La vida privada de las anguilas

Existe en Japón un fetichismo de larga data (hay ilustraciones de 1814) en el que pulpos y calamares son integrados a las relaciones sexuales. Es de este último subgénero del porno japonés que surgen las más extrañas e inimaginables variaciones orgiásticas relacionadas con animales viscosos.

Atención: esta nota va a herir gravemente su sensibilidad; la del cronista firmante ya se encuentra arruinada. Si decide leer lo que sigue, hágalo bajo su propia responsabilidad.

Según se ha dicho, las estrictas normas de protocolo, comportamiento y lenguaje que imperan en la sociedad japonesa podrían ser las responsables del desarrollo constante de perversiones y parafilias muy particulares. Quizás por eso unos cuantos subgéneros de porno han nacido allí, para luego expandirse por el resto del mundo. La censura existente, y realmente vigente en la isla –que exige la pixelización de los órganos sexuales en cualquier tipo de material comercial–, ha sido un factor determinante para la presencia de tantas variantes demenciales. Lo curioso es que no parecen tener problema alguno en mostrar pechos o glúteos (o incluso detalles muy explícitos del ano y su interior), pero los genitales se encuentran sistemáticamente tapados por la dichosa neblina. Esta característica puede explicar que el foco no se haga tanto sobre la genitalidad o el coito mismo, sino sobre las circunstancias que lo rodean. Este es un buen motivo para explicar el desarrollo del hentai (animé porno) como una auténtica industria en sí misma, y uno de los géneros pornográficos más populares del mundo. En su distribución japonesa, el hentai también aparece pixelado, pero la animación como género permite libertades y despliegues imaginativos imposibles de realizar en el cine con actores reales. Del hentai se deriva una enorme cantidad de sub-subgéneros como el futanari (en el cual las mujeres tienen pene), el yaoi (que registra escenas de homosexualidad masculina y está destinado a hombres), el bara (lo mismo, pero orientado a mujeres), el yuri (homosexualidad femenina), o rarezas como el netorare (enfocado en infidelidades y el robo de la pareja femenina por otro individuo).

También son originarias de Japón las películas de bukkake, en las que varios actores (con frecuencia más de diez) se turnan para eyacular sobre la cara de una chica o chico. Esta práctica tiene su origen en la era dinástica japonesa (en torno al siglo VII), y se empleaba para castigar y humillar a la mujer que había cometido una infidelidad, pero también fue explotada por las compañías pornográficas a partir de los años noventa.

También hay otros subgéneros surgidos en la gran isla, pero que no se han extendido al resto del mundo, como el gokkun –una persona bebe el semen de varios hombres–, el omorashi –la excitación se genera al ver a el o los actores con la vejiga llena, con ganas irresistibles de orinar; con algunas variaciones que incluyen el uso de pañales, o el orinarse encima en lugares públicos–, el aka-chan purei –los hombres se disfrazan de bebés, quizá como una fantasía de olvidarse de todas sus responsabilidades para que sus “madres” se hagan cargo “de todo”– y el increíble tentacle erotica, un fetichismo de larga data (hay ilustraciones de 1814) en el que pulpos y calamares son integrados a las relaciones sexuales.

Es de este último subgénero que surgen las más extrañas e inimaginables variaciones orgiásticas relacionadas con animales viscosos: hay filmes porno donde los actores y actrices comen peces de todos los tamaños mientras tienen sexo, o cubren su cuerpo de peces vivos y otros animales. Y es que si se trata de imaginación, la de los productores de esta industria parecería llegar increíblemente lejos. Hay casos en que los peces toman leche expelida previamente desde la cavidad anal femenina; luego vienen los actores y “escurren” esos peces para beberse esa misma leche. Hay unos peces particulares, los llamados en español “saltarines del fango”, que tienen patas y caminan sobre tierra, que son introducidos vivos en las vaginas de las actrices. Pero también sucede que los actores interactúan teniendo sexo entre ellos y al mismo tiempo comiendo y utilizando ranas, quizá trescientas en un mismo largometraje. Un productor entrevistado por la revista canadiense Vice asegura que esas ranas son ricas, y que tienen gusto a pollo. Los pulpos normalmente no se introducen en ningún orificio, pero sí suelen enrollarse alrededor de los penes, o deslizarse entre los cuerpos; las que sí se introducen son las anguilas: para una película en particular fueron utilizadas 100 anguilas que iban emergiendo desde las cavidades de actores y actrices.

Finalmente, hay una rama de cine porno en la que los participantes comen insectos mientras tienen sexo, y estamos hablando de cucarachas, escorpiones, escarabajos y gusanos, muchísimos gusanos. En una escena en particular, un par de actores ponen dentro de una licuadora una buena cantidad de cucarachas y luego beben el líquido resultante, mientras tienen sexo…

También hay porno japonés extremadamente violento y misógino. Hay géneros específicos de abusos sexuales (chikan purei) que llevan a pensar en la gran hipocresía de la censura y del pixelado mientras se permite producir esta clase de porno. En estas películas se repite mucho el tópico de los abusos a mujeres en el metro, algo que además en Japón tiene un fuerte correlato en la realidad, al punto de que es de los pocos países en el mundo que ha incorporado “vagones rosa”, solamente para ellas. Como contrapartida, también hay material (cuesta denominarlo porno) sumamente curioso, en el que son las mujeres las que golpean y patean con todas sus fuerzas a los hombres, específicamente en los genitales. Y no nos adentraremos en los escabrosísimos terrenos del guro –porno gore japonés–, que por suerte es en su mayoría simulado (se utiliza sangre de utilería y maquillajes varios), pero que alcanza niveles de retorcimiento también incomprensibles.

 

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