La verdad incómoda

“Leaving Neverland”, el polémico documental sobre Michael Jackson

Foto: difusión

El documental “Leaving Neverland”, estrenado recientemente por Hbo, pone en evidencia lo que hasta no hace mucho era un secreto a voces: que Michael Jackson fue, además de uno de los artistas más relevantes en la historia de la música pop, un abusador de menores.

Un niño entra en el camarín de Michael Jackson. Está completamente maravillado. Se prueba sus lentes negros y ensaya sus típicos pasos de baile frente al espejo mientras se imagina a su ídolo en el escenario. El mismísimo Rey del Pop aparece como por arte de magia y en su única línea de diálogo, un simple parlamento de la publicidad de Pepsi que ahora suena como un oscuro epitafio, dice: “¿Me buscabas?”. El niño sonríe a la cámara. En el sobreimpreso se lee: “Pepsi, la elección de una nueva generación”.

Ese mismo niño, tres décadas más tarde, vuelve a mirar a la cámara. Ahora no está en una propaganda de una bebida gaseosa, sino en un documental. Michael Jackson vuelve a ser el protagonista: Leaving Neverland1 ha conmocionado el universo del Rey del Pop y el de toda una generación de seguidores. El californiano James Safechuck –el niño del anuncio de Pepsi– y el australiano Wade Robson, abusados sexualmente por Jackson cuando tenían 7 y 10 años respectivamente, diseccionan en primera persona lo que durante 30 años fue vox pópuli. La película, de cuatro horas de duración, no dice nada nuevo, pero lo dice como nunca antes se dijo. “Si alguien se entera de esto, va a ser nuestro final”,recuerda Safechuck que le dijo Jackson una noche, en una habitación de hotel en París, después de haber abusado de él. Leaving Neverland viene a representar tardíamente ese final. Si generalmente las producciones audiovisuales de éxito sobre músicos fallecidos provocan un impacto positivo –recordemos, por ejemplo, el efecto que tuvo la película Bohemian Rhapsody sobre el número de reproducciones de la música de Queen en Internet–, estamos aquí ante el caso contrario, a tal punto que reedita un viejo debate: ¿el artista o la obra? ¿Michael Jackson el autor de “Billie Jean” o Michael Jackson el abusador de menores? Algunos hasta se han preguntado si deberían seguir escuchando la música del Rey del Pop.

Leaving Neverland no resiste demasiadas consideraciones técnicas. Es un documental de corte más bien televisivo, compuesto en su totalidad por planos medios de los entrevistados, material de archivo (audio, video, fotografías) y un colchón de tomas panorámicas que parecen sacadas de un banco de imágenes. Con un buen pulso narrativo, se juega todo a la fuerza de su contenido: lo que los implicados tienen para decir y lo que ciertos materiales de archivo dicen por sí solos sin que haya necesidad de agregar nada más. No es, por si hace falta aclararlo, un documental sobre Michael Jackson, nunca se detiene a reseñar su carrera musical. Es un documental, mucho más localizado, sobre las conductas abusivas que el músico tuvo con ciertos niños que lo admiraban por su condición de ícono pop masivo. Esos niños, convertidos ahora en padres de familia, miran hacia atrás por primera vez y ofrecen testimonios crudos con una distancia clínica admirable. Los hechos son de una crudeza tal que su director, Dan Reed, prescinde de cualquier artificio cinematográfico a la hora de narrarlos.

