La venganza de los nerds

Esta película se afilia al viejo camino del humor inglés en una versión muy contemporánea, tanto en la forma en que se gestó como en la sustancia que anima a los protagonistas y al asunto, aclarando que en este caso, los protagonistas son el asunto.

Sightseers

Las tradiciones sólo se mantienen si en el transcurrir del tiempo distintas generaciones son capaces de usarlas, transformarlas, volverlas en un vehículo de sus propias necesidades e inquietudes. El humor inglés, que en el cine dio lugar a algunas de las mejores comedias de todos los tiempos –Ocho sentenciados, El quinteto de la muerte, entre las más recordadas del pasado, y entre las del siglo que corre, Muerte en un funeral, que en pleno 2009 vino a recordarnos que aún es posible llorar de risa en el cine–, parece desaparecer para luego despuntar en alguna creación, aunque en televisión hay un montón de ejemplos que lamentablemente ni siquiera los canales de cable nos acercan, o lo hacen por cuentagotas.

Esta película1 que en varios países se proyectó con el título Turistas, del director nacido en 1972 Ben Wheatley, se afilia al viejo camino en una versión muy contemporánea, tanto en la forma en que se gestó como en el humus perceptivo y cultural –la sustancia– que anima a los protagonistas y al asunto, aclarando que en este caso, los protagonistas son el asunto. La forma incluye que los encargados de dar vida a los dos miembros de la pareja central, Steve Oram y Alice Loewe, participaron en el guión junto a Amy Jump, también editora y habitual colaboradora de Wheatley: un grupo de amigos creando y divirtiéndose juntos, la fórmula más alejada de la industria del cine que pedirse pueda, y también la fórmula más alejada del sello autoral, del dueño absoluto de todo lo creado. Y esa manera de hacer tiene todo que ver con la sustancia de la película: una situación, y muy extrema, donde nada se explica y todo se muestra, donde no hay aprobación ni condena, ni distancia ni complicidad. Chris (Steve Oram) y Tina (Alice Loewe), novios recientes de treinta y pocos años, deciden emprender un viaje por el York-shire recorriendo hitos históricos, como el Museo del Tranvía o el Museo del Lápiz, pasando por varias ruinas antiquísimas. No se muestra de dónde viene Chris, pero sí de donde viene Tina: un hogar con una madre dominante y casi surreal en sus manías (Eileen Davies, brillante), todas ellas escueta y precisamente mostradas, así como la relación madre-hija. En un auto con un tráiler Chris y Tina se lanzan a los caminos y aterrizan en campings donde la suerte les depara algunos encuentros banales, pero entre ellos algunos de esos que despiertan el ímpetu asesino de quien los encuentra. Como mucha gente sintió esos impulsos frente a seres pedantes, arbitrarios y molestos que vienen a enturbiar la zonza alegría, puede comprender el impulso; la diferencia es que estos dos, uno primero y otra después, ceden a él. Así la parejita se convierte en un tándem de asesinos en serie, una serie que no tiene formulación para las víctimas, excepto fastidiar a uno, a otro o a los dos, y nutrir con eso la pasión que los une. Clase media en descenso, perdedores, nerds, tarados, gente que aspira a la grandeza sin tener muy claro en qué consiste –trátese de realizaciones personales o de sexo–, pareja maldita sin glamur ni grandes pasiones a la vista, Chris y Tina con un perrito compañero son la sinrazón suelta en los campos. Todo se desarrolla con un ritmo perfectamente calculado, con una adecuadísima banda sonora, con ese contraste entre la impresionante belleza de los paisajes –¿son Chris y Tina los descendientes posmodernos y alelados de los antiguos sajones que crearon sus oscuras leyendas en esos mismos bosques?–, y esa sórdida e inocente pequeñez, que puede volverse tan temible. El humor, aquí, nace de lo mecánico para ejecutar lo terrible, de la naturalidad en el absurdo, de la no explicación, y no da lugar a risa abierta sino a la incomodidad frente a lo extremo y sí, lo negro, muy negro.

1. Reino Unido, 2012.

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