La sinfonía global china

Es el proyecto geopolítico y económico más ambicioso de China. La nueva ruta de la seda involucra a más de 60 países, dos tercios de la población y un tercio de la producción mundial. Con ella, China amarra una alianza con Rusia y Europa, pero debe sortear las zonas más conflictivas del planeta.

ruta de la seda

El capitalismo chino tiene el impulso de un toro de casta en un ruedo ibérico. Como si el mediático toro de Wall Street, la escultura en bronce que simboliza el optimismo y la agresividad de la principal plaza financiera del mundo, hubiera emigrado a Shanghai. Pero la potencia del toro-capitalismo-chino en ocasiones provoca destrozos. Como los que vienen aquejando a la bolsa de Shanghai desde junio, cuando se desplomó un 35 por ciento, con jornadas de extrema volatilidad.

Aunque los medios del mundo encendieron las alarmas insinuando que China había entrado en crisis, acotados a miradas de corto plazo, las cosas no son lo que parecen. Ciertamente la bolsa cayó con estrépito, pero sigue siendo la que más ganancias tuvo en el último año. En agosto de 2014 el Shanghai Composite Index estaba en 2.100 puntos. En enero de 2015 había superado los 3 mil, para rebasar los 5 mil en mayo. En los primeros días de agosto oscila en los 3.900 puntos. Una ganancia del 75 por ciento en un año, que contrasta con el crecimiento en torno al 10 por ciento de los diversos índices de Wall Street.

Semejantes oscilaciones –hacia arriba y hacia abajo– se deben a la pujanza del capitalismo en China. En el último año más de 40 millones de chinos abrieron cuentas para invertir en la bolsa, casi el doble de las que existían desde que el mercado de valores fue establecido en 1990 (El País, 29-VII-15). Un reportaje de Bloomberg recuerda que los 90 millones de inversores en la bolsa superan a los miembros del Partido Comunista (88 millones). Según datos de un centro de estudios sobre el sistema financiero, dos tercios de estos nuevos inversores apenas son graduados escolares y más del 30 por ciento dejó de estudiar a los 12 años o incluso antes (El País, 11-VII-15).

De golpe, millones de inversores quieren vender para salir de deudas, haciendo bajar el mercado de forma abrupta. Para poder invertir en la bolsa tuvieron que endeudarse y ante la caída de las acciones se desesperan para recuperar sus ahorros. “Los préstamos para invertir en la bolsa suman 330.000 millones de dólares, y se han multiplicado por nueve en dos años” (Cinco Días, 9-VII-15). Para restablecer la confianza las autoridades limitaron las ventas en corto.

En todo caso, quienes esperan un quiebre chino pueden verse defraudados. Goldman Sachs prevé una revalorización del 27 por ciento de sus bolsas en un año. Es que el ascenso de una potencia no se detiene por un tropezón, como sucedió con la crisis de 1929, que no impidió el ascenso de Estados Unidos. Hay otros datos más importantes que la bolsa: el ingreso de las familias chinas se multiplicó por 16 entre 1987 y 2013, “con mucho, el mayor éxito económico en la historia del mundo”; más de 500 millones de personas emigraron del campo a la ciudad durante los últimos 35 años, “el equivalente a toda Europa desde el Atlántico hasta los Urales”; en tanto, “la computación china rivaliza con la estadounidense y está a punto de convertirse en el jugador dominante en los equipos de telecomunicaciones, con Huawei remplazando a Cisco como líder del mercado mundial, que gasta tres veces más que Cisco en bienes de capital” , sostiene el economista David Paul Goldman (Asia Times, lunes 3).

LOS MAPAS HABLAN. Ninguna potencia hegemónica tuvo, y probablemente tampoco tendrá, una geografía tan favorable como Estados Unidos. Dos costas extensas abiertas hacia los dos principales océanos, despejadas de obstáculos para el comercio y distantes de otras, lo que hace imposible la ocupación del territorio, en una suerte de insularidad privilegiada. Compárese, por ejemplo, la situación de otras potencias del pasado, como Venecia y los Países Bajos. Rusia, por ejemplo, está encajonada casi sin salida marítima hacia Occidente.
El caso de China es bien complejo y, de algún modo, la contracara de Estados Unidos. Sus costas están acotadas por un collar de islas desde el sur de Japón hasta el Mar del Sur de China (o Mar de China Meridional), con enormes islas-obstáculo, como Taiwán y Filipinas, aliadas del Pentágono. Además, el comercio chino debe sortear el estrecho de Malaca, largo pasillo entre Malasia e Indonesia, uno de los más importante embudos del transporte marítimo mundial.

Los dos mares que bañan los puertos chinos, al sur y al norte (Mar Oriental y Mar Meridional), presentan conflictos por la posesión de algunas islas. Desde el sur de Japón casi hasta Taiwán, la cadena de islas Ryu Kyu alberga las bases militares del Pentágono en Okinawa, que suman 27 mil soldados y cientos de aviones de combate a media hora de vuelo de la costa china y a una hora de Shanghai. El peñón Senkaku, a medio camino entre Okinawa y el continente, es disputado por Japón y China, y el conflicto va en aumento.

