La Universidad no es el país

A partir de abril Hugo Rodríguez dejará de comandar el Servicio de Extensión universitaria de la Udelar. Afirma que en la Universidad hay una “grieta” que alcanza al debate sobre la extensión, pero que ese debate no es ideológico sino por “intereses personales”, por “plata”. Dice también que hay que preguntarse quién se beneficia con la presencia de los universitarios en el terreno, porque no siempre son las comunidades.

Foto: Manuela Aldabe

Las últimas elecciones universitarias dieron que hablar. Nunca antes se había visto a los candidatos al rectorado recorriendo facultades y servicios para exponer sus perspectivas. La confrontación entre los partidarios de Roberto Markarian y Álvaro Rico adquirió una virulencia desusada, y las distancias ideológicas parecieron volverse irreconciliables.

Aunque el Servicio Central de Extensión y Actividades en el Medio explica sólo el 0,6 del presupuesto universitario, el debate acerca de él se transformó en “eje de las disputas simbólicas”, apreció una fuente consultada por Brecha.

La ley orgánica de 1958 había establecido la extensión como una de las tres tareas básicas de la Universidad, junto a la docencia y la investigación. En su artículo 2 consta el mandato de “contribuir al estudio de los problemas de interés general y propender a su comprensión pública; defender los valores morales y los principios de justicia, libertad, bienestar social, los derechos de la persona humana y la forma democrático-republicana de gobierno”.

La noción ha sido interpretada como la formalización del imperativo ético y político de que la Universidad se “comprometa” con la sociedad. También ha sido vista como el contrapeso necesario de la autonomía.

Lo cierto es que recién después de los dos rectorados de Rodrigo Arocena su presupuesto alcanzó las dimensiones descritas. Antes era el 0,19 del total. “Tuvo un crecimiento veinte veces mayor que el promedio de la Udelar”, se lee en el “Documento para estimular el debate sobre la extensión en la Udelar”, presentado por el servicio.1

Y en la disputa por el rectorado pareció ser el asunto donde más nítidamente se expresaba la polémica que, en las versiones más apasionadas, enfrentaba al “elitismo” de Markarian con la “demagogia” de Rico. Desde un bando se aducía que con la divisa de la extensión se desdeñaba el rigor y se desarrollaban actividades linderas al activismo, pero rentadas. Desde el otro se postulaba que Markarian deseaba a los universitarios atrincherados en una torre de marfil, distraídos de la realidad.

El tono subió. “Se generó ese tipo de identidades que se manifiestan más enfáticas cuanto más endeble es su base. Faltó solamente la garrafa de 13 quilos”, señaló un observador. Por algo en la jornada de su elección Markarian insistió con que sería “el primero en limar asperezas y en ayudar a cerrar heridas”.

Pero dos meses después, precisamente en ocasión de discutirse en el Consejo Directivo Central (Cdc) de la Udelar la estructura que se le daría al servicio, una representante del orden de egresados, que en sala había criticado el número y la carga horaria de los docentes de extensión, denunció haber sido agredida en el pasillo, verbal y físicamente.2

El 2 de febrero de 2015 el médico Hugo Rodríguez, director del Departamento de Medicina Legal de la Facultad de Medicina, asumió como pro rector de Extensión con un programa enteramente respaldado por el nuevo rector y –a poco más de dos semanas– los docentes del servicio se declararon en conflicto por la reiterada postergación en la renovación de 35 contratos. Humberto Tommasino, el pro rector que Rodríguez relevaba, le decía a Brecha que “detrás de todo esto hay un gran desmantelamiento”.3

Dos años después de aquellas jornadas, Rodríguez ha presentado su renuncia al cargo, que espera hacer efectiva a partir del 1 de abril. “Considero que se han registrado avances cualitativos en la definición de políticas explícitas para la extensión universitaria, habiéndose logrado ejecutar las decisiones del cogobierno en plazos muy acotados. Paralelamente, se ha encauzado el ordenamiento administrativo […] y el funcionamiento […] con arreglo a la normativa universitaria y al principio de formalidad que debe guiar el funcionamiento de las instituciones públicas financiadas por el conjunto de la sociedad”, argumentó Rodríguez en el texto de su dimisión. Lo hecho habría tenido como precio un desgaste que haría conveniente que fuera otra persona la que encabezara el servicio de ahora en adelante, sostiene.

Pero había más cosas por preguntar.