Michael Jackson es tomado en este documental como el arquetipo del abusador. Esa es, digamos, la tesis de este trabajo. Y el resultado, en este sentido, es demoledor: no se trata de casos aislados, sino de una conducta sistemática y deliberada hecha de manipulaciones más o menos sutiles, engaños sobre la fama, el amor y la diversión, y finalmente el daño físico directo. Lo esencial, aquello que termina por delatar a Jackson como un abusador de menores eliminando cualquier matiz posible, cualquier explicación del tipo fue-sólo-un-desliz, son los detalles –las múltiples cerraduras de sus habitaciones, los anillos de “casamiento” que entregaba a los niños, las llamadas a deshora, las escenitas de llanto que montaba–; detalles que después de cuatro horas, merced a un montaje que por momentos se vuelve ominoso, terminan configurando un retrato que hace imposible volver a Michael Jackson igual que antes. Esas fotos simpáticas de Jackson acompañado de niños sonrientes nunca volverán a ser las mismas. Es cierto que en el documental se escucha una sola campana, aunque quienes cuestionan esto en busca de cierto rigor periodístico podrían preguntarse si la otra campana no tuvo ya demasiados micrófonos y flashes durante demasiado tiempo. También es cierto que existe la justicia por encima de los documentales, los linchamientos públicos y los escraches mediáticos. El fenómeno que ha generado este documental –una mezcla de curiosidad morbosa y espanto colectivo– está ligado a la sed de ver a los ídolos derrumbarse. Pero Leaving Neverland presenta pruebas –fragmentos de grabaciones, en audio y video, además del testimonio directo de las víctimas– incontrastables, más allá del evidente morbo circundante. Es por momentos demasiado explícito, sí, pero lo explícito parece ser un modus operandi de esta época.

Leaving Neverland revela algo profundamente perturbador: que el monstruo no es un outsider, sino un producto nacido de un sistema que lo alimenta y lo protege mientras es redituable, y que después, cuando la verdad sale a la luz, le da la espalda. Michael Jackson –como Roman Polanski, Woody Allen, Harvey Weinstein, Bill Cosby, Kevin Spacey, Terry Richardson y un larguísimo etcétera de genios aclamados hoy que serán monstruos repudiados mañana– es sólo la punta del iceberg, la cara visible de un mecanismo fríamente calculado que se extiende como una mancha negra sobre el mundo del espectáculo. Esa red de complicidades empieza en el entorno cercano del artista –mánagers, promotores, asistentes– y desemboca en los padres. Es evidente que las víctimas y sus familiares caen en algo así como una alucinación negativa que no les permite ver lo que desde afuera rompe los ojos. La primera pregunta es: ¿quién dejaría a su hijo de 7 años dormir en una habitación con un hombre de 30 al que apenas conoce? La pregunta que le sigue es: ¿cómo ese hombre maravilloso al que todo el mundo quiere, desde Sean Connery hasta Lady Di, podría ser una mala compañía? Robson condensa el dilema en la siguiente frase: “Michael Jackson fue una de las personas más amables y más encantadoras que conocí. Me ayudó muchísimo con mi carrera y mi creatividad. También abusó sexualmente de mí durante siete años”.

El camino estalinista del ocultamiento –Bbc Radio dejando de emitir sus canciones, Los Simpson retirando el episodio en el que presta su voz a un personaje– puede ser más tranquilizador para la conciencia, borrando las dualidades propias del ser humano y permitiéndonos odiar libremente para sentirnos a salvo, pero se parece más bien a la lógica infantil del “si no lo veo, nunca pasó”. No mires películas de Roman Polanski, aunque El bebé de Rosemary o Chinatown sean clásicos del cine del siglo XX, porque fue acusado de violación por una menor de edad; no leas a Louis Ferdinand Céline, aunque Viaje al fin de la noche sea una novela imprescindible de la literatura universal, porque simpatizaba con el nazismo; no vayas a la muestra de Pablo Picasso en Montevideo, aunque sea un evento histórico irrepetible, porque maltrataba a casi todas sus mujeres. Hay ejemplos de sobra. El arte, como disfrute estético, no necesariamente implica una cercanía moral con el artista que hay detrás. El público alrededor del mundo deberá gestionar su relación con la obra de Michael Jackson partiendo de esta escisión, como pueda y como quiera, lejos de hashtags y declaraciones colectivas rimbombantes que suenan lindo, pero no remueven el tema de fondo. Empezando por separar al hombre del artista. Eso, claro, si se decide que el arte de Michael Jackson lo vale.

1.   Disponible en el canal de televisión para abonados Hbo y en el servicio de streaming Hbo GO.

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