La revuelta en Haití

Kote kòb Petrocaribe a?

Otra vez en las calles de Puerto Príncipe, la capital de Haití, se ven llantas en llamas sirviendo como barricadas, jóvenes marchando en las calles, enfrentamientos con piedras y balas de advertencia, vehículos incendiados. Las medidas estadounidenses contra el gobierno venezolano son parte de la explicación de lo que está sucediendo.

Esperando gasolina en Pétion Ville (Puerto Príncipe), 12 de febrero / Foto: Afp: Héctor Retamal

¿Qué sucede en Haití? ¿Cómo se explican estos desórdenes en las calles sin un detonante inmediato? Los involucrados en las protestas están demostrando, con acciones de calle, su descontento con la presidencia de Jovenel Moïse, cuando se cumplen dos años de su toma de poder, acontecida el 7 de febrero de 2017. Distintos grupos de opositores –sin un líder identificado– han decidido demandar la salida de la presidencia de Moïse por los serios señalamientos de corrupción que se han venido haciendo en su contra.

En sus inicios como país independiente Haití mostró lo que el historiador Michell Troulliot llama lo “inimaginable”: una colonia de esclavos liberándose de la esclavitud y su sumisión a una potencia europea. Este ejemplo de liberación nacional sentó un precedente para las demás colonias de la región que llegaría a llamarse América Latina. Sin embargo, su vida independiente ha estado marcada por irregularidades e intervenciones. A inicios del siglo XX el excepcionalismo haitiano –marcado por una población mayoritariamente afrodescendiente y un idioma único, el creole– fue golpeado por la intervención del ejército estadounidense y el derrocamiento del presidente Vilbrun Guillaume Sam. Esa intervención –junto a las realizadas en Cuba, Puerto Rico y Nicaragua en la misma época– marcó el inicio de una política regional que dejó a Estados Unidos en una posición de potencia mundial y con una fuerte influencia en Centroamérica y el Caribe.

Esa influencia se volvió una clara injerencia en los distintos gobiernos caribeños y latinoamericanos, cuando empezaron a aparecer regímenes militares desde México hasta Argentina, en diferentes momentos, alineados de diversas formas con las políticas dominantes impulsadas por el gran vecino del norte. En el caso de Haití fueron los gobiernos de los Duvalier –padre e hijo– los referentes dictatoriales que seguían las políticas regionales de Estados Unidos. A inicios de la década de 1990, junto con el final de la Guerra Fría, Haití empezó su transición hacia el modelo de gobierno democrático promovido en ese momento en el mundo.

Pero lamentablemente las primeras dos décadas del siglo XXI han estado marcadas por más inestabilidad en esta nación que comparte su territorio isleño con República Dominicana. Esa inestabilidad política ha llevado a que sea casi habitual que las elecciones se posterguen varias veces. Fenómenos naturales que se han convertido en grandes tragedias humanitarias han agravado la situación. Los dos más importantes en tiempos recientes han sido el terremoto de febrero de 2010 y el paso del huracán Mathew, entre septiembre y octubre de 2015. En ambos casos la ayuda internacional ha llegado a la isla, pero los haitianos consideran que la corrupción de las elites gobernantes ha llevado a malgastar esos aportes, haciendo imposible superar las crisis que provocaron miles de millones de dólares en pérdidas.

A partir de estos antecedentes históricos y de los duros golpes de la naturaleza, el actual gobierno haitiano es señalado –como muchos gobiernos latinoamericanos– de corrupto. Estas acusaciones apuntan a la cooperación venezolana en la región del Caribe. Entre 2005 y 2006 la Venezuela de Hugo Chávez creó un programa de apoyo para los países caribeños, con el nombre de Petrocaribe, que, entre otros, buscaba abastecer al gobierno haitiano de petróleo y sus derivados a bajo costo y con facilidades de pago. Este proyecto de colaboración enfrentó grandes obstáculos, pues Haití no contaba con refinerías estatales ni carreteras en buen estado, por lo que la distribución de gasolina, petróleo y gas resultaba una labor peligrosa, y su alcance fue limitado. Aun bajo esas condiciones el gobierno haitiano utilizó a la compañía de electricidad estatal para realizar la distribución de combustibles e inició el programa de recolección de fondos resultado de esta iniciativa. El problema surgió justamente en la administración de los fondos de Petrocaribe, los cuales debían ser invertidos en programas de desarrollo y mejora de los servicios públicos.