Un informe publicado por The New York Times con profusión de fotos satelitales de la Cia, la Nasa y otras agencias y titulado “Qué ha estado construyendo China en el Mar del Sur de China”, muestra cómo la potencia asiática ha creado en apenas un año siete islas a partir de arrecifes para usarlas como plataformas militares. Las obras ofrecen un panorama impresionante: decenas de dragas bombean arena del fondo marino cubriendo los arrecifes y formando pequeños islotes que albergan instalaciones civiles y militares.

Por cierto, China no es el primer país en hacerlo. Las islas Spratly son disputadas por Vietnam, Malasia, Filipinas, Taiwán y China. Pero nadie lo había hecho con tanta celeridad y amplitud. La mayor de ellas, Fiery Cross Reef, “es la más significativa desde el punto de vista estratégico”, ya que cuenta con una pista de aterrizaje de 3 mil metros en la que pueden operar todo tipo de aeronaves, “desde aviones de combate hasta aviones de gran tamaño” (The New York Times, 30-VII-15).

Es la segunda pista que construye China en el archipiélago a mil quilómetros de la provincia insular de Hainan, cerca del territorio continental de China. Además de China, Taiwán está actualizando su pista de aterrizaje de mil metros en la isla Itu Aba, mientras Filipinas, Vietnam y Malasia también disponen de pistas en la zona del archipiélago de las Spratly (Russia Today, lunes 3).

El Mar del Sur de China es una región clave para el comercio mundial y, muy en particular, para el dragón. Se trata de una zona marítima por la que pasa más de 50 por ciento del petróleo mundial y 80 por ciento de las exportaciones e importaciones chinas. Es el talón de Aquiles del país asiático, como bien lo sabe el Pentágono, que ha hecho de los mares que rodean a China el escenario de su “pivote hacia Asia”.

Los ejercicios navales conjuntos que realizan China y Rusia en agosto en el Mar de Japón, simulando combates antisubmarinos y defensa aérea, son un guiño a todos los países del Pacífico, pero sobre todo a Estados Unidos y a Japón, que avisa la determinación de Pekín de no dejarse presionar (The Bricspost, 31-VII-15).

RUTA DE LA SEDA. El presidente chino, Xi Jinping, presentó oficialmente la nueva ruta de la seda con un discurso de 30 minutos en la Conferencia Económica de Boao, en la isla de Hainan, el 28 de marzo de 2015, frente a 16 jefes de Estado o de gobierno y más de cien ministros de los 65 países que se encuentran en el camino, tierra o mar, de esta nueva ruta comercial.

Es la más ambiciosa iniciativa geopolítica, diplomática y económica de China, junto al Banco Asiático de Inversión para Infraestructuras (Baii). Se trata de dos rutas, una terrestre y otra marítima, que unen a China con Europa atravesando toda Asia. La ruta terrestre parte de las ciudades industriales chinas y termina en Madrid, cruzando Uzbekistán, Rusia, Irán, Turquía y el centro de Europa. La ruta marítima parte del puerto chino de Fuzhou, atraviesa Malaca, bordea India, toca Pakistán y gana el Mediterráneo a través del Mar Rojo y el Canal de Suez.

Cualquiera de las variables de ambas rutas supone atravesar zonas de viejos y nuevos conflictos, azuzados otrora por las potencias coloniales y ahora por Estados Unidos. Pero la ruta está rodeada de un “corredor” que se convertirá en foco de inversiones y de servicios de calidad: atraviesa países que suponen el 63 por ciento de la población del mundo y el 29 por ciento de la producción. Las autoridades chinas prevén que los intercambios con los países a lo largo de “la ruta y el corredor” se duplicarán en diez años. De ese modo “China ha enviado una señal muy fuerte: en momentos en que su crecimiento económico ha comenzado a disminuir, no ha elegido estimular su economía a través del gasto militar”, como ha hecho Estados Unidos (Geab, número 94, 2015).

El llamado corredor supone fuertes inversiones en infraestructura (puertos, gasoductos, carreteras, aeropuertos, electricidad) pero también el desarrollo urbano y el turismo. Las inversiones en el cinturón de la ruta van a reducir los costos operativos y comerciales, fomentarán las exportaciones chinas y serán un mecanismo de internacionalización del yuan.

De ese modo, priorizando el comercio y la diplomacia, China consigue reequilibrar sus relaciones, dependiendo menos de las economías transatlánticas y reforzando sus vínculos con el Oeste. Es una respuesta “típicamente oriental” al pivote estadounidense, inspirado en una nueva conquista, o sea siguiendo los pasos de las potencias precedentes, Inglaterra y Francia, que ocuparon parte de China en el siglo XIX con las guerras del opio. En vez de enfrentarse, espera y busca alternativas.