—La reestructura del Sceam que usted impulsó llevó el número de docentes de 58 a 28. Su costo pasó de 27 millones a 14. A partir de estos datos uno podría decir que se cumplió la advertencia de Tommasino de que se venía “un gran desmantelamiento”.

En absoluto puede verse así. El presupuesto es exactamente el mismo que existía. La proporción de dinero destinada a salarios es exactamente la misma. La diferencia es que la mayor parte de ese dinero antes se gastaba en un equipo central y aproximadamente un 30 por ciento se distribuía en los servicios. La reestructura lo que hizo fue invertir esa situación. Esto se hizo sobre la base de respetar absolutamente los derechos de los trabajadores docentes, las disposiciones contractuales y la naturaleza de los cargos. Es verdad que el equipo central tiene menos docentes y también que todas las facultades tienen más docentes de extensión que antes. Además mantuvimos todas las áreas del equipo central antes existentes y agregamos el Área de Derechos Humanos, incorporando docentes que no estaban en el servicio. Recorte no hubo en absoluto.

—Se me ha señalado que esa preocupación descentralizadora parece demasiado cercana a una idea perimida de la Universidad como una federación de facultades, para la que sólo éstas tendrían la capacidad de desarrollar una labor académicamente aceptable, y que lo central resulta en sí mismo sospechoso.

La extensión no es una disciplina, es una dimensión de la tarea que se conjuga armónicamente con la docencia y la investigación. Entonces es un proceso que debe ocurrir donde se desarrollan las actividades normales de la Universidad. Tener que extender la extensión implicaría una tautología. Parece mentira que haya que explicar por qué la extensión no puede ir unida a un paradigma de centralidad, tal como estaba ocurriendo. Había un equipo y unas directivas que establecían, para empezar, qué es la extensión. Y para presentarse a los llamados concursables había que adherir a una concepción de la extensión, cuando en toda Latinoamérica se reconoce la polisemia del concepto. Se priorizaba una metodología y en los hechos se iba contra la curricularización de la extensión, porque los currículos ocurren en los lugares donde se dan los procesos de enseñanza-aprendizaje e investigación. No se dan en un apartamento del Cordón que nadie conoce. Así se formó un núcleo que estaba bastante aislado de la experiencia real de los centros, de los contextos de masividad de los centros… No queremos una federación. Queremos que cada centro, sin comisariatos políticos, desarrolle la tarea de extensión como debe. La vida de la Universidad no pasa por el equipito nuestro. Y yo no quiero que pase, aunque sea el pro rector.

—En la discusión de la reestructura los docentes de Adur-Oficinas Centrales sostuvieron que en el período anterior el crecimiento del centro había sido paralelo al crecimiento de la extensión descentralizada. Mientras se engrosaba el servicio, ejemplificaban, el número de estudiantes haciendo extensión en los espacios de formación integral pasaron de 600 a 8 mil.

Sí, no había manera de que eso no sucediera. El dato es cierto y positivo. Pero no se lo puede atribuir a una política de extensión. Hay que atribuirlo a que en los dos primeros gobiernos del Frente Amplio el presupuesto universitario creció como nunca en su historia, se multiplicó por cinco. Si antes teníamos una universidad ahora hay cinco. Y la extensión no se multiplicó por cinco, se multiplicó por cien. Creció veinte veces más que la Udelar. De no haber habido mucha más extensión hubiese sido un escándalo.

—En el “Documento para estimular el debate sobre la extensión”, que su pro rectorado planteó, se propone sacar el foco que tradicionalmente se puso en “los más desfavorecidos”, “postergados” o “vulnerables”, para adoptar una “perspectiva de derechos humanos en su dimensión más abarcadora”. ¿Por qué ese cambio?

