no es patrimonio de Occidente. Las mujeres somos las personas más instruidas de este país y por eso seremos las protagonistas de la próxima revolución”, comenta Fátima, enfermera de 35 años. Los datos le dan la razón: en Irán, 65 por ciento de la población universitaria son mujeres, índice que convierte al país en la excepción de la región. “El problema está en nuestra cabeza, en cómo pensamos y actuamos, no sólo en el hecho de llevar el velo o el chador –apunta–. Es verdad, no me gusta, y mis sobrinas adolescentes están hartas. Pero en gran medida el velo es un símbolo del machismo que está muy naturalizado entre nosotros. Lo justo es que podamos elegir qué hacer con nuestras vidas.”

Fátima coincide, sin saberlo, con el Leitmotiv de la campaña “Mi libertad silenciosa”, emprendida el año pasado por un grupo de mujeres iraníes: “caminar hombro con hombro con quienes creen o no creen en el hiyab, con libertad y dignidad”. Y con alegría y rebeldía, añadiría Ferdosi, el maestro persa que hace mil años animó a los suyos a sacarse el miedo del corazón bajo la premisa de que el universo es mutante. “Uno entra, otro sale y así gira el destino”, escribió Ferdosi.

 

(Este texto ha sido escrito íntegramente fuera de Irán a partir de conversaciones informales, tras el compromiso asumido por el autor de no realizar actividades periodísticas en el país. Por este motivo los nombres de los interlocutores espontáneos fueron cambiados.)

Un nuevo contexto

 

El acuerdo de no proliferación nuclear alcanzado en Viena en julio pasado entre Irán y el grupo 5+1 (Estados Unidos, Rusia, China, Francia, Reino Unido y Alemania) supuso el levantamiento de las sanciones económicas impuestas a Irán, el fin del bloqueo, y también un importante movimiento en el tablero geopolítico de la zona. En ese sentido, el acuerdo da luz verde al aterrizaje de los países más poderosos del mundo en Teherán y el reacomodo de sus posiciones en Oriente Medio, ante la mirada recelosa de los saudíes, viejos aliados de Occidente e históricos enemigos de los persas. Por su parte, las autoridades iraníes levantan en estos tiempos la bandera de la estabilidad y la diplomacia en un vecindario convulso (Irak, Afganistán, Arabia Saudita y Yemen) y exhiben el potencial de su extraordinaria riqueza: la reserva de gas natural más importante del mundo –según la British Petroleum–, y una de las cuatro principales reservas de petróleo a escala global.

 

“Irán develó hoy sus propuestas en infraestructura y desarrollo para los próximos años, unos 121 proyectos valorados en más de 25.000 millones de euros, abiertos a inversores de todo el mundo en sectores como carreteras, aeropuertos, trenes y transporte marítimo”, informaba la agencia Efe en octubre. Algunos meses antes, apenas trascendió la noticia del acuerdo por el cual los persas se comprometen a no fabricar armas nucleares, las delegaciones diplomáticas de países como Japón, Alemania y España ya se habían plantado en Teherán para mostrar su disposición a iniciar una nueva etapa de relaciones comerciales. El presidente iraní, Hassan Rouhani, visitó por su lado Francia e Italia a finales de enero para sellar millonarios acuerdos comerciales. Hacía 16 años que un primer mandatario iraní no pisaba suelo europeo.

 

En este tiempo nuevo, los encendidos discursos del ex presidente iraní Majmud Ajmadineyad y del estadounidense George W Bush parecen soportarse como una mala resaca y son objeto de bromas entre los jóvenes iraníes; en las redes sociales (que en Irán son bloqueadas por el gobierno y desbloqueadas mediante sencillos programas de Internet) abundan los chistes sobre los baches intelectuales de los ex mandatarios. “La actitud beligerante de Ajmadineyad era perfectamente funcional a los intereses de Estados Unidos e Israel, es probable que fuera un espía, un espía mediocre”, bromea Reza, un empresario hotelero que está convencido de que el levantamiento de las sanciones ayudará a mejorar la industria turística.

 

En las calles de Teherán, interlocutores de todas las edades señalan como su principal preocupación el nivel de de­sempleo, que se sitúa en 11 por ciento y afecta sobre todo a los jóvenes. También se preguntan, sobre todo los activistas sociales, si el levantamiento del embargo traerá avances en materia de derechos humanos, recordando que en Irán se ejecuta el mayor número de penas de muerte: 600 en 2014, más que en China. Amnistía Internacional, en su informe 2014-2015, denuncia la existencia en Irán de restricciones a la libertad de expresión, asociación y asamblea; la persecución, detención y juicios injustos a minorías, mujeres, periodistas y defensores de los derechos humanos. En febrero quedará definida la nueva conformación del parlamento iraní, actualmente dominado por los conservadores.

 

La ex embajada estadounidense en Teherán sigue siendo el mayor símbolo de la revolución de los ayatolás que derrocó en 1979 al último sha o rey de Persia, Mohammad Reza Pahlevi, aliado de Estados Unidos e Inglaterra. Treinta y seis años después de la toma de la embajada y el secuestro de 53 personas, allí siguen, en los muros de la ex sede diplomática, las pinturas temáticas que advierten sobre los peligros que encarna el todavía enemigo estadounidense: guerra, destrucción y hegemonía cultural. Sin embargo, el “Muerte a América” que se corea en cada aniversario de aquella toma y secuestro parece desinflarse y casi agotarse en una sociedad joven, definitivamente más preocupada por el empleo que por el enemigo de sus abuelos.

 

Ahora es el turno del presidente Hassan Rouhani, que pasará a la historia como el articulador de un acuerdo que sacará a Irán del aislamiento y que también puede resultar clave para la región, sobre todo en la encrucijada siria. Firme aliado del credo chiita del gobierno sirio, Irán ha defendido una salida política y no militar del conflicto. Y esa parece ser la postura que mantendrá su presidente. Por otro lado, a medida que avanza la distensión con Estados Unidos, más tirantes se tornan las relaciones con Arabia Saudita, la monarquía absoluta –segunda productora mundial de petróleo– aliada de las potencias occidentales. El enfrentamiento político y religioso entre ambos gigantes petroleros no es nada nuevo. La novedad, en todo caso, es el talante dialoguista y pacifista con que el presidente Rouhani se presenta ante el mundo. Su alcance está por verse, sobre todo en su país y en la región.

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