Contrariamente a lo planteado por el gobierno venezolano y su contraparte haitiana, los fondos fueron redirigidos para paliar las mencionadas crisis humanitarias. Además de esos gastos imprevistos, el presidente Michel Martelly (2011-2016) fue acusado de malversación de fondos públicos, y dejó inconclusos varios proyectos de su administración. A Martelly se lo llegó a señalar como responsable de la pérdida de alrededor de 1.200 millones de dólares del dinero de Petrocaribe durante su presidencia. Si las elecciones que había ganado Martelly tuvieron bajísimos niveles de concurrencia, peor fue la participación en las de 2016, cuando resultó elegido el actual presidente, Jovenel Moïse, al que algunos llamaron el protegido de Martelly. Es por la relación cercana entre estos últimos dos presidentes y el mal manejo que han hecho de los fondos Petrocaribe que los opositores han llegado al extremo de manifestarse violentamente en la calle demandando la renuncia de Moïse.

A estos problemas locales se les suma el hecho de que a nivel regional la política exterior de Estados Unidos se ha vuelto muy hostil al gobierno venezolano, llegando al punto de bloquear parcialmente las transacciones de dicho país. Estas acciones han tenido un efecto directo en Haití, que se vio en la obligación de renunciar a Petrocaribe en octubre de 2017. Las protestas encabezadas por la consigna “Kote kób Petrocaribe a?” (¿Dónde está el dinero de Petrocaribe?) desde entonces se han intensificado ante el encarecimiento de los hidrocarburos y sus derivados, que tiene obviamente un impacto negativo en el poder adquisitivo y el nivel de vida de la mayoría de habitantes en Haití.

Cabe señalar como último punto que, a raíz de las investigaciones realizadas por el Senado haitiano en 2017 –que pusieron en la luz pública el mal manejo de los fondos de Petrocaribe– y los eventos violentos recientes, las Naciones Unidas han emitido este 10 de febrero un pronunciamiento oficial que advierte sobre la dimensión que en breve puede alcanzar la crisis. Además de lamentar las pérdidas humanas y materiales dejadas por los eventos recientes, este organismo internacional urge a los líderes haitianos a comprometerse en un diálogo inclusivo y constructivo para implementar soluciones duraderas a la crisis. Estas soluciones deben ir encaminadas a mejorar el manejo de los recursos del Estado, mejorar las condiciones de vida de los más vulnerables, combatir la inequidad y promover un clima positivo de inversión. Finalmente, se les sugiere en concreto respetar la ley electoral y promulgar un presupuesto nacional para 2019.

Es importante reflexionar sobre esta historia de inestabilidad política e injerencia extranjera, junto a los viejos vicios de corrupción política similares en los gobiernos de América Latina. Sólo ante la reflexión histórica, de tiempos recientes y lejanos, se puede comprender por qué Haití está hoy en día pidiendo la renuncia de su presidente y denunciando las viejas prácticas de corrupción, en este caso concreto vinculadas a los fondos de Petrocaribe. Estos eventos también permiten dilucidar las implicaciones internacionales de los problemas entre Estados Unidos y Venezuela. La injerencia extranjera y las crisis regionales han dejado a Haití en el estado actual: empobrecido y endeudado, lo cual se refleja en una seria crisis de gobernabilidad.

1.   “¿Dónde está el dinero de Petrocaribe?”

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