Corpachón robusto, voz gruesa y una gestualidad entre risueña y tosca, atributos que convenían a su nombre: Silvestre. Pero a no engañarse. Peciar poseía una infrecuente sensibilidad y era capaz de una formulación teórica decantada, que graficaba con palabras intensas que otorgaban a su discurso un tono persuasivo, entrador.
Falleció la semana pasada este montevideano cultor de utopías perennes. Fue alumno atento de Miguel Ángel Pareja e integrante del mítico grupo La Cantera, viajó becado a Perugia, Italia –donde se deslumbró con la obra del escultor Arturo Martini–, fue docente de secundaria y profesor de la Escuela de Bellas Artes cuando la reforma del Nuevo Plan de Estudios, en los años sesenta. Realizó su primera exposición de escultura en la Galería U de Enrique Gómez en 1974. Tuvo que abandonar el país durante la dictadura cívico-militar y ejerció la docencia en la Universidad Federal de Santa María, Brasil, manteniéndose en contacto y trabajando con el grupo de Cerámica del Carrito. A su regreso del exilio obtuvo por concurso el Taller de Libre Orientación Estético Pedagógica del Ienba, cargo que ejerció hasta su jubilación hace un par de años.
Mantuvo a lo largo de su intensa peripecia vital la vocación de militancia social característica de los años sesenta, cuando la Enba realizaba las famosas “campañas de sensibilización” y las “ventas populares”, con los estampados, las cerámicas y los grabados al alcance de todos.
“A Peciar lo que le importa es la forma y, sobre, todo, el proceso en el cual se devela y se depura”, sostuvo su amigo y colega docente, Javier Alonso. Ciertamente, ese impulso por develar la forma lo convirtió, ante todo, en escultor. Y aunque experimentó en medios muy diversos como la pintura, la cerámica y el mosaico, fue la escultura lo que se le dio mejor y, dentro de este vasto campo –talla directa en piedra, trabajo en madera, bronce, aluminio, etcétera–, fue el modelado en barro donde a mi juicio Peciar encontró su propia voz, su manera más convincente. No por casualidad también el magisterio de Yepes lo deslumbró: “Martini y Yepes: el amor por la arcilla modelada… Del barro nace el volumen y el vacío; la luz y la sombra, los ritmos y los contrastes, las texturas, los contornos entrelazados, la geometría, la estructura, la expresión”. Una importante retrospectiva en Fundación Unión en el año 2015 nos lo mostraba en toda la diversidad de sus intereses, con grandes altos y bajos, con una heterogeneidad de expresiones que, si por un lado, parecían entreverar sus búsquedas y peligrar los hallazgos, por otro daban cuenta de su absoluta sinceridad y falta de prurito: estaba a salvo, en definitiva, del alarde y la pose académica. Es que poseía una fe imparable en el valor del arte moderno como camino de redención. Contra las predicciones fatalistas que veían en cada esquina el fin de la pintura y de la escultura moderna le cantó a la forma sin miramientos: “Escultores populares que me fascinaron, como lo africano inspiró a Picasso. El espíritu del arte continúa convocando a la creatividad, por las vías más inauditas. Yo creo en la sensibilidad. Creo en los maestros del pasado de todas las épocas. Y creo en los maestros del modernismo. Creo en la utopía liberadora del Arte Moderno. (El sueño no acabó).”