No se trata de sacar el foco de los más postergados sino de decirlo mejor. La apelación a los más postergados tiene mucho más contenido emotivo y simbólico que académico. Capaz que los ganaderos se sienten alguna vez los más postergados porque les pusieron un impuesto. Además, desde antes de que yo llegara, el trabajo de extensión se realizaba fundamentalmente con cooperativistas y trabajadores sindicalizados, sectores que están lejos de ser los más postergados. Así que el enfoque existente ni se adecuaba a lo que se estaba haciendo ni era una categoría que definiera claramente de qué estábamos hablando. Y no necesitamos apelaciones emocionales. Todos sabemos que somos “los buenos”, y no necesitamos hacer gárgaras con eso. La perspectiva de los derechos humanos implica utilizar una categoría perfectamente clara y definida y supone una opción política radical, la más radical, yo creo, particularmente en tiempos de progresismo. Interpela a todo el mundo. No deja a nadie fuera de la obligación de rendir cuentas. No solamente apela a los derechos de las grandes mayorías; apela además a los derechos de las minorías y hasta los individuales. No deja margen para miradas autocomplacientes por avances que pueda haber en determinados aspectos sociales. Por eso estoy convencido, y pude convencer a la institución, de que esta opción política valía la pena. Con sorpresa para mí, después de que la Universidad aprobó esto, la Asociación de Universidades del Grupo Montevideo, que tiene una comisión permanente de extensión, aprobó que los derechos humanos fueran el eje de su trabajo en el futuro. No digo que nosotros hayamos inspirado ese cambio. No creo que tengamos ningún liderazgo regional. Creo que era una formulación que se correspondía con los tiempos que viven Uruguay y la región. No fue una genialidad, sino el resultado de un momento histórico regional.

—Usted también ha insistido en problematizar la dimensión ética de la extensión, y en la reestructura asignó a la Unidad de Promoción la tarea de atender el asunto. ¿Cuáles son los principales problemas éticos que plantea la tarea?

Los hay de diverso nivel o naturaleza. Uno muy evidente o fácil de explicar es que cuando la Universidad trabaja particularmente con sectores muy vulnerados tiene que estar muy atenta a no cometer abusos, abusos que –claro– nadie quiere cometer. Aquí creo que es útil la comparación con la labor de los investigadores. Quien busca encontrar una vacuna contra una enfermedad que hace daño a la humanidad tiene un propósito muy noble. Pero debe de haber pocos ejemplos de atropellos más brutales a los derechos humanos que los cometidos por la investigación científica con seres humanos. La filosofía y la ética avanzaron y construyeron algunas categorías que permiten medir eso: riesgo y beneficio, quién se beneficia de los resultados, conflictos de interés, consentimiento informado, consentimiento comunitario, respeto a la intimidad, por nombrar algunas. ¿Puede hacerse una analogía con la extensión? Creo que sí. Cuando se trabaja con comunidades vulneradas están muy claros los beneficios que eso tiene para el estudiante y el docente: ambos cumplieron un requisito que a uno le permitirá avanzar en su carrera y alejarse de la vulnerabilidad y al otro cobrar su salario en el cajero. Pero alguien tiene que preguntarse qué ganaron las comunidades vulneradas, si no podemos estar haciendo un uso de las personas. ¿Esto es una realidad general? Digo que no. ¿Pero esto pasa? Digo que sí. Ya lo he contado. En el trabajo comunitario en medicina nos hemos topado con alguna familia que había puesto un cartel en la puerta diciendo “Hoy no atendemos”. Porque ¿cuál es el beneficio que obtiene esa familia por recibir a siete grupos distintos de estudiantes que vienen a preguntarle cuántos hijos tienen, cuándo fue su última menstruación, etcétera? En Youtube, abiertos al público, están colgados ejemplos de intervenciones universitarias. Muestran rostros de niños, el interior de hogares pobres, se detienen en los pegotines de la heladera para que veamos a quién votaron (o sea “qué bobos son”), publicamos cuánto reciben del Mides, todo con nombre y rostro. ¿Qué justifica esa práctica? Creo que tengo derecho a preguntarme quién ganó con eso. Creo que Extensión no debería mantenerse al margen de estos cuestionamientos sino liderarlos.

—En varios textos de su pro rectorado hay una insistencia en la universalización de la extensión que da la idea de que en muchos ámbitos de la Universidad la noción es resistida o vista como un requisito ineludible pero en el fondo inútil.

