La “Uber” del sexo – Brecha digital

La “Uber” del sexo

Ohlala, aplicación nefasta

Ohlala es una aplicación que comenzó a utilizarse puntualmente en ciudades alemanas como Berlín, Fráncfort, Hamburgo y Múnich, y que a simple vista podría no parecer muy diferente de otras aplicaciones para citas amorosas como Tinder, Badoo y Happn. Uno carga su perfil, sube una foto y el programa lo contactará con otros usuarios, con los cuales podrá chatear y planificar encuentros. Pero el detalle que lo coloca en el centro de la polémica es que no se trata de citas más o menos “casuales”, sino que por lo general se pacta un precio por dichos encuentros. Es decir: uno contacta con el otro usuario y puede ofrecerle ir al cine, acompañarlo a una fiesta o directamente a pasar a su dormitorio, pero también puede ofrecerle un pago a cambio de su “servicio”. Esta modalidad es lo que ha llevado a que, en seguida, el usuario caiga en la cuenta de que se trata de un indisimulado servicio de prostitución y, de hecho, son varias las publicaciones que han señalado que prácticamente es un incentivo para ésta.

Luego de registrarse, el usuario se encuentra inmediatamente con lo que vendría a ser un catálogo de sexo-servidores de la zona (hombres o mujeres, según las preferencias particulares) y, una vez decidido por una de las opciones ofertadas, se contacta para entrar en detalles y tarifas. Incluso la app presenta la opción de que el cliente ingrese su petición, especificando el horario, el lugar y sus preferencias, y así las chicas (o chicos, digamos) disponibles de la zona le ofrecerán su servicio. Los encuentros sexuales cuestan en promedio unos 240 euros (evidentemente, se trata de prostitución Vip).

Ohlala es, básicamente, una versión más sutil de lo que era Peppr, la anterior aplicación desarrollada por la emprendedora austríaca de 28 años Pia Poppenreiter. Peppr era directamente una plataforma para que las trabajadoras sexuales se contactaran con sus potenciales clientes. Ahora, Ohlala parecería presentarse como un programa para planificar encuentros amorosos, cuando en realidad es algo muy distinto: “lo que quieran hacer esas dos personas –sea hacerse compañía en una cena o ir a la cama juntos– es un asunto privado y debería ser acordado por chat antes del encuentro”, señala Poppenreiter a la publicación TechCrunch. También subraya que ninguna mujer está obligada a registrarse, ni a aceptar una cita, y que al poder elegir cuándo y con quién, de algún modo estaría “revirtiendo la modalidad” de la prostitución. El 8 de febrero, la aplicación pasó a estar activa también en Nueva York, y continúa en expansión.

Entrevistada por el portal de la Deutsche Welle, Sonja Dolinsek, investigadora sobre el trabajo sexual de la Universidad de Erfurt, ve con buenos ojos la aparición de la aplicación, señalando que podría levantar alguno de los estigmas respecto a “la profesión más antigua”, ayudando a limpiar su imagen, y que “en tanto las trabajadoras sexuales sean vilipendiadas por la sociedad, están expuestas a un mayor grado de violencia (…) los perpetradores saben que nadie, ni siquiera la policía en muchos casos, se preocupa por los profesionales del sexo, pero una aplicación como ésta lleva a que todos los usuarios queden registrados”. Según esta perspectiva, sería también una forma de terminar con madamas, proxenetas y otros intermediarios que lucran con el servicio y, de algún modo, de “empoderar” a la prostituta, ya que pasaría a establecer directamente los vínculos con los clientes.

Claro está que los abolicionistas de la prostitución se harán oír próximamente y que, al igual que con Uber, las consecuencias de la desregulación comenzarán a difundirse, sobre todo en lo que concierne a la seguridad social y los derechos laborales de las/os implicados.

Pero hay algo más grave que tampoco se ha dicho: la facilitación y la presentación de la prostitución como algo “casual”, accesible para todo el mundo, simplemente expone a un sinfín de personas a un oficio que quizá pueda parecerles una vía para obtener dinero fácil y que, sin embargo, suele traer consecuencias funestas a quienes lo ejercen.

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