El Baii es el modo de juntar el capital necesario para construir la ruta: reúne ya a 52 países, incluidos aliados importantes de Washington, como Israel, las nueve principales economías europeas y la mayor parte de los países asiáticos. China hizo saber que no tendrá poder de veto en la junta de administración del banco, con lo que busca diferenciarse de las instituciones de Bretton Woods, donde la superpotencia puede impedir decisiones que no comparte.

UNA POTENCIA ATRACTIVA. Ningún país que llegue a ser potencia hegemónica puede hacerlo sin ofrecerle algo atractivo al resto.
El libre comercio era la promesa de progreso que encarnaba Inglaterra antes de convertirse en la “pérfida Albión”. Estados Unidos fue la “tierra de la libertad”, donde se exiliaban los perseguidos del fascismo, antes de ser la más temida potencia imperial de la historia. La superpotencia ha violado lo que la hizo un gran país, estima el ex presidente Jimmy Carter en una reciente entrevista. “Estados Unidos es ahora una oligarquía con ilimitada capacidad de soborno político que le permite nominar y elegir presidentes”, lo que constituye “una subversión completa de nuestro sistema político como recompensa a los grandes contribuyentes” (informationclearinghouse.info, domingo 2). Esgrime una política exterior intervencionista, capaz de dominar pero incapaz de conseguir consenso para sus objetivos. Internamente ha creado un sistema opresivo con una policía que primero dispara y luego pregunta, con un saldo de más de mil muertos cada año. Entre el 1 de enero y la primera semana de agosto ya fueron muertas 700 personas, superando la cifra de 2014 (killedbypolice.net).

El informe de 2013 de la Sociedad Americana de Ingenieros Civiles le adjudicó a Estados Unidos la calificación de D+ (deficiente hacia arriba) por el estado de su infraestructura. El documento menciona miles de represas con alto riesgo de colapsar, congestionamiento en el 42 por ciento de las carreteras urbanas, entre muchos otros problemas, y concluye que el país tiene “un atraso considerable en el mantenimiento de infraestructuras y falta una inversión de 3,6 billones de dólares (una quinta parte del Pbi anual) para 2020 para mejorar la calidad” (www.infrastructurereportcard.org).

Pero, ¿qué ofrece China?

Michael Spence, premio Nobel de economía junto a Joseph­ Stiglitz y profesor en la Universidad de Nueva York, sostiene que “ahora China tiene una estrategia, o al menos está desarrollando rápidamente una que se extiende más allá de Asia, abarca Europa y llega a la costa oriental de África” (Project Syndicate, 17-VI-15). Esa estrategia global china se apoya en el Banco Asiático de Inversión para Infraestructura (Baii) y en la ruta de la seda, como dos componentes complementarios.

“El objetivo de China es crear vínculos, disponiendo de una alta cifra de bienes que le permitan actuar como un catalizador para el crecimiento y el desarrollo regional –sostiene el Nobel–. Los líderes de China seguramente quieren un reconocimiento internacional de talla mundial para su país. Pero también quieren que el ascenso de China sea beneficioso para sus vecinos y para el mundo. El nuevo enfoque externo de la estrategia de crecimiento y desarrollo de China está diseñado para hacer real este ideal.”

Si así fuera, si China es capaz de ofrecer prosperidad a los demás países, su ascenso estará asegurado. Eso implica darle un lugar a India, siempre recelosa del poder chino, pero también a los países medianos de Asia Central, mientras busca neutralizar la influencia estadounidense en toda la región asiática. “La nueva ruta de la seda será beneficiosa para todos los países interesados en la medida en que se base en un equilibro de fuerzas”, reflexiona el Laboratorio Europeo de Anticipación Política (Geab número 94, 15-IV-15).

China puede mirarse en el espejo de la Rusia soviética, como contraejemplo. Buscar la subordinación de los vecinos es el peor camino. Por eso el think tank europeo considera a la ruta de la seda como “un New Deal al estilo chino” en el que todos los actores pueden salir beneficiados.

El exitoso estreno del Baii parecería indicar que los dirigentes chinos van por el buen camino. Sin embargo, es un sendero sembrado de trampas y riesgos, como lo demuestran las disputas que enfrenta con Filipinas, Vietnam y Japón por las islas de los mares de China. Es cierto que se trata de disputas atizadas por la Casa Blanca. Pero no es menos cierto que algunos de esos vecinos temen el expansionismo chino, así como China teme que su territorio vuelva –una vez más– a ser invadido por potencias occidentales o por el propio Japón, que protagonizó la invasión de Manchuria (1931) seguida de la guerra contra China (1937-1945). En esos 14 años habrían muerto 35 millones de chinos, según las recientes investigaciones de la Oficina de Información del Consejo de Estado (Prensa Latina, 15-VII-15). Ningún país del mundo sufrió una sangría semejante. Es curioso, pero de esa guerra Occidente no tiene imágenes. La iconografía de la guerra del Pacífico se reparte entre el ataque japonés a Pearl Harbor y las dos bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki. Sin embargo, más del 90 por ciento de las víctimas de esa guerra fueron chinas.

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