No me cabe duda. Hasta hay universitarios que piensan que, como en la ley orgánica no se usa el término, la extensión es ilegal. Sin duda en algunos lugares la idea se ve tan natural que llega a sostenerse que tener unidades de extensión es una contradicción, porque supondría pensar una extensión divorciada de la actividad corriente, y “extensión somos todos”. Esa es la utopía. Pero seguramente para un físico la extensión es algo más complicado, y si además intentamos que se ajuste a un modelo rígido en vez de proponerle la idea como el modo en que la Universidad se vincula con la sociedad de manera interactiva, no lo estaremos ayudando a entenderla. Pero hay otra lectura sobre por qué algunos lugares se abrazan a la extensión y otros se alejan de ella. A veces el contenido simbólico que las cosas tienen se vuelve más importante que el real. En la Universidad existe una cosa que yo llamo, tomando una expresión argentina, “la grieta”. Están los de este lado y los del otro. Simbólicamente la extensión pertenece a uno de los lados… Voy a citar ejemplos reales, cosas que me han sido dichas: “Estamos de acuerdo con el documento pero –como nuestro objetivo es desestabilizar a Markarian– tenemos que votar en contra”, o “Sé que lo que hizo esta barra es una barbaridad, pero como está conmigo, tengo que apoyarla”, o, como me dijeron antes de asumir, “Sabemos que sos un buen tipo, pero vamos por la cabeza de Markarian y vos estás en el medio”. Yo creo en la lucha ideológica, pero no creo que haya que hacer tonterías, y la verdad es que la única grieta en que creo, a fondo, es la que hay entre explotados y explotadores. Y no he logrado ver en la Universidad dónde se trazaría esa línea. Se trata de luchas chiquititas, de intereses personales directos, concretos, de plata, no de lucha ideológica. Llevo en Extensión dos años completos y creo que todavía no llegamos ni a la primera “i” de “ideología”. Todo fue por sueldos, extensiones horarias, viajes, viáticos y vehículos. Esa es la verdad.

—Su carta de renuncia habla de que la gestión derivó en un “desgaste” muy serio, y recoge una autocrítica: “no haber sabido o podido convencer a tiempo a una parte del equipo docente central de que la reforma promovida no iba en desmedro de quienes trabajaban honradamente sino en pos del objetivo explícito de más y mejor extensión universitaria”. Teniendo en cuenta la dureza de la confrontación electoral pasada uno se queda alarmado de lo dividido que parece el demos universitario. ¿Hay que preocuparse?

Creo que sí, que deberíamos manejar de manera más noble estas diferencias. He intentado dar señales, con hechos, de que no juego en la lógica de la grieta. Aunque la reestructura no contó con el voto de la Feuu, ésta participó en la comisión que definió cargo por cargo el resultado final. Cuando elevé al Consejo Directivo Central la propuesta de reestructura el sindicato docente me pidió espacio para discutir más, y entonces fui al Cdc a pedir que la retiraran del orden del día. Tuvimos más de una reunión con ellos. Me pidieron que hiciera siete cambios y los hice. Redacté un nuevo documento incluyendo los acuerdos. Se los envíe para saber si allí veían reflejado lo que habíamos conversado. Me dijeron que sí. Elevé la nueva propuesta y la votaron en contra… Pero no me arrepiento de haber seguido ese camino.

Me quiero detener en la palabra “desgaste”. Pensé mucho antes de escribirla. No quiero que se lea que estoy quebrado. Si el Cdc no me acepta la renuncia yo puedo iniciar el torneo Clausura, sin ningún problema. Lo que digo es que terminó el Apertura. Cumplimos todos los objetivos con amplia mayoría en el cogobierno. A mí me parece que estaría bueno que viniera otro para el Clausura, pero puedo seguir. Lo que llamé “desgaste” también es un fruto de la grieta. Todo costó mucho. Si alguien me dice: “No, yo prefiero la centralidad, no me parece lo de la ética porque tal autor dijo esto o aquello de los derechos humanos, para mí huele a imperialismo yanqui”, está bárbaro. Pero si cuando digo “acá hay una extensión horaria votada a un docente que en realidad está en el exterior”, lo que espero que se me diga es “terminá con esa situación” y no que el tema se vuelva un motivo de conflicto. Si vienen organizaciones sociales y me piden que le renueve el cargo a un ingeniero porque es quien les resuelve sus problemas y yo veo que no es un ingeniero sino un estudiante de ciclo básico que además hace seis años que no da un examen, lo que espero es que me digan “gracias, Hugo, por revelar eso”. Pero no, se vuelve otro conflicto. La lógica de la grieta es esa. Ir por todo, hasta por lo que está mal, lo que es horrible. Ese es el desgaste. Cuando vos decís “hoy es jueves” y te responden “eso dirá Markarian, vamos a ver qué día es”. Igual, todo se hizo. Terminamos con cantidad de vicios que muchos compañeros no veían como tales porque se habían naturalizado. Creo que dignificamos la extensión. Me parece que está muy bueno que en un contexto de limitaciones presupuestales pueda decirse: acá hay un lugar donde el dinero del pueblo no se tira a la basura.

  1. Presentado por el actual pro rectorado de Extensión en setiembre de 2015.
  2. Véase Brecha, 7-XI-14.
  3. Véase Brecha, 27-II-15